¿Verdad que no hay verdad?

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«Los que no quieren ser vencidos por la verdad, son vencidos por el error». San Agustín (354-430).

Seamos claros acerca del relativismo. Esa creencia que afirma que es verdad que no hay verdad.

Una de sus fuentes es un famoso filósofo que dijo que no hay verdades, que solo puede haber interpretaciones. La posición cae por su propio peso. Otro filósofo lo comenta:

«Nietzsche es uno de los favoritos, ya que expuso explícitamente lo siguiente: “No hay verdades”, escribió, “solo interpretaciones.” O lo que dijo Nietzsche es cierto — en cuyo caso no es verdad, ya que no hay verdades— o es falso». Scruton, Roger. How to be a conservative (Kindle Locations 1664-1666). Bloomsbury Publishing. Mi traducción.

Que la idea sobreviva es un signo que muestra uno de los problemas de nuestros tiempos, la renuncia a pensar acompañada de la exaltación de las emociones. Lo que importa, se nos predica, es el sentimiento y eso, se nos insiste, es una renuncia a la razón.

«Deja de pensar y concéntrate en sentir», escuchamos de una manera u otra, creando un ambiente en el que tiene éxito decir que es verdad que no existe la verdad. Y, por supuesto, la contradicción sobrevive de varias maneras.

Tome usted al inocente reportero que pregunta a su entrevistado «¿Cuál es tu verdad?» suponiendo que hay varias y que todas son ciertas, La verdad no puede ser de nadie, simplemente existe con independencia de muestra voluntad.

Por más que queramos que Dios exista, o que no exista, eso es algo que no depende de nuestros deseos. La realidad, mucho me temo, no nos obedece. Intente convencer al relativista más fanático que la dinamita que tiene en la mano con la mecha prendida es una construcción social que tiene aplicación dependiendo de la cultura y verá si el otro lo acepta sin salir corriendo.

O tome usted un caso no tan extremo, el de los relativistas culturales, con una posición curiosa.

Al menos a los que he escuchado o leído, muchos de ellos, afirman que a las culturas ajenas a la suya hay que examinarlas desde el punto de vista de ellas mismas, sin juzgarlas, sin decir que hay unas superiores a otras. Entonces, por ejemplo, usted toma al Islam o a los Inuit, y los trata de ver desde su propia perspectiva, sin juzgarlos.

Correcto, si alguien pide juzgar a cada cultura desde lo interno propio de ella, entonces sería lógico que tratara por igual a la propia cultura Occidental, que suele ser la de quienes eso predican. Pero resulta que no, a la cultura Occidental la critican no con suavidad precisamente.

¿No hay acaso contradicción en eso? Si me pide alguien tratar de no juzgar a cultura alguna, no hay razón por la que una de ellas sí pueda ser juzgada y reprobada. Estas cosas son las que muestran que en nuestros tiempos se tiende a ignorar a la facultad que tenemos para pensar.

De nuevo, el libro citado lo expone en las universidades:

«Como se señala con frecuencia, el espíritu de la libre investigación está desapareciendo de las escuelas y universidades de Occidente. Los libros se incluyen o eliminan del plan de estudios por motivos de corrección política; los códigos del hablar y los servicios de asesoramiento controlan el lenguaje y la conducta de los estudiantes y los profesores; muchos cursos están diseñados para impartir conformidad ideológica en lugar de investigación libre, y los estudiantes a menudo son penalizados por haber llegado a alguna conclusión herética sobre los principales temas del día». Scruton, Roger. How to be a conservative (Kindle Locations 1749-1752). Bloomsbury Publishing. Mi traducción.

Piense usted en la gravedad de eso: estudiantes que sufren castigos por llegar a conclusiones «heréticas», por pensar diferente. Libros que son descartados por no ser políticamente correctos y formas de vigilancia que buscan culpables de lenguaje erróneo. Tiene un cierto sabor a la ficción de Farenheit 451.

Esto reclama el deber de defender a la verdad y su existencia independiente de nosotros. Si se pensaba en la idea de que la verdad nos defenderá será ahora cuestión de entender que debemos defenderla. Es nuestra arma central para ser libres y está siendo atacada.

Tal  vez sea un asunto de comodidad, pues la verdad suele incomodar y causar inquietud.Y al final de cuentas es un asunto de ante qué desea usted rendirse, ante la mentira o ante la verdad.

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