Religión, ciencia, escalofrío 

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«No hay conflicto entre ciencia y religión; según los estándares materialistas convencionales, las dos son igualmente escalofriantes». Vernon Smith.

La fe y la ciencia son incompatibles. La ciencia y la religión están opuestas entre sí. Ese se afirma una y otra vez.

Ese es el lugar común, una especie de narrativa propuesta como dogma inapelable y que, curiosamente, contiene una solicitud de fe.

«¿Qué es la fe y cómo podría ser relevante tanto para la ciencia como para la religión? La respuesta que usaré es una definición del Nuevo Testamento que también se aplica a la ciencia. Hebreos 11: 1: “Ahora bien, la fe es la sustancia de lo que se espera, la evidencia de lo que no se ve”. El significado expresado aquí se aplica fundamentalmente a la ciencia como a la religión; ambos se preocupan por las realidades invisibles de la verdad». Smith, Vernon. The Evidence of Things Not Seen: Reflections on Faith, Science, and Economics (pp. 1-2). Acton Institute. Mi traducción. 

El autor citado es un célebre economista, muy acostumbrado a experimentos de laboratorio para el estudio de la Economía, por lo que a muchos sorprenderá que haya citado al Nuevo Testamento y la definición de ‘fe’ hecha por san Pablo.

El religioso que niega a la ciencia pierde lo mismo que el científico que niega a la religión. Sus pérdidas son cuantiosa, la posibilidad de saber más.

De manera un tanto simplista, la ciencia es una buena forma de responder a una pregunta fascinante, ‘cómo’. Sus respuestas son explicaciones acerca de cómo funciona esto o lo otro, cómo se explica que veamos el cielo azul, o que los objetos caigan y cosas de ese tipo. 

Son explicaciones, descripciones razonadas y probadas que se alimentan con ideas previas en las que se ha colocado cierta fe o credibilidad, la suficiente como para ser probadas y confirmadas. Es fantástico y fascinante, pero me temo que no es todo. Hay más y es escalofriante.

Y, también vista sencillamente, la religión es una forma de responder a otra pregunta, ‘por qué’. Sus respuestas no son explicaciones de corte científico, son razones, orígenes, fundamentos. Terrenos en los que la ciencia no funciona, como la religión no funciona en los terrenos científicos.

Un caso me inquieta en particular, el del Big Bang, el principio de nuestro universo hace miles de millones de años. 

La gran explosión que es el inicio. La ciencia nos da esa explicación y lo hace bien, incluso nos da una fecha probable, 13,7 ± 0,2 miles de millones de años. Es un ‘cómo’ bien respondido, al menos hasta que no salga otra explicación más ajustada a la realidad comprobable.

Correcto, no hay problema con eso, pero queda esa otra pregunta, ‘por qué’ inició. ¿Salió de la nada o no? ¿Por qué sucedió todo eso? No es responder a cómo sucedió, sino a por qué. Cosas que causan escalofrío.

Estas no son cosas que se presten a ser estudiadas en un laboratorio probando hipótesis, el que parece ser el mundo entero para quienes se encierran en su cómodo rincón conocido.

Quizá se trate de la existencia de mentes demasiado cerradas que existen para reñir unas con otras, los religiosos que no ven más allá de su rincón y los científico que hacen lo mismo en el suyo. 

La ciencia, con sus maravillosos instrumentos que miden tantas cosas son los que «nos proveen con la evidencia indirecta de las cosas no vistas», como escribió el mismo V. Smith. No poder ver la evidencia de algo no significa que ese algo no exista.

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