Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Igualdad, Desigualdad, Equilibradas
Leonardo Girondella Mora
9 febrero 2017
Sección: DERECHOS, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


El voto personal, en tiempos electorales, es algo que llama la atención —por ser el procedimiento que permite un cambio pacífico de gobierno.

Este el el uso práctico, central y, tal vez, único de la democracia: la mayoría obtiene la victoria dentro de ese procedimiento que tiene una particularidad muy notable.

El voto cuenta lo mismo sin importar quién lo realice, lo que es un clímax de igualdad personal como ninguno otro. Más igualdad es difícil solicitar y está justificada por el mecanismo imperfecto, pero sobre todo quizá por otra razón.

En la vida social, en las discusiones políticas, en la emisión de leyes, la aplicación de justicia, el respeto a derechos, la exigencia de obligaciones; en todo eso se necesita igualdad.

Y ese requerimiento de igualdad, en esos campos cívicos, parte de una idea que pasa desapercibida: solamente puede reclamarse igualdad en una situación en la que existe desigualdad. Sin existir desigualdad, la solicitud de igualdad carece de sentido.

Pedir igualdad en el voto lleva dentro el reclamo de que lo mismo vale el voto del más ignorante que el del más educado. Querer igualdad ante la ley es pedir tratar a todos sin diferencias, sean pobres o ricos, mujeres u hombres.

Una conclusión de lo anterior y que suele ignorarse: existe y es natural la desigualdad entre las personas —no hay más remedio que reconocerla y, en ciertos casos, hacerla de lado, como cuando se vota o se aplica la justicia.

Esto tiene la posibilidad de chocar contra aquellos que consideran a la igualdad la ambición máxima en una sociedad —una idea cuyo resultado lógico será el admirar una sociedad de clones como el ideal humano.

Es decir, un sistema democrático y republicano, juega con esas dos facetas de igualdad y de desigualdad —beneficiándose de ambas dependiendo de circunstancias y condiciones.

En situaciones, como la del voto o la de aplicación de la ley, se reclama igualdad entre los ciudadanos —pero ese llamado a la igualdad no es absoluto, ni aplicado en toda situación: la individualidad es apreciada bajo otras condiciones.

La desigualdad humana, en habilidades, gustos, capacidades, inclinaciones, opiniones, creencias produce beneficios mutuos. Un caso obvio es el del beneficio general que producen las innovaciones tecnológicas creadas por personas con características distintas al resto.

Sería ridículo reclamar igualdad de capacidades y creencias; sería absurdo indignarse ante la desigualdad de habilidades y conocimientos. Esas desigualdades producen beneficios, como el contar con alimentos que son comidos por quienes no tienen la menor idea de cómo cultivar trigo, ni cómo enlatar una sardina.

Es el balance o juego entre igualdad y desigualdad lo que equilibra a las sociedades libres —en las que tener religiones diferentes no altera la igualdad democrática, ni los derechos republicanos.

No es posible concebir una sociedad libre entre personas totalmente iguales, pero tampoco entre personas totalmente desiguales —la libertad solo es posible en donde exista un sano equilibrio de igualdad y desigualdad.

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Con lo anterior como sustento, considero ahora las demandas de igualdad material, como en este caso:

«La desigualdad social se ha incrementado con la crisis económica y las políticas de austeridad. El paro masivo, la devaluación salarial, el amplio empobrecimiento, así como el recorte de prestaciones sociales y servicios públicos, han contribuido a ensanchar las brechas sociales». ssociologos.com

Demasiado vago como para ser de utilidad práctica, sin embargo, puede verse la referencia a lo económico o material como eje central de desigualdad —así como una recomendación implícita de intervención estatal.

Ante lo anterior, es necesario realizar algunas precisiones que hagan posible ese sano equilibrio entre igualdad y desigualdad.

• La desigualdad material no es igual a pobreza y esta confusión debe ser notada expresamente.

• La desigualdad económica es inevitable debido a la desigualdad humana. Diferentes habilidades, capacidades, inclinaciones, producen distintos ingresos que solo podrían ser igualados desigualando a la libertad y al trato justo.

«Muchas desigualdades son injustas y deben terminar, por ejemplo: la esclavitud, la discriminación racial. Pero la desigualdad económica no tiene esa importancia (no es injusta por sí misma), ni puede impedirse». Gabriel Zaid letraslibres.com

Resulta justificado reclamar igualdad humana en casos que conducen a prohibir la esclavitud, castigar el robo, votar en elecciones, prohibir la discriminación religiosa —cosas que son razonables y lógicas, pero que se detienen en algún punto.

• La desigualdad material en algunos casos, definida en su sentido material o económico, puede ser objeto legítimo de indignación, como en este caso:

«Según una reciente encuesta sobre los ingresos y gastos de los hogares en Namibia, más de uno de cada cuatro hogares vive por debajo del umbral de la pobreza. Además, el 10% de los hogares más pobres sólo disponen del 1% de los ingresos totales del país, mientras que el 10% de los más ricos controlan más de la mitad de las riquezas». unpd.org

Y esa situación, que puede existir en otras partes, debe ser explicada, antes que corregida. La solución inmediata e irreflexiva es la de una «redistribución justa».

Mi punto es proponer que seguramente esa desigualdad económica es un efecto de desigualdades en campos en los que debería reclamarse igualdad cívica o civil, como derechos legales de propiedad, trato igual ante la ley y similares.

Donde hay desigualdad material extrema (pobreza real) eso se debe no a una mala distribución de la riqueza, lo que sería tautológico, sino a la desigualdad política y cívica— desigualdad de derechos, de libertades, de aplicación de la ley.

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Al final, he propuesto dos cosas:

• Una sociedad de ciudadanos libres solo es posible donde exista un sano equilibrio de igualdad y desigualdad.

• Las desigualdades materiales y económicas son inevitables, pero ellas serán real motivo de preocupación en aquellas partes en las que no exista ese equilibrio entre igualdad y desigualdad — donde la igualdad no existe en los asuntos civiles y cívicos, en las discusiones políticas, en la emisión de leyes, la aplicación de justicia, en el respeto a derechos, ni en la exigencia de obligaciones.

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