Leyes de la estupidez. Principios constantes de la naturaleza humana. Leyes inevitables de la idiotez. La causa última de nuestros grandes problemas es nuestra propia idiotez

Introducción

En lo que sigue, tomo como punto de partida a dos ideas previas sobre el tema de la imbecilidad humana. Primero, los principios propuestos por Cipolla y, segundo, el de Hanlon. Sobre esa base, concluyo consecuencias y efectos que forman más leyes acerca de la estupidez humana.

Las leyes básicas de la idiotez: Cipolla

C. M. Cipolla propuso cinco leyes al respecto:

  1. Siempre hay más tontos de los supuestos.
  2. La posibilidad de ser estúpido es independiente de todo otro rasgo personal.
  3. El tonto causa daño en otros sin recibir un beneficio personal.
  4. Los no tontos olvidan la capacidad de daño que tienen los tontos.
  5. Los tontos son el grupo más peligroso que existe, por encima de los malvados.

El corolario de Hanlon sobre las leyes de la idiotez

Adicionalmente debe mencionarse otro principio acerca del tema, la navaja de Hanlon y que establece lo siguiente, una conclusión que se sigue de las leyes anteriores:

«Nunca presuponer maldad cuando la idiotez sea suficiente explicación».

Para explicar un hecho cualquiera, por tanto, es más probable que esa explicación sea dada por la idiotez que por una intención malvada.

Corolarios adicionales sobre las leyes de la idiotez

Las leyes de Cipolla y el corolario de Hanlon permiten sacar conclusiones acerca de las consecuencias de la imperfección humana.

Consecuencias políticas

La capacidad de producir daño es proporcional a la cantidad de poder que el tonto tenga sobre otros.

Una persona a cargo de una pequeña tienda en una pequeña ciudad tiene la misma probabilidad que todos de cometer idioteces pero el radio de impacto de su idiotez es reducido.

La posición opuesta es la del presidente de un país (o más aún, la de un dictador totalitario), cuyo radio de impacto es enorme.

El organismo que más tonterías de más radio de impacto produce es el gobierno debido al poder que tiene, superior al de cualquiera otra institución.

Sus errores serán mejor explicados por idiotez que por existencia de complots y maldades.

Existe una probabilidad máxima de que en una democracia gane las elecciones el idiota más visible seleccionado entre otros igualmente idiotas.

File:Bundesarchiv Bild 102-09844, Mussolini in Mailand.jpg«File:Bundesarchiv Bild 102-09844, Mussolini in Mailand.jpg» by Unknown is licensed under CC BY-SA 3.0

Impactos personales

El idiota tiene una enorme habilidad para detectar las idioteces ajenas, pero una ceguera absoluta para identificar las suyas.

La identificación de estupideces cometidas por terceros siempre es más fácil y rápida que la lenta y complicada aceptación de tonterías propias. A más estupidez personal, menor probabilidad de aceptarla.

La capacidad de supervivencia de la idiotez es ilimitada.

No importa que una tontería demuestre ser lo que es con abundancia de evidencias, el idiota siempre encontrará una vía para continuar pensando a su manera, sin importar consecuencias.

La mejor manera de esconder la estupidez propia es la arrogancia y la mejor manera de mantenerla es la ignorancia.

Es decir, la combinación de soberbia e ignorancia crea una estupidez ilimitada y de amplio efecto.

Es el idiota quien más ambición de poder muestra para imponer sus ideas en los demás y demostrarles que tiene la razón.

La ignorancia y la soberbia producen, adicionalmente, un deseo elevado de convencer a otros para unirse en una estupidez común a todos.

Efectos sociales

Las personas se agruparán alrededor de un idiota mayor siempre que su idiotez tenga parecido.

Las idioteces más populares reunirán a los grupos más numerosos y formarán opinión pública.

La idiotez es el camino más popular y común porque requiere un esfuerzo mínimo y muy escaso desgaste personal, lo que hace que la idiotez no tenga límites conocidos.

La estupidez es cómoda por no requerir esfuerzo alguno para poseerla, causa por la que es la postura más frecuente y abundante, lo que refuerza la primera ley de Cipolla.

Siempre puede haber más idiotez de la que se ve y sufre.

Es un acto de precaución y prudencia el calcular que la estupidez es más abundante que lo pensado en una primera impresión.

La Marea Roja en favor de la Revolución Bolivariana toma Caracas - Hugo Chávez vive en nuestros corazones y en nuestros cerebros siempre«La Marea Roja en favor de la Revolución Bolivariana toma Caracas – Hugo Chávez vive en nuestros corazones y en nuestros cerebros siempre» by Antonio Marín Segovia is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

Todo grupo acumula mayor estupidez total que el de la suma de la idiotez individual de sus miembros.

La idiotez tiene un efecto acumulativo más que proporcional a la de la sumatoria de la idiotez individual. Un grupo de 10 tontos tiene una cantidad de idiotez superior a la suma de la idiotez personal de cada persona.

La mayor parte del contenido de los medios de comunicación y de las redes sociales es idiota, y aspira a dar la apariencia de información importante.

Por virtud de las leyes y corolarios anteriores, los reportes de noticias y sucesos son en su gran mayoría relatos de idioteces ajenas relatados por tontos.

No existe protección efectiva contra la idiotez, todos en todo momento están expuestos a generar una idiotez propia y autónoma.

Ningún mecanismo provee garantía contra la estupidez humana, aunque existen hábitos y virtudes que ofrecen protección razonable. Estos no serán usualmente aceptados por los idiotas.

Solo es en la repentina, momentánea e infrecuente interrupción de la idiotez que podemos esperar avances y conocimiento.

El progreso y los adelantos son consecuencia de seres aislados que se logran en momentos escasos y que sorprenden descuidados a los idiotas.

Las ideologías suelen ser exposiciones generales, organizadas y explicadas en un lenguaje elegante y serio de alguna idea que en su fondo es idiota.

Una de las formas más efectivas de autoprotección que tiene la idiotez es el disfraza de seriedad formal que le brinda el lenguaje académico usualmente confuso e incomprensible.

Conclusión: las leyes de la idiotez en un escenario apocalíptico

La «tormenta perfecta de la idiotez» es esa combinación única de idioteces acumuladas, enormes, globales e imparables que en conjunto, por efecto agregado, pueden destruir al mundo.

Por tanto, es más probable que el mundo sea destruido por un cúmulo de idioteces humanas que por la caída de un asteroide.

Termino con una cita

«Con la estupidez los mismos dioses pelean en vano». F. Schiller



Y unas ideas cosas más…

[Actualización última: 2020-12]

Notas extras sobre las leyes de la idiotez humana: el caso de la credulidad

Quizá sea irremediable. Imposible de desaparecer. Es la idea de las creencias falsas y fantasiosas que, sin embargo, terminan por ser creídas. Al menos por algunos.

Un ejemplo de 1807

Una mujer daba la siguiente receta: por la noche, después de las once, ponga una vasija con aceite a hervir; ya hirviendo, arroje en ella un gato vivo y tape la vasija; a las doce, saque al gato y dentro de su cráneo encontrará un pequeño hueso; este hueso hará que quien lo lleve sea invisible pero perderá su poder si pasa por agua.

¿Qué hicieron con ella? No, no la acusaron de brujería, sino de engaño. Eran personas que si pasaban por la Inquisición recibían castigos leves. No, no los quemaban en la hoguera.

En todo el siglo 17, la Inquisición en España quemó a cuatro personas, tres en Italia. Ese tipo de engaño era considerado un fraude.

Ahora vamos a la actualidad

Un anuncio en una revista. En él anuncian poder trabajar «a corta y larga distancia» para conseguir dinero y salud a quienes usen sus servicios.

Y apuntan que «contamos con el más acertado grupo de especialistas en hacer amarres de toda clase, no importa sexo ni tiempo de separación».

Afirman:

«Te sientes rechazada(o) o no correspondida(o), te es infiel, te maltrata, te engaña ¡Llámanos! Te entregamos el poder del amor, el deseo en 24 horas. Destruimos todo tipo de signo de brujería, hechicería, santería, pobreza, malos vecinos, malas vibras, mal de ojo, salaciones, levantamos negocios, atraemos la suerte en juego de azar».

¿Es creíble eso?

El que alguien dude es ya preocupante. Piense en llevar eso al extremo lógico: con ese poder, quien lo posea debe ir directamente a Las Vegas, a Montecarlo y otros sitios similares, para ganar una fortuna. No tendrá una pequeña oficina a la que usted puede acudir.

O vea esto:

«Conozca al Dr. Sebi, un patólogo, bioquímico y herbolario. Él fue a los EE.UU. desde Honduras y está en una misión para curar a la humanidad. Da la casualidad de que ha curado algunas de las enfermedades más mortales del planeta durante casi 30 años. SIDA, el cáncer, la diabetes, el lupus y la epilepsia son sólo algunas de las dolencias que ha revertido por completo».

O el caso de un aceite que cura las enfermedades.

Las leyes de la idiotez y credulidad

En fin, el asunto parece poderse resumir en una de ingenuidad irreparable, de credulidad constante. Es como si los humanos tuviéramos una faceta de inocencia y puerilidad que nos lleva a dosis variables de candor irreparable.

Definamos esto como un síntoma de credulidad que nos lleva a creer en las cosas menos razonables, menos probables, como la del hueso del gato, o del levantar negocios.

No todos lo padecen. Parece darse en dosis variables y cambiantes según las circunstancias. No aplica solamente a remedios contra enfermedades por medio de aceites mágicos.

Política

El síntoma de la credulidad también tiene una manifestación diáfana en la política, cuando algún segmento del electorado cree al pie de la letra las promesas de los gobernantes y, sobre todo, los candidatos a serlo.

Digo, porque aceptar que un presidente y su gobierno creen empleos, por ejemplo, es como suponer que existe Santa Claus.

Este síndrome de la credulidad en el terreno político es extendido y, como las leyes de Cipolla lo apuntan, afecta a más personas de las que pensamos y afectan a todo grupo en una proporción asombrosamente constante: tan ingenuo puede ser un Premio Nobel que un barrendero; un chofer de autobús urbano que un profesor universitario; un artista de cine que un presidente.

Podemos burlarnos de quienes creen que «Dios nos dio el poder de unirlos e insepararlos [sic] y lo que nosotros unimos, ni el hombre ni brujerías puede [sic] destruir», como dice el anuncio citado antes.

Pero, por lo visto, no se tiene el mismo sentido de burla para quienes piensan que existen remedios mágicos en economía, como cerrar fronteras para generar empleos y prosperar. Sí, quizá sea un padecimiento irremediable este de ser crédulos.

Nota

Los datos de la Inquisición y de la «bruja» de 1807 los tomé de Lehner, Ulrich L. 2016. The Catholic Enlightenment: The Forgotten History of a Global Movement. Oxford University Press.

Los textos del anuncio aparecieron en una revista llamada TV y Novelas, en una fecha que ignoro.