Literatura: filosofía libre 

Las novelas, las buenas novelas, son de cierta manera ejercicios de una filosofía más libre que la usual. Tienen menos disciplina, pero mayor libertad. Se expresan en caso concretos, no en situaciones abstractas.

La buena literatura es, en buena parte, filosofía libre. Algo como volver a Sócrates. Como un deporte extremo que consiste en hacernos las preguntas más grandes que tenemos. Y eso es lo que hace la buena literatura.

Aunque, la verdad, eso tiene un riesgo. Las observaciones que presentan en las novelas, sus agudezas y perspicacias filosóficas, corren el riesgo de ser pasadas por alto en medio de su argumento. 

Tome usted los casos que se presentan en un clásico de todos los tiempos, Los miserables, la novela, no la película, ni el musical.

«Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen». Hugo, Victor. Los miserables (Colección Sepan Cuantos: 077) (Spanish Edition) (Kindle Location 1177). Porrua.

¿No es eso cierto? Por supuesto que lo es. Por eso preocupan las reputaciones, por eso los gobernantes son celosos de su imagen y llegan a construir visiones idealistas producto de marketing político.

Aunque Hugo se refiera a uno solo de los personajes, él ha enunciado una observación universal y la ha hecho entender con más facilidad que un complicado filósofo del posmodernismo.

Tratando al mismo personaje, M. Myrel, el autor habla de él y de que,

«[…] debía sufrir la suerte de todo recién llegado a una población pequeña, donde hay muchas bocas que hablan y pocas cabezas que piensan». Ibídem, (Kindle Locations 1200-1201). 

De nuevo, un caso particular y específico, el de un recién arribado a un pequeño lugar hace que emerja eso que todos sabemos: donde demasiadas bocas están activas, muchas mentes están pasivas. 

¿No nos sucede esto acaso cuando se habla de política y de economía? Y no solo en el caso de la gente común, sino también en el caso de los gobernantes mismos los que a fuerza de hablar, hacer discursos y tener entrevistas, ejercitan demasiado la boca y escasamente las neuronas.

Más la riqueza que se encierra en pequeños detalles como la historia del mismo personaje, un humilde obispo que tiene que hacer un viaje y como medio de transporte rechaza al tren y a una mejor montura, por lo que opta por viajar en burro. Llega al pueblo al que se dirigía y el alcalde y los regidores se escandalizan. ¿Cómo es que el obispo llega en un burro que solo usaría un pobre?

Notando cómo lo miran, con tanta extrañeza, el obispo responde:

«—Señor alcalde —dijo el obispo—, y vosotros señores regidores, bien conozco lo que os escandaliza: creéis que es demasiado orgullo en un pobre sacerdote presentarse a caballo en una cabalgadura que fue la de Jesucristo. Os aseguro que por necesidad lo hice, no por vanidad». Ibídem, (Kindle Locations 1314-1316). 

De un solo golpe, en unas escasas líneas, dentro de la magnitud fantástica de su obra, Hugo explica a la humildad como pocos lo han hecho (supongo que Teresa de Jesús lo haya hecho aún mejor).

En fin, lo que creo que bien vale una segunda opinión es resaltar esa extraña cualidad de la buena literatura, la de examinar a la vida con perspicacia, la vida real, las grandes verdades. Y hacerlo de manera que todos entiendan.

Y contrasto esto con algo que habla de nuestros tiempos, cuando entre los libros más vendidos se encuentran El código da Vinci y 50 sombras de Grey. 

Y una cosa más…

Un dato reciente, el México se reportan menos lectores:

«De cada 100 personas de 18 y más años lectoras de los materiales de MOLEC, 45 declararon haber leído al menos un libro, mientras que en 2015 lo hicieron 50 de cada 100 personas. En promedio, la proporción de hombres lectores es mayor comparado con la de mujeres lectoras (80.1% y 73.1%, respectivamente)». Inegi.org.mx

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