Ejercitar a la razón tratado temas interesantes produce gozo. El que causa descubrimiento y conocimiento. Lo que sigue es una serie de juegos con ideas que crean juicios y opiniones.

Una conversación, varias ideas

La conversación fue rica en temas y profunda en ideas. Un placer mental que no es frecuente. Las personas se explicaron con claridad y, lo más extraño, humildad.

Comparto con usted algunas de esas ideas, una especie de popurrí filosófico divertido y ameno (creo).

Liberalismo y socialismo

Los liberales que solo defienden a la libertad económica, sin pensar en nada más, se parecen a los socialistas que solo defienden al intervencionismo económico y solo eso. Deben ambos entender que la vida humana es mucho más que libres mercados y estado de bienestar o intervencionismo económico.

Aunque es verdad que los mercados libres son congruentes con la libertad política y el estado de bienestar, mientras duren sus recursos, cría ciudadanos irresponsables y pedigüeños que no sabrían vivir en libertad.

Peligro político constante

Las naciones siempre están en peligro, siempre. Es el riesgo de que llegue al poder algún líder, lo suficientemente soberbio y trastornado como para ver al país como una sociedad que tiene un propósito al que solo él puede conducirla.

Puede ser una sociedad igualitaria, una más grande y próspera, una moralmente buena, étnicamente pura, justa e incluyente. Cualquier objetivo nacional para todos y que es un instrumento que da entrada al líder que persuada al número mínimo requerido para ascender al poder.

Es que la sociedad, la nación, no tiene objetivos de esa naturaleza. Solo posee propósitos personales, fines individuales, que dentro de esa nación son posibles de lograr.

El único objetivo nacional es crear y mantener un régimen dentro en el que las personas pueden lo más libremente posible realizar sus propias vidas.

Educación pública

La educación pública no es en realidad ‘pública’ en el sentido de ser propiedad de toda la gente. Es estatal y será usada para propósitos estatales.

Es como tener a los gobernantes como profesores, adoctrinando a sus alumnos con sus ideas políticas. No es educación, es adoctrinamiento estatal.

La educación pública no es ‘pública’ ni es ‘educación’, cuando se usa con propósitos políticos, como la igualdad, la tolerancia y la inclusión, o cualquier otra moda ideológica en boga.

El propósito de la educación es ese, educar, lograr conocimiento por el conocimiento mismo, sin necesidad de una utilidad inmediata.

La «identificación ideológica» está cada vez más sirviendo para lograr la identificación personal, lo que impide el sentido de pertenencia a la comunidad, como lo ilustra el síndrome de las naciones divididas en, por ejemplo, partidarios de la libertad religiosa y proponentes de teocracias.

O entre progresistas y conservadores, lo que en general hace perder respeto a las instituciones y las leyes, que se ven como obstáculos en la carrera por implantar la ideología de cada grupo y produce una fragmentación social considerable.

Especialmente cuando se confunde desigualdad con pobreza y circunstancias personales con injusticia, que son desbarajustes mentales que llevan a políticas gubernamentales desconcertadas, que se justifican solamente por sus fines.

Los temas centrales

Lo anterior muestra la negligencia con la que son tratados los asuntos más vitales de la sociedad y el gobierno, cuando la capacidad de conocer es suplantada por la ansiedad de imponer la utopía que algún trastornado cree posible y persuade a suficientes personas.

El único argumento contundente no es ya la posibilidad de conocer la verdad, sino la fuerza que acompaña a las creencias y opiniones, la voluntad de poder de la que hablaba Nietzsche y ante la que la única posible manera de enfrentar es la inacción de la tolerancia.

La suma diligencia con la que se persigue la agenda de la tolerancia incondicional y que se convierte en un muro que frena a toda posibilidad de corregir o siquiera razonar.

Es la censura de la expresión crítica y la aprobación de las ideas que dominan porque tienen de su lado a la fuerza coercitiva gubernamental o, aún peor, el peso del pensamiento estándar mayoritario.

Héroes

Es un tiempo el nuestro en el que lo peor que puede pasarle a una persona es ser proponente de la libertad económica o de lo moralmente conservador.

Y quienes desean ser incluyentes y tolerantes tienen como condición abandonar sus creencias y sumarse al pensamiento estándar de creer que todo vale lo mismo.

Cuando los verdaderos héroes y revolucionarios lo son por el simple hecho de tener ideas propias y creer en la verdad.

Cosmos cortos

Es de simple sentido común. Quizá por eso, sea ignorado con frecuencia. Es el fenómeno de la especialización desviada.

Consiste en la fuga de un campo de especialización en el que se es experto y sobre el que puede hablarse con autoridad, a otro en el que no se es experto pero acerca del que se cree poder también con autoridad.

Un ejemplo extremo

La persona A experta en Sonoquímica tiene autoridad para hablar acerca de ese campo; sus opiniones, suponemos, tienen valor y credibilidad y, es más, la persona es célebre en el mundo por ser la que más sabe de eso. Hasta ha ganado, imaginemos, un Premio Nobel.

La persona A sale ahora de su especialidad y se adentra, digamos, en el campo de la Etología Clínica; o de la Metafísica. Es obvio que la persona A no puede opinar acerca de estos campos con la autoridad que usa en su especialidad.

La lógica obvia

Es difícil, por ejemplo, que un célebre cantante de rock pueda ser llamado a una conferencia de profesionales en Teoría de Precios. O que un gran escritor de famosas novelas pueda escribir un libro sobre Teología.

En fin, un asunto de sentido común y que, quizá por eso, sea ignorado con frecuencia. Vayamos ahora, un paso más adelante. ¿Hay alguna forma de conjuntar los conocimientos de cada especialización en un todo congruente?

La respuesta es afirmativa. La llamamos Filosofía, la forma más cercana a esa armonización de conocimientos en cada especialización con el propósito de acercarnos a la verdad entera por medio de la razón. Se trata de una aproximación solamente.

La consecuencia es poco obvia, pero clara: cada especialista se enriquece a sí mismo si añade algo de Filosofía a sus conocimientos. Es la oportunidad de ver más allá de su campo limitado, del corto cosmos en el que vive y que tenderá a contemplar como si fuera la realidad entera.

Casos

En mi experiencia he encontrado que la gente que especializada en comunicaciones piensa que su especialidad es nueva.

Me refiero a campos como publicidad, medios masivos, relaciones públicas, marketing, periodismo y todo eso que se engloba en «comunicaciones».

Suele sorprenderles que su supuesta especialidad moderna no lo es en realidad. Tiene antecedentes muy claros unos cuatro o cinco siglos antes de Cristo en Sicilia. Fue un producto de la necesidad de persuadir a los jueces acerca del reclamo de sus propiedades.

Eso se desarrolló, pasó a Atenas y se convirtió en lo que conocemos como Retórica, el arte y habilidad de persuadir.

Donde cuentan las palabras, las frases, las figuras del lenguaje, la corrección y el estilo. No interesa aquí tanto la verdad como la persuasión y se dirige más a una audiencia común que a una de expertos.

Busca crear una actitud favorable hacia la opinión que se propone, en mucho usando emociones y buscando una inspiración a actuar, usando también algún proceso de razonamiento.

En fin, si usted examina los principios de la Retórica, como fue enseñada en esos tiempos, se sorprenderá de lo similares que son ellos a lo que se enseña en Comunicaciones actualmente. Es esta similitud la que le muestra su entrada a la Filosofía al alumno de esa especialidad. Y lo enriquece.

Cosmos y especialistas

No es malo ser una especialista. No es negativo ser un experto en una especialidad. Al contrario. Sin embargo, hay algo de lo que la persona carece cuando se queda dentro de su cosmos corto y no sale a disfrutar de lo que existe fuera de él.

Es como vivir dentro de una casa, amplia, bella, segura, sin salir de ella por voluntad propia, dejando de conocer lo que existe afuera.

Es como dejar de viajar y conocer otras partes. Como no conocer otras personas, otros platillos. Eso es lo que no debe hacer el especialista. Si sale, eso le producirá respeto hacia otros conocimientos.

Quizá así, el celebre cantautor ya no se arriesgue a emitir opiniones como si supiera mucho de Teoría Monetaria. Pero, sobre todo, se enriquecerá y será más completo.

Recuerdo un caso llamativo. El de un publicista, hace muchos años, aficionado a la música clásica y a la ópera. Era él una persona más completa que la mayoría de sus colegas y llegaba a pensamientos llamativos usando las historias, los personajes y la música de cada ópera.

Y quizá el corto cosmos de la especialización sea producto de una educación que ha ignorado la preparación básica de la mente para conocer, para razonar, para expresarse y para comunicarse.

Sin eso, sin Filosofía, las personas se aíslan en pequeños cosmos cortos de especialización que les hacen suponer que su cosmos es el mundo total.

Nota

La historia de la Retórica la tomé de la obra de Sister Miriam Joseph, The Trivium: The Liberal Arts of Logic, Grammar, and Rhetoric.

En defensa de lo obvio

Por Leonardo Girondella Mora

Haga el lector un ejercicio mental, el de tomar una cita, una frase, un breve párrafo, y reaccionar ante lo leído —comprendiendo que eso significa, primero, entender el significado y, segundo, ofrecer un juicio razonable.

El ejercicio concreto

Por ejemplo, una de José Ortega y Gasset, de su magistral La Rebelión de las Masas:

«Bajo las especie de sindicalismo y fascismo aparece por primera vez en Europa un tipo de hombre que no quiere dar razones ni quiere tener razón, sino que sencillamente, se muestra resuelto a imponer sus opiniones. He aquí lo nuevo: el derecho a no tener razón, la razón de la sinrazón [… El hombre medio] Quiere opinar, pero no quiere aceptar las condiciones y supuestos de todo opinar. De aquí que sus ideas no sean efectivamente sino apetitos con palabras, como las romanzas musicales».

Por hacer

Lo primero por hacer es comprender lo dicho: una observación sobre la pasión por opinar, opinar sin límites ni condiciones, sin que intervenga la razón —y peor inclusive, sin siquiera reconocer la necesidad de usar la razón.

Tener opiniones por tenerlas reclamando el «derecho a no tener razón», que es la petición real y última de la tolerancia excedida.

Lo segundo por hacer es ofrecer un juicio razonable sobre lo dicho allí —algo que dejo al lector, quien debe responder una interrogante central, la de si tiene o no razón su autor y porqué.

Y eso me lleva al punto que quiero destacar, que es el descubrimiento de lo obvio —lo que creo que sucede con la cita de Ortega y Gasset, eso de tener derecho a no tener razón, una buena forma de expresar lo que sucede, lo que es obvio, pero no ha sido «descubierto» o al menos no es mencionado con frecuencia.

Otra cita, más breve

Una atribuida a Pablo Coelho:

«El fracaso es parte de la vida; si no fracasas, no aprendes y si no aprendes, no cambias».

¿Obvio? Hasta el cansancio —estoy seguro de que pueden encontrarse muchas otras frases con la misma idea, como la de que «en todo fracaso hay una oportunidad nueva», o «Una experiencia nunca es un fracaso, pues siempre viene a demostrar algo».

Lo que quiero defender es la idea de que hay alguna obviedad que no lo es tanto —más la idea de que «En un tiempo de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario», como escribió George Orwell.

Tesis sobre lo obvio

Estoy ahora en una posición que me permite ofrecer una tesis sobre lo obvio, dividida en tres grandes categorías:

Nivel alto

El primer y más alto nivel de lo obvio es el de las verdades ocultas, las que una vez reveladas producen esa reacción —la de ser obvias, cuando no lo han sido antes.

Es mérito del pensador el haberlas encontrado y expresado de tal manera que aparecen como claras, como obvias.

Este es el nivel al que creo que pertenece la primera cita de esta columna: una idea que tiene sentido, que es razonable y que una vez conocida resulta tener esa cualidad que tiene la verdad, la obviedad.

Son los grandes libros donde se encuentra este alto nivel de obviedad, donde están las grandes ideas que una vez descubiertas resultan obvias —aunque ellas suelan pasar por un lento proceso de aceptación general.

Nivel bajo

El último y más bajo nivel de la obviedad es el de las verdades fácilmente vistas, que no son propiamente descubiertas sino repetidas, como la segunda cita que he hecho.

Son pequeñas piezas informativas que buscan explicar algo y lo logran de una manera simplista, como «así es la vida», «lo que no mata, alimenta», «el dinero no compra la felicidad», «el cliente siempre tiene la razón» y otras cosas más de simple mentalidad.

Son los clisés, los refranes, las frases hechas donde se encuentra este más bajo nivel de obviedad, el que tiene como característica central al simplismo —soliendo a veces crear impresiones de sabiduría y profundidad, como cuando se escribe que «el mejor maestro es el tiempo pues sin necesidad de hacerle pregunta alguna, te da las mejores respuestas».

Nivel medio

En medio de esos dos extremos está un espectro amplísimo de obviedad media —como quizá se ejemplifique en esta cita tomada de Internet:

«Antes, cuando decíamos que estábamos aburridos, nos mandaban a leer un buen libro; cuando no queríamos la comida, nos dejaban sin comer hasta que nos diera hambre; porque nuestros padres eran guías, no payasos y las casas eran hogares, no restaurantes. La disciplina con amor es la clave del éxito en la crianza».

¿Obvio? Sin la menor duda, pero hay allí algo que hace reconocer el valor de recordarlo —de esa acción revolucionaria de recordar lo obvio cuando eso se ha perdido.

Su último y primer reducto

Una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es examinar la persistencia de mitos marxistas en la cultura europea.

El Marxismo, a menudo se nos dice, esta muerto. Mientras que el Comunismo como un sistema de poder autoritario aún existe en países como China, el poder contemporáneo del Marxismo sobre las mentes de la gente es nada comparado con la gloria que tuvo entre la toma del poder por los bolcheviques en Rusia en octubre de 1917 y la caída del Muro de Berlín hace veinte años.

Tales observaciones son, en muchos aspectos, ciertas. Pero en otros sentidos, no lo son.

Solo necesitamos ver a Europa Occidental —el lugar en el que el pensamiento marxista primero emergió y creó raíces. Un signo trivial y sin embargo inquietante, es la voluntad de muchos jóvenes europeos occidentales de usar camisetas con los emblemas de la hoz y el martillo, o imágenes del Che Guevara.

Si usted quiere confirmar esto, basta que pasear por los centros de Amsterdam, Estocolmo, o Roma.

La pregunta

Sin duda, en muchos casos las imágenes de las camisetas son simples reflejos de una rebeldía juvenil. Pero es difícil abstenerse de preguntar a quienes las visten si ellos también tienen una camiseta con la imagen de la svástica nazi. Seguramente se ofenderían ante tal sugerencia.

Pero su decisión de hacer desfilar a la hoz y al martillo refleja ignorancia histórica, o bien una falla para aceptar que, como la svástica, son también un símbolo de regímenes terroristas criminales: sólo basta preguntar a los sobrevivientes del Gulag de Stalin, de los campos de “reeducación” de Vietnam, o los campos de muerte del Khmer Rouge.

Hay también un dominio persistente de la mitología inspirada por el Marxismo sobre la imaginación histórica europea.

Un buen ejemplo es la representación que Marx hizo del capitalismo del siglo 19, como un período en el que un pequeño grupo se volvió rico y millones se empobrecieron. Esto sigue siendo un artículo de fe para la izquierda europea y parte de la derecha.

Sin duda, hubo grandes trastornos al transformarse las sociedades con arreglos agrícolas a sociedades industriales. Pero como ha probado de manera concluyente el historiador económico de Oxford en sus famosos debates con el académico marxista, Eric Hobsbawm, en cada medición de calidad de vida, la inmensa mayoría de la gente mejoró por causa del capitalismo industrial.

Aceptación gratuita

Entonces, ¿por qué son los mitos y símbolos marxistas implícitamente aceptados tan despreocupadamente por parte de tantos europeos occidentales que nunca se considerarían comunistas ellos mismos?

Una razón obvia es que las naciones europeas occidentales nunca fueron sujetas a regímenes comunistas. Fue por tanto mantener las ideas románticas sobre el Marxismo e ignorar o racionalizar la realidad brutal del otro lado de la Cortina de Hierro.

También, está el hecho de que la izquierda continental europea fue mucho más influida por el Marxismo, por ejemplo, que los movimientos de centro-izquierda anglo-americanos. El partido social demócrata de Alemania, por ejemplo, renunció formalmente al marxismo como una fuente de ideas hasta 1959.

Pero quizá la más importante razón de la influencia marxista persistente en el fondo de tanta opinión europea occidental es un filósofo italiano que murió hace 72 años.

Las fuerza de las ideas

Si usted dudó alguna vez del poder de los intelectuales, el caso de Antonio Gramsci [1891-1937] puede ser un correctivo útil.

Como un marxista poco convencional de los años 30 bajo los estándares stalinistas, Gramsci argumentó que la clave del poder está menos en el control de los medios de producción que en la captura de las máquinas de la “hegemonía cultural” —las universidades, los medios, las artes y las instituciones religiosas.

Gramsci reconoció que la violenta captura del poder, por parte de los bolcheviques rusos en 1918, había sido la excepción a la regla.

Esta táctica había fallado en todos los demás lugares. Gramsci creía que una «guerra de posición», prolongada, por el control de la cultura, es la más efectiva manera de establecer una postura de dominio total sobre una sociedad.

Después del fracaso de los partidos comunistas para establecer su dominio en Europa Occidental al término de la Segunda Guerra Mundial, la ruta del «bolchevismo cultural» de Gramsci se convirtió en algo atractivo para los europeos occidentales de izquierda. Se apresuró después de las rebeliones estudiantiles de 1968.

La reflexión adicional

Reflexionando sobre este período, como uno que lo vivió, el entonces profesor Joseph Ratzinger (ahora Benedicto XVI) habló de la violencia y la intimidación intelectual usadas por los estudiantes de izquierda contra cualquiera que estuviera en desacuerdo con ellos.

La ideología marxista, escribió él, sacudió a su universidad «hasta sus mismos cimientos».

Después de 1968, muchas de las universidades occidentales europeas pasaron por cambios dramáticos que las dañaron. El profesorado se convirtió tan monolíticamente de izquierda que hace ver a las universidades estadounidenses tradicionales de izquierda de la Ivy League como modelos de diversidad.

Si usted camina por la mayoría de las librerías académicas de Europa Occidental, encontrará preponderancia de trabajos inclinados a la izquierda, y tendrá dificultades para encontrar materiales con opiniones alternativas.

Este estado de cosas ha influido a miles de estudiantes que han pasado por esas instituciones.

Nada de esto sugiere que Europa Occidental es la víctima de una conspiración masiva que lleva décadas.

Pero quizá, mientras el mundo se prepara para celebrar el 20 aniversario de la derrota del comunismo en Europa central y del Este, a los europeos accidentales les gustaría preguntarse por qué tantos de ellos son tan indiferentes ante la influencia de una filosofía que conduce a prisiones, tortura, esclavitud y muerte de millones.

Y, entonces, podrían deshacerse de esas camisetas.


Y unas pocas cosas más…

Debe verse:

La cultura como factor de desarrollo
Las ideas tienen efectos y consecuencias

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[Actualización última: 2020-11]