Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Reglas Universales
Eduardo García Gaspar
29 marzo 2017
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Un análisis en el que no se necesita nada más que un sillón. Eso y una mente curiosa. Partamos de la aseveración de una persona:

«Trato de hacer el bien y evitar el mal, aunque a veces no actúo así».

Seguramente la inmensa mayoría de las personas estarán de acuerdo con eso. Más aún, muy probablemente lo intenten con frecuencia.

Eso quiere decir que tenemos alguna idea de lo bueno y de lo malo, aunque ella sea primitiva y poco desarrollada. Y esa idea de lo bueno y de lo malo resulta aplicable a cada uno: tratamos de hacer lo que es bueno para nosotros y evitar lo que es malo para nosotros.

En este plano, lo bueno y lo malo están determinados por el bienestar de la persona. Ella lo entiende como un «bueno para mí» o un «malo para mí». Es como una abstracción de lo bueno y de lo malo aplicada a la persona misma y solo a ella.

Esta abstracción crea reglas morales propias de la persona, como una especie de código ético individual al que la persona respeta y trata de apegarse. Ella ha creado un sistema ético centrado en su propio bien. Algo que es notable porque ha fabricado normas abstractas de comportamiento y que le sirven de guía para actuar.

Es decir, ha producido una definición de «bien» y de «mal». Todo un logro mental por muy primitiva que sea esa definición. Ha creado algo universal que, en teoría al menos, debiera concluirse que fuese un código válido para todos.

Sería en extremo difícil que la persona que ha creado su propio sistema ético dijese que no es lo suficientemente bueno como para aplicarse universalmente. Si ella quiere justificar sus actos usando a la moral que ha creado, tendría que necesariamente aceptar que quienes actuaran de acuerdo con esas normas estarían obrando correctamente.

Exagero para entendernos: si la persona considera que es bueno que ella robe para alcanzar su bien propio, tendrá que aceptar que debe dar su aprobación irrestricta a quien le robe a ella. La razón es sólida: quien le ha robado actúa de manera igual al principio que ella misma considera positivo.

Lo que intento decir es que en la conducta de todos nosotros, cuando actuamos buscando el bien y evitando el mal, existe una definición personal de bien y de mal. Y que esa definición intenta ser universal, aplicable a todos.

Si yo actúo diciendo que lo que hago es bueno, en esa afirmación mía ya una licencia de conducta a todos lo que actúen de la misma manera que yo. Esto es muy similar a la idea kantiana de adoptar como reglas morales a aquellas que uno deseara que se convirtieran en reglas universales: el imperativo categórico.

Si actúo de maneras que considero buenas pero que no apruebo en los demás, me veré en la imposible posición de justificar la razón por la que no autorizo en los demás la conducta que yo realizo. Y viceversa.

Creo que esto es apodíctico, es decir, una verdad que no deja lugar a dudas ni puede ser cuestionada con éxito. Se demuestra que aún creando la persona su propia serie de principios morales, en ella existe por fuerza una aprobación a que los demás actúen de la misma forma. Una tendencia obligatoria a la universalidad de la moral propia.

Pero hay otra «universalidad» en la creación de una moral propia y ella es una idea de la naturaleza humana. Lo que considero bueno para mí tiene que relacionarse con lo que yo creo que soy, como sea que se haya definido, incluso sin pensarlo explícitamente.

Esta otra universalidad, que es la de una noción de la esencia humana, es totalmente imperativa. Para decidir lo que es bueno o malo para mí, me veo forzado a tener una idea aunque sea tácita de lo que soy. Y, por ende, una idea universal de lo que son los demás, igual que yo.

Con lo anterior quiero llegar a un punto: las personas tenemos la capacidad de conocer cuando actuamos mal o bien. Tome usted el caso de B. Madoff, el de una estafa colosal.

Madoff tenía el conocimiento de que su comportamiento no sería deseable en los demás: no hubiera querido que otro lo estafara. Si no quiero aprobar que lo que yo hago sea regla universal y que autoriza a los demás a estafarme a mí, entonces puedo concluir que no estoy actuando correctamente.

Es decir, incluso cuando alguien que actúa de cierta manera, como el caso del ex-gobernador de Veracruz en México, en su conciencia interna, la persona sabe que está actuando de manera indebida. Por la razón que sea actúa así, pero no puede ignorar que lo que hace es indebido.

Lo sabe porque no puede aceptar que su conducta sea autorizada para todos en todas partes. Y, más aún, estaría diciendo que si solo él puede actuar así, entonces es una persona esencialmente distinta al resto, lo que claramente es falso.

Finalmente, esa conducta reprobable no es una enfermedad que tenga una solución terapéutica, es una conducta indebida cuya irresponsabilidad debe castigarse.

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