Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Plan Nacional Urgente
Eduardo García Gaspar
16 marzo 2017
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un reclamo de planeación central. Un clamor necesario para poder hacer algo. Sin un plan nacional, se piensa, no podrá haber acción posterior.

Se necesita un Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las mujeres un plan nacional de competitividad, para evitar suicidios, para el deporte, para las enfermedades hereditarias.

Y, por supuesto, planes de desarrollo económico (la redacción es un festín verbal):

«La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece la planeación del desarrollo nacional como el eje que articula las políticas públicas que lleva a cabo el Gobierno de la República, pero también como la fuente directa de la democracia participativa a través de la consulta con la sociedad. Así, el desarrollo nacional es tarea de todos. En este Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018 convergen ideas y visiones, así como propuestas y líneas de acción para llevar a México a su máximo potencial» dof.gob.mx

Detrás de la idea de tener planes nacionales para cuanto se quiera realizar hay una creencia que bien vale una segunda opinión el tratar de examinar.

Se presupone que es un requisito indispensable, para hacer algo en el país, el contar con un plan general nacional, aprobado por todos, y que más tarde sea implantado por un coordinador general central responsable de repartir responsabilidades y funciones en detalle.

Es una petición de organización nacional bajo la autoridad de un ente coordinador general y que se toma como un elemento sin el que no podrá tenerse éxito en lo que sea que se pretenda hacer. Como si la sociedad fuera una empresa en la que los más altos ejecutivos dan órdenes que esperan sean cumplidas por subalternos.

Por supuesto, mientras no se cuente con ese plan no se iniciarán acciones. Habrá parálisis mientras se desarrolla el plan, lo que presenta un problema práctico: desatención de los problemas mientras se hacen consultas, se reciben sugerencias, se escribe el plan, se discute y se juega a la política.

La suposición más curiosa de la propuesta de un plan nacional es creer que solamente unos pocos autores del plan son suficientes para hacerlo. Por muchos que sea quienes intervienen en hacer el plan, es obvio que será un muy pequeño porcentaje de la población, incluso a pesar de que se diga que representan a todos los sectores. Sería imposible que participaran todos los habitantes, millones de ellos. Esto quiere decir que muchas de las posibles ideas, intervenciones, iniciativas y acciones de millones son puestas de lado.

Aún más, se desaprovecha conocimiento desperdigado en todos usando solo el del poco numeroso grupo de participantes en el desarrollo del plan.

El plan nacional, por tanto, toma demasiado tiempo y está construido sobre cimientos que ignoran conocimientos, ideas e iniciativas de millones, de quienes no se esperan contribuciones sino seguir las órdenes que reciban.

Con un efecto colateral significativo, la adición de un costo sustancial, la creación de la burocracia responsable del plan, su seguimiento, emisión de instrucciones, financiamiento, solución de dudas y relaciones públicas. Un ejemplo, la Unión Europea y su burocracia central, emisora de regulaciones sin fin.

El instinto natural de preservación propia del plan, modus vivendi de la burocracia, impide la entrada de mecanismos de corrección frente a errores inevitables y, si ellos se reconocen, se buscará la explicación en recursos insuficientes, incomprensión pública y demás.

¿La solución? Deshacerse de la necesidad percibida de que se necesita un plan nacional. Quitarse esa idea de la cabeza, sin embargo, es extraordinariamente difícil pues se encuentra enraizada de tal manera que no es siquiera percibida por sus creyentes.

La solución no está en grandes planes nacionales de lo que sea, especialmente los económicos, sino en otra manera de entender la realidad de las personas en sociedad, aprovechando los talentos y conocimientos de todos esos millones.

Dejar que las personas en libertad actúen por sí mismas buscando su propio beneficio bajo un esquema de estado de derecho, derechos de propiedad, bajos costos de gobierno, buen sistema de justicia. Solo se trata de poner las reglas del juego que deben seguir las personas y hacer que ellas sean sencillas, comprensibles y aplicadas con justicia.

Eso es todo lo que se necesita y requiere, un gobierno eficiente, fuerte y reducido, de costos bajos y honesto, cuya responsabilidad central sea el hacer respetar la libertad y las posesiones de las personas. Serán ellas, cada una en su escala, las que resuelvan los problemas del país y lo harán con mayor contundencia y rapidez que la burocracia planeadora.

Será una total certeza que aquel cuya vida dependa de la existencia de un gobierno planeador rechace lo que he dicho. Es natural que lo haga. De ello depende su vida, del haber convencido a tantos que él solo sabe más y tiene más talento que millones de personas.

Post Scriptum

Otra forma de crítica de los planes nacionales, además del obvio desperdicio de talento, su tiempo de desarrollo y su dificultad para corregirse, es su concentración de riesgo.

Un país con un plan nacional hace su apuesta a una ficha única creyendo que el plan es lo suficientemente bueno como para apostar a ella el bienestar de los millones de ciudadanos. No es una apuesta prudente.

En cambio, dejar la planeación nacional en manos de cada persona y sus planes personales, fragmenta el riesgo, lo diversifica, y permite correcciones rápidas con aprendizaje común. Una apuesta muy prudente.

Recientemente, un candidato a la presidencia de México ha propuesto eso precisamente, un plan diseñado por él para solucionar la corrupción, desaparecer la pobreza, crecer económicaente e incluso, cambiar la moral de los ciudadanos. Todos los mexicanos tendrán que seguir su plan en caso de ganar las elecciones. Una apuesta demasiado riesgosa.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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