Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Víctimas Profesionales
Eduardo García Gaspar
2 enero 2017
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en: , ,


«Cuando le dije a mi padre que me iba a echar a volar, que ya tenía mis alas y abandonaba el hogar. 
Se puso serio y me dijo: “A mí me ha pasado igual, también me fui de casa cuando tenía tu edad”». Alberto Cortez

Es una impresión general. La produce ciertas conversaciones, algunas lecturas, determinadas películas, noticias y programas de televisión, varios editoriales y comentarios en la radio.

La impresión de una transformación en las personas, especialmente los jóvenes, aunque no todos. Es como si hubieran alterado la definición de su persona para desear conservarse como niños que necesitan cuidados. Una especie de infantilización del que ya es adulto o está en vías de serlo.

Como una alteración regresiva en edad, madurez e independencia. La expectativa es la obvia: los hijos crecen, maduran y se echan a volar algún día. Realizan lo mismo que el resto, volviéndose libres y, ojalá, responsables. Es esa idea de la autonomía personal, de la independencia individual.

Sin embargo, y esa es mi impresión, esa expectativa obvia, presente en todo tiempo, ha sido modificada. Es una metamorfosis, como si una mariposa volviera a la crisálida por voluntad propia. Lejos de anhelar la independencia, anhelan la dependencia. Ambicionan la sumisión, incluso renunciando a la libertad que les tocaría ahora ejercer.

«Han producido el culto de la víctima, en el que los reclamos están basados en la exhibición de daños infligidos por una sociedad indiferente» Christopher Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy.

Es otra forma de ver esto: la adopción del papel de vida que ubica a la persona en el papel de víctima de un villano cualquiera. En las líneas que tiene de este personaje está siempre la idea de ser un damnificado, un tipo de mártir que está en las manos crueles de un bellaco indeterminado del que debe liberarse, no por acciones propias, sino por medio del llanto y el gemido.

Un síntoma de esto es la lista de los villanos usuales, esos que se reclama son los causantes de los males propios. Un ejemplo de esto a nivel país:

«El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ha ordenado retirar de la circulación los billetes de 100 bolívares, que actualmente es el de mayor denominación, para hacer frente a supuestas mafias colombianas que almacenan el papel moneda para desestabilizar la economía del país». El Mundo.

Este es un elemento vital para la mentalidad del que siente ser víctima. Tiene él que encontrar un culpable para lo que acude a la lista usual: el capitalismo, el liberalismo, el imperialismo, los grandes intereses económicos, los banqueros, los especuladores, el capital internacional, las empresas extranjeras, Wall Street, y uno que es especialmente útil, la sociedad.

Con un villano seleccionado, queda la tarea de perfeccionar el papel de víctima impotente. Esto es la adopción de un rol que profesionaliza a la víctima, a la que se educa en las escuelas y universidades para sentirse víctima de la sociedad, del sistema, del neoliberalismo, la sociedad, lo que usted quiera.

Los alumnos, muchos de ellos, especialmente en carreras light, aprenden con detalle su papel de damnificado sistemático profesional con una lista de acciones que básicamente consiste en reclamar, marchar, protestar y gritar consignas simples.

Parte de este aprendizaje del papel de víctima es ubicarse dentro de un segmento especializado que reclama ser merecedor de trato especial. Tan especial como para merecer «derechos» distintos y que no son más que privilegios exclusivos.

Igualmente, otra dimensión del papel profesional de víctima es la efervescencia del sentimiento, lo que da un giro a los reclamos: el derecho a no ser ofendido. Esto lleva a situaciones curiosas.

«Los Obispos del Sur de España han denunciado hoy a través de un comunicado la “intolerancia” de dos profesores de un instituto de Zújar (Granada) por obligar a la profesora de Religión del centro, compañera de departamento, a retirar dos símbolos religiosos con los que se sentían “ofendidos”». PeriodistaDigital.com

En fin, creo que he sido claro describiendo una situación de nuestros tiempos. Esa adopción generalizada del papel de víctima sentimental oprimida, que reclama derecho a no ser ofendida.

Estas «víctimas» lejos de querer echar a volar por sí mismas, ansían ser mimadas y cuidadas por el Estado, al que han elevado al nicho de gran salvador.

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