Las reputaciones personales, buenas y malas, son creadas por las personas y quienes las rodean. Más aún, la reputación o fama de una persona no es en realidad propiedad de ella.

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Introducción

Una de las más pintorescas regulaciones del gobierno mexicano es su prohibición de campañas electorales que ataquen a los opositores. El candidato A no puede atacar al candidato B ni a su partido. La idea detrás de esto es el lograr tener campañas electorales constructivas.

La disposición legal, por supuesto, no ha impedido que se tengan esas campañas sucias, pero sí ha logrado que los candidatos acudan a quejarse continuamente de ataques reales o inventados. Total, en el efecto neto, más trabajo improductivo logrado por una ley absurda.

Hay una manera diferente de ver esto y que no ha sido difundida como debiera. Si se acepta que cada persona es dueña de sí misma y que no puede tener otros dueños, con facilidad se entiende la prohibición de la esclavitud.

Ni usted ni yo podemos ser dueños de otras personas. No creo que nadie esté en desacuerdo con eso.

El inicio de las buenas y malas reputaciones personales

Pero eso tiene otras consecuencias muy lógicas también. Por ejemplo, usted no puede ser dueño de mis opiniones, ni yo de las suyas. Las opiniones pueden ser buenas, o malas, pero no son sujeto de dominio por parte de terceros.

Por eso se tienen cosas como la libertad de expresión. No creo que tampoco esto pueda ser sujeto de desacuerdos. Y es lo que llevará a la conclusión obvia: las personas no son dueñas de las reputaciones que ellas tienen, buenas o malas.



Definiendo ‘reputación personal’

Una buena manera de comprender la palabra, como eso que alguien piensa u opina de algo, especialmente de una persona o grupo de ella:

«Opinión o consideración en que se tiene a alguien o algo. Prestigio o estima en que son tenidos alguien o algo». dle.rae.es

Eso es lo que permite afirmar que, por ejemplo, una reputación dudosa hace referencia a la opinión de algo o alguien ante lo debe tenerse una actitud de precaución y cuidado. Es consecuencia inevitable de la libertad de pensamiento: lo que alguien opina de otro.

La buena o mala reputación de un jugador de futbol, por ejemplo, es un tema continuo entre aficionados del deporte: una forma de evaluación general de esa persona.

Puede ser vista como la imagen general de un individuo, es decir, la opinión que de ella tiene el resto. De aquí se deriva una conclusión inevitable: las personas no son dueñas de la reputación que tienen.

Dos creadores

La reputación personal tiene dos fuentes de creación.

• Una, la persona misma que realiza esfuerzos para que los demás tengan una buena opinión suya: A realiza acciones para que B, C, D… piensen bien de A.
• Dos, lo que los demás piensan de una persona dada la información que de ella tienen: los juicios que B, C, D… hacen de A y la conclusión a la que llegan.

Por definición, una reputación personal es lo que terceros piensan de alguien, un producto de la libertad de pensamiento y expresión que deriva en un juicio u opinión acerca de una persona en particular (de un grupo de ellas, o de una institución).

Y esa opinión no necesariamente es verdadera. Puede ser inexacta, distorsionada, parcial, como lo son los juicios realizados por personas en libertad.

Eso es lo que produce reputaciones de partidos políticos, presidentes, equipos deportivos, profesores, doctores, hospitales, universidades, alumnos, empresas, productos, marcas y demás.

Creación de buenas y malas reputaciones personales

Lo fascinante surge cuando se comprende que las personas no pueden ser dueñas de la reputación que tienen. No pueden serlo porque la reputación es el conjunto de ideas que otros tienen de ellas y que ha creado la libertad de pensamiento.

Si alguien quisiera dominar su reputación, solo podría hacerlo adueñándose de las ideas que son de otros, no de la persona misma.

Esto se vive a diario. Expresamos opiniones sobre otros todos los días y tratar de eliminarlas es equivalente a apropiarse de otra persona, lo que es indebido.

Lo que la gente piensa del candidato A, en otras palabras, está fuera de su control. La misma palabra ‘reputación’ implica la opinión que otros tienen de alguien y la falta de dominio sobre esas ideas. El prohibir expresar esas ideas es una violación de la libertad de expresión.

La opinión propia de otros

«Opinión o juicio que tiene la gente sobre una persona o cosa. Ese bar tiene mala reputación; tus actos influyen en tu reputación. Fama. Prestigio que tiene una persona. La ha operado un cirujano de gran reputación. Fama, nombre, renombre» thefreedictionary.com

Si alguien, por tanto, acusa a otros de haberle creado una mala reputación y se propone acusarlos de eso, está realmente intentando apropiarse de las opiniones ajenas. Todos tienen el derecho a opinar, así sea con buenos o malos fundamentos.

En otras palabras, usted no puede ser dueño de su reputación y fama porque ellas son propiedad de terceros. Es la opinión que ellos tienen de usted. Podrá ser buena o mala, correcta o inexacta, pero no es sino una propiedad que usted no domina. Yo no puedo dominarlo a usted para que tenga una opinión favorable sobre mí.

La noción de evitar difamación es, por esa razón, absurda. Implicaría que una persona tuviera dominio sobre las opiniones del resto y eso es imposible e ilegítimo.

Por ejemplo, si el candidato A no puede decir lo que piensa del candidato B, eso quiere decir que B tiene un dominio indebido sobre las opiniones de A.

Punto central

«La única manera de totalmente evitar una mala reputación es tener a los demás como propiedad personal, impidiendo que puedan pensar por su cuenta».


El problema de la difamación

El lector perspicaz de seguro hará una observación lógica. Mencionará el caso de una mentira intencional sobre alguien a quien se desea atacar. Digamos que la persona A intencionalmente dice una mentira sobre la persona B con el objetivo de algún beneficio personal.

Este es el problema de la difamación. Es decir, la acción de «Desacreditar a alguien, de palabra o por escrito, publicando algo contra su buena opinión y fama».

Puede entenderse como la expresión de una opinión personal de A que muestra una reputación mala de B y que daña a B en su honor, dignidad, nombre y fama. Y que contiene una acusación que es intencionalmente falsa.

Una fina línea entre reputación y difamación

La reputación, buena o mala, de una persona es la opinión que otros tienen de ella. Una especie de imagen de ella, una actitud frente a ella.

La persona A, por ejemplo, piensa que la persona C no tiene la capacidad para ser legislador. Ante esto, el legislador nada tiene qué hacer excepto tratar de convencer a A de lo contrario.

Incluso en caso de reputaciones inexactas, falsas y distorsionadas, es poco o nada lo que los afectados pueden hacer. excepto por esfuerzos para convencer a otros a cambiar de opinión.

La razón es obvia: yo no puedo ser propietario de lo que otros piensan y expresan en público o en privado. Todo lo que puedo hacer es expresar mi opinión sobre esas opiniones y dejar que el resto de la gente llegue a sus propias conclusiones (lo que no puedo alterar).

La difamación, para que justifique una acción en su contra, requiere una acusación abierta de un hecho concreto calificado como ilegal. Algo que pueda ser probado como falso e intencional. Por ejemplo, la acusación de uso personal de bienes públicos.

Si tiene o no la intención de dañar la reputación de una persona, eso podrá solucionarse examinando las evidencias y sí, podría ser castigado como difamación.

Conclusión

La creación de buenas o malas reputaciones es en realidad la formación de opiniones favorables o desfavorables de personas. Eso es inevitable y producto de la libertad de pensamiento, por lo que debe concluirse que las reputaciones personales son consecuencia de las libertades personales.

Tratar de controlar esas opiniones es un acto de censura, que es reprobable en sí mismo. Constituiría un ataque a la libertad de expresión.

La idea original sobre la reputación como propiedad ajena es de Rothbard. Véase por ejemplo, Rothbard, Murray Newton. Man, Economy, and State; a Treatise on Economic Principles. Los Angeles: Nash Pub, 1971, p. 157.

Por supuesto el tema no termina con lo dicho, pero ello sí plantea el corazón del problema: ninguna persona puede ser dueña de lo que otros piensan, lo que incluye a las reputaciones.

Bajo este principio, el concepto de difamación se diluye notablemente quizá hasta debilitarlo notablemente, o bien limitándolo a casos en verdad excepcionales.

Quizá al final de cuentas, esto pueda entenderse al estilo de Tocqueville: la libertad de expresión tiene excesos y defectos que deben aceptarse frente a la alternativa de padecer la falta de esa libertad.


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[Actualización última: 2021-06]