Moral de origen estatal

Es una politización de la moral. Se exaltan valores como justicia y honestidad; como caridad y paz.

No está mal en sí mismo, pero es curioso que esos valores se exijan colectivamente, especialmente a gobiernos y partidos políticos.

Para ser más claro: es práctica común que valores como esos se conviertan en reclamos dirigidos a otros, sin darse mucha cuenta que en realidad se trata de un código de conducta que comienza con uno mismo.

Alguien lo ha expresado mejor que yo:

«Es cierto que existe un nuevo moralismo hoy. Sus palabras clave son la justicia, la paz y la conservación de la creación, y son palabras que recuerdan los valores morales esenciales, que realmente necesitamos. Pero este moralismo sigue siendo vago y casi inevitablemente permanece confinado a la esfera de la política partidaria, donde es principalmente un reclamo dirigido a otros, más que un deber personal en nuestra vida diaria». Ratzinger, Joseph Cardenal.

En el punto positivo, alegra saber que la idea de lo bueno se mantiene. Pero del otro lado, esa idea ha sido transformada y se ha politizado y colectivizado.

No es ya tanto la idea del deber individual de hacer el bien y evitar el mal, como una política de estado que reclama una sociedad justa, honesta y buena (sin poner atención en la persona misma).

El error me parece obvio. ¿Puede usted tener una sociedad buena, justa, honesta, pacífica, sin que lo sean las personas que la forman? El más simple sentido común da una respuesta clara. No, no se puede.

Cuando la moral se politiza se abandona al deber personal e individual para convertir al bien en una noción decidida por el gobierno. Será en ese centro de poder donde se definirá, por ejemplo, lo que es justo e injusto, lo que es honesto y deshonesto, lo que es tolerante e intolerante.

Es un intervencionismo moral que ha asignado a la autoridad política la responsabilidad de construir la utopía moral. Si el estado de bienestar se hace cargo de la persona desde que nace hasta que muere, el intervencionismo moral se hace cargo de las decisiones éticas de la persona, a la que ha sustituido.

En concreto, entonces, tenemos una situación moral con características peculiares:

  1. 1. Una percepción de que la moral es colectiva, exigible a grupos, especialmente a la sociedad en general. No a las personas.
  2. 2. Una suposición de que la moral se alcanza colectivamente y es posible construyendo una sociedad ideal.
  3. 3. Una aceptación de que el responsable de eso es el gobierno, el que con sus planes y programas podrá construir esa utopía social, políticamente ideal.

El resultado de esto es doble. Primero, la persona ya no tiene responsabilidad moral, la tiene la sociedad dirigida por la autoridad. Segundo, esa autoridad define los valores morales en general y en detalle.

Así como hay intervencionismo económico que persigue lograr una economía sin fallas, esto que describo es intervencionismo moral que persigue construir una sociedad sin defectos. Es el gobierno quien se hace cargo de eso, relegando a la persona a un ser que simplemente debe someterse a los dictados de la autoridad.

Un ejemplo de esta función añadida de los gobiernos:

«No solo buscamos el bienestar material, sino también el bienestar del alma». A. M. López Obrador (tweet 19:40 – 20 feb. 2018) nacion321.com

No es el único, sucede en todas partes y eso es malo.

Post Scriptum

La cita en el original:

«It is indeed true that a new moralism exists today. Its key words are justice, peace, and the conservation of creation, and these are words that recall essential moral values, of which we genuinely stand in need. But this moralism remains vague and almost inevitably remains confined to the sphere of party politics, where it is primarily a claim addressed to others, rather than a personal duty in our own daily life». Ratzinger, Joseph Cardinal. Christianity And The Crisis Of Cultures (pp. 27-28). Ignatius Press. Kindle Edition.

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