La víctima politizada

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Le llaman política de identidad y su significado es simple. Consiste es una labor de asignación de personas a grupos prefabricados.

Digamos que usted tiene a las personas 1,2,3,4,5…n; y tiene, por ejemplo, los grupos A y B. Lo que hace usted ahora es asignar a cada persona a alguno de los dos grupos. La tarea ha terminado.

¿Por qué hacer eso? Los motivos que usted quiera.

Un candidato político podrá identificar personas clasificadas como (1) partidarios y (2) enemigos. De esta manera podrá enfrentar a personas que no son partidarios y son clasificadas de inmediato como enemigas.

Otro uso de la política de identidad es la identificación propia como víctima de algo. El grupo de víctimas y el grupo de opresores sirven para esta clasificación. Quienes se clasifican a sí mismos como víctimas, eso les da popularidad, acceso a medios, una actitud de simpatía masiva, una plataforma moral superior e incluso fuerza de presión para influir en los gobiernos.

Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión, el papel de víctima que crea la política de identidad personal y las ventajas que así se obtienen. No hay necesidad de pensar, ni de razonar, basta con encontrar un papel de víctima unirse a él y facilitar la obtención de simpatías generales y poder de cabildeo.

Algunas posiciones feministas usan este mecanismo de identificación personal, colocándose como pertenecientes a un grupo genérico de víctimas que sufren los ataques de otro grupo genérico de enemigos, los hombres. Y así explican su posición, con la ventaja de descartar cualquier opinión contraria a la suya sin decir nada más que es «machista opresor».

Lo mismo sucede con otras posiciones, como los alegatos de homofobia lanzados por la llamada comunidad LGBT: quienes no están en el grupo de víctimas (los LGBT) están en el grupo de opresores (los homofóbicos). La folclórica clasificación social de López Obrador en grupo fifí (sus críticos) y grupo no fifí (sus seguidores) es una variante de esta política de identidad.

La clasificación original, quizá, es la de Platón, agrupando a las personas en categorías que definían su papel político y sus funciones, aunque sin el elemento de victimización. La más célebre clasificación de ese tipo es la del marxismo, con sus grupos de proletarios (víctimas) y burgueses (opresores) y que es el antecedente de los grupos de víctimas con los que es útil identificarse hoy.

Piense usted en una manera de lograr influencia política considerable, ingresos derivados de reclamos compensatorios y, al mismo tiempo, gozar de popularidad mediática, simpatías en círculos académicos y aprobación moral en comunidades religiosas. No es algo que deba despreciarse como sistema para alcanzar el éxito personal, especialmente cuando alguien representa al grupo de las víctimas. generalmente un activista.

Porque esa función de representación de víctimas se vuelve una posición lucrativa que lleva al poder, especialmente al representante general de los más numerosos de los grupos de víctimas a quienes promete reparar los daños que han sufrido haciendo pagar a los grupos de villanos.

Surge así el político redentor y mesiánico que se sostiene sobre la superioridad moral supuesta que le ceden las víctimas. De esta manera se destruye a la democracia republicana y nace el sistema político de la víctimas opresoras que suele aprobarse con entusiasmo.

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