Esperanza delegada

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El inocente que teniendo esperanzas para su país, delega esa responsabilidad en los gobiernos y así queda satisfecho.

Un efecto del optimismo en tiempos de elecciones. Una mezcla de ingenuidad, ensoñación y grandes esperanzas que se combinan con el gran descontento con el presente.

Una especie de síndrome que padece buena parte del electorado. Muchas personas, comunes y corrientes, lo sufren. El síndrome de la esperanza delegada, podíamos decirle.

Consiste en tener esperanzas, anhelos y deseos de un mejor país, una sensación que crece cuanto peor se encuentre ese país. Estando en malas condiciones su país, la persona eleva sus ansias de un país mejor.

Estamos aquí en el caso de un país, el que sea, y que no está en buena situación, al contrario. Los ciudadanos están descontentos, muy descontentos. Todos o casi todos desean mejorar a la situación, lo que es muy comprensible.

Pero sucede que algunos de ellos, los de naturaleza propicia al deseo soñador, desarrollan ese síndrome de la esperanza delegada, el que tiene dos componentes.

1. El desarrollo de grandes esperanzas y anhelos nacionales, que llegan a la construcción de ficciones alucinantes de un país perfecto. Comparar esta fantasía con la realidad les ocasiona un shock severo que necesita acción.

2. La realización de la fantasía que ellos sueñan se delega en otros a quienes se asigna la responsabilidad de alcanzar esa meta del país. La esperanza es delegada en, por supuesto, el charlatán que haga las promesas más exageradas de una sociedad perfecta.

Ese segmento cuantioso de ciudadanos delega sus ensoñaciones. Las confía en otro. Las encomienda a quienes surjan como proponentes de medidas cuyo propósito sea cumplir con la ficción imaginada. La clave está en esa decisión que delega en otro la realización de la esperanza.

Ese otro es, en la mayoría de los casos, una persona con ambiciones de poder, típicamente un candidato a presidente o primer ministro que se convierte en el responsable de realizar la ficción. Después de todo, él ha sido quien la ha propuesto con el beneplácito de quienes delegan su esperanza.

Este proceso es emocional y afectivo, no cerebral ni razonado. Es una emoción que agita a esa parte del electorado, haciendo de ellos acólitos más que votantes. No tienen ellos ya responsabilidades, ni necesidad de esfuerzos y sacrificios. Solo tienen que votar por el charlatán y su sueño se realizará. Han delegado su esperanza política.

Este síndrome de esperanza delegada lo he visto en algunas personas, no pocas, que así han convertido al proceso de votación electoral en un display de esperanzas y ensoñaciones delegadas en el mesías que los salvará.

Esto es aún peor de lo que escribió un famoso economista.

«Un ciudadano típico desciende a un nivel inferior de desempeño mental tan pronto como entra él en el campo político. Discute y analiza de la manera que él mismo reconocería como infantil dentro de la esfera de sus intereses reales. Se vuelve de nuevo primitivo». J. A. Schumpeter

Lo que he tratado de hacer es mostrar un mecanismo por el que las legítimas ansias de una mejor sociedad, cuando ellas de vuelven ensoñaciones, producen la desaparición de la razón y la aparición de la charlatanería política.

Es la vulnerabilidad constante del ciudadano demasiado ingenuo que está dispuesto a creer en cualquier charlatán que le ofrezca un elixir milagroso que sin esfuerzo ni trabajo produzca la sociedad ideal que él sueña.

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