La constante intervencionista

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El precio de las cosas y su natural movimiento. Como termómetros que miden el estado del tiempo, la temperatura del cuerpo, de las cosas que cambian.

Mediciones que nos narran la verdad, la realidad. Alterarlas es como querer engañarse. un sinsentido. Si me siento mal, ¿cuál sería la tonta razón por la que negaría que el termómetro marca 38.5 grados?

Si quiero cocinar un lomo de cerdo, ¿por qué habría yo de calentar el horno a 120 grados cuando la receta pide que sean 180?

Jugar con las mediciones no es aconsejable. Los pilotos de avión necesitan saber la temperatura real, que puede ser de 3 grados y no la que quizá quieran tener para despegar, cualquiera que ésta sea.

Un curioso ejemplo de los precios y su natural movimiento es el de las especies, por ejemplo, la pimienta. Narra un célebre escritor:

«Tal vez la mejor idea del costo alocado de las especias se puede formar recordando que en el siglo XI de nuestra época la pimienta, que permanece sin vigilancia en todas las mesas de los restaurantes y se esparce casi tan libremente como la arena, fue contada por grano por grano, y ciertamente valió su peso en plata». Zweig, Stefan. Magellan: Conqueror of the Seas (Kindle Locations 263-266). Plunkett Lake Press. Mi traducción.

El cambio de precios es fascinante. La pimienta hoy tiene un precio reducido, tanto que desperdiciar unos granos nada importa; no se guarda en una caja con llave. En esos tiempos de grandes navegantes era lo opuesto y se guardaba la pimienta bajo llave, como si fuera un metal precioso.

El precio ha actuado como un termómetro, midiendo el valor asignado a la pimienta en relación a la cantidad disponible y la necesitada. Gran valor y escasa cantidad se combinan para producir una medición: el altísimo precio de la especie en ese momento y el muy reducido de la actualidad.

El caso opuesto en estos tiempos es el azafrán que «vale su peso en oro». No lo va a encontrar en las mesas de los restaurantes como la sal.

Los precios son como medidores, contadores, o registradores. Miden, cuentan, registran datos reales que es conveniente conocer. Interferir con ellos es producir información falsa, ya sea por sandez involuntaria y por engaño intencional. Usted no puede darse el lujo de manipular el altímetro en un avión sin riesgos severos.

Recordar estas cosas tan obvias es necesario debido a una constante política: la constante intervencionista, llamémosle KI, por simplicidad. Es por KI que los gobernantes, entre otras cosas, creen que pueden alterar los altímetros de los aviones y los termómetros de los pacientes para vivir mejor.

«Andrés Manuel López Obrador afirmó: “vamos a establecer precios de garantía y se producirá en México lo que consumimos” […] Es claro que López Obrador no entiende el concepto de ventajas comparativas ni las ganancias derivadas del comercio internacional». eleconomista.com.mx

Eso es como una propuesta de establecer temperaturas corporales de garantía para que los enfermos no tengan fiebre. Así de ridículo es lo que crea KI, la constante intervencionista. No diferente a imponer aranceles para proteger empleos.

Los precios son un sistema de información para la toma de decisiones económicas que usan recursos escasos. Si gracias a KI, un político altera los precios se producirán sin remedio malas decisiones y se desperdiciarán recursos.

Desperdiciar recursos limitados lleva a la pobreza.

Y una cosa más…

Podemos definir a KI como la irresistible tentación del gobernante que, por ignorancia o fraude, manipula las mediciones y condiciones de la realidad económica proponiendo que eso mejorará la vida de todos. Manipular precios es uno de los ejemplos más diáfanos de KI, la constante intervencionista.

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