Se presentan cuatro leyes o principios que afectan y alteran a las reflexiones personales y las conversaciones con otros. Explican la desatención a los temas más importantes y la frecuencia de tópicos banales.

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1. Ley de las reflexiones: lo intrascendente ocupa el lugar de lo trascentente

Una de las leyes de las reflexiones y conversaciones que contiene dos características que operan simultáneamente:

  1. Predominio del tema baladí, banal e insustancial.
  2. Relegación del tema fundamental, valioso y sustancial.

La ley opera en esta manera: en toda reflexión o conversación tiene más probabilidad de dominar un tema insignificante que uno valioso.

Es decir, lo trivial desplaza a lo trascendente, lo baladí ocupa el lugar de lo vital.

Esta ley es la que describe el fenómeno por el que los temas más importantes de nuestras vidas suelen ser ignorados. Antes son tratados las cuestiones de menor importancia que las que más importan.

¿Por qué sucede eso? Por molestos

Uno de ellos fue Blaise Pascal (1623-1662), el científico y filósofo francés.

Su explicación es fascinante: los temas centrales y más importantes de nuestra vida son causa de infelicidad. Esos temas inquietan, afligen. No es sorprendente que ellos sean pasados por alto.

Esos temas tienen consecuencias en nuestras vidas y no son ellas fáciles de aceptar. Piense usted, por ejemplo, en las consecuencias que tiene el creer que Dios existe.

No hay creencia que más afecte la vida que llevamos. Muy bien, pero ¿cómo ignorarlos? Fácil, no les damos tiempo nuestro. Nos ocupamos de los asuntos del día, nuestro trabajo y, cuando queremos descansar, buscamos distracciones.

Esa palabra es vital, ‘distracciones’. Quitar la mente de un asunto para dejarla sin trabajar un tiempo. No está mal hacerlo. Necesitamos descanso.

¿Por qué sucede eso? Por hacer pensar

La cosa empeora por otra variable, ocuparnos de los temas trascendentes significa trabajar, pensar. Es como tener otro trabajo.

Por ejemplo, en el caso de elecciones políticas, es menos laborioso sentarse frente al televisor y ver imágenes que buscar información escrita sobre la historia de los candidatos y sus acciones.

Es nuestra tendencia humana: el trabajo es evitado y si se realiza, se prefiere un resultado tangible en inmediato.

Esta visión de muy corto plazo y de beneficios que se perciban con facilidad es otro obstáculo al tratar los temas trascendentes. Ellos son de consecuencias a muy largo plazo y poco tangibles en el momento.

Conclusión

La suma de todo esto es la natural: las cosas intrascendentes cobran una importancia que no tienen y hacen de lado a las cosas más importantes que son de largo plazo.

¿Soluciones? Sí, hay a esta ley de la reflexión y la conversación. Son todas ellas un asunto de educación convertida en costumbre.

Algo que se inculca desde pequeños dentro de las familias sobre todo y que tiene que ver con dos hábitos centrales, el de la lectura y el razonar.

Ellos dos son los que minimizan el desplazamiento de lo importante con lo trivial. Y, en una situación muy positiva, se llega a entender que las cosas más importantes son también amenas y chispeantes.

Las costumbres de la lectura y el uso de la razón comienzan en la familia, pero se apoyan en las escuelas. Más aún, esto permite tener una idea de qué tan inclinada a lo trivial es una comunidad.

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2. Ley de las reflexiones: lo exterior llama más la atención que lo interior.

Otra de las leyes de las reflexiones puede ser explicada con dos elementos que juegan simultáneamente:

  1. Los aspectos externos y visibles tienden a dominar
  2. Los aspectos interiores tienden a ser relegados

La ley opera en esta manera: en toda reflexión o conversación tiene más probabilidad de dominar lo manifiesto y superficial que lo interno y velado.

Un ejemplo

Fue un día hace ya tiempo. Un conferencista habló de lo grande que puede ser una vida simple. Y leyó un poema que exaltaba eso que usted se imagina.

Hablaba de vivir en una casa pequeña, en el campo. De tener sillas rústicas y unos muy pocos libros. Platos de madera, escasos cubiertos, colocados en una mesa de madera sin pulir, cerca del fuego en una chimenea. Una cama simple.

Comida sin refinamientos, al contrario. Una mujer hacendosa y amada. Levantarse con el sol. Acostarse después de leer a la luz de unas velas. Un perro leal recostado cerca.

En fin, una descripción de una vida simple y, por eso mismo, deseable. Quienes le escuchamos movimos la cabeza con aprobación. Era un canto, casi, a la vida opuesta a la que, me imagino, todos llevábamos.

En realidad solo había que mudarse de casa, vender los muebles y comprar otros. Rematar libros, discos, vajillas y otras cosas. No, no puede ser que la vida se volviera sencilla cambiando de vajilla, o de sillas, o de cama.

Eso es poner demasiada atención en las cosas externas y visibles. La sencillez y la simplicidad de la vida, me parece, va mucho más allá que el tener una silla rústica, sin barniz. Lo que complica nuestra vida no es tener un filete Wellington frente a nosotros, en una lujosa mesa.

Lo que hace compleja nuestra vida no está fuera de nosotros, está dentro de nosotros.

La atención a lo interno

Fue una grata sorpresa encontrar un libro en el que de eso se hablaba. Mencionaba una paradoja: el hablar sin parar de la sencillez de la propia vida, hace que la persona sea menos simple de lo que dice.

El autor es G. K. Chesterton. Dice que hay que quejarse contra los defensores de la simplicidad en la vida. Lo que esos defensores hacen es en efecto exaltarnos a llevar una vida sencilla, pero sencilla en las cosas que menos importan.

Más aún, nos complican la vida en lo que sí tiene importancia. Lo que ellos predican es la sencillez en, por ejemplo, los alimentos, la ropa, el mobiliario. Pero esas cosas son de escasa importancia en nuestras vidas. Ignoran a las cosas que sí son importantes y, peor aún, las complican.

¿Cuál es la simplicidad que realmente importa? Chesterton da una respuesta directa: la simplicidad de corazón y lo ilustra con una frase: «hay más simplicidad en el hombre que come caviar por impulso, que en otro que come pepitas de uva por seguir unos principios».

Lo que hay que simplificar no es el interior propio tanto como el exterior nuestro.

La simplicidad que vale, me parece, es la interna, la del corazón y la del pensamiento. Si ella desaparece no hay producto cultivado orgánicamente que puede sanarla y devolverla (parafraseando al mismo autor).

Hay más ingenuidad e inocencia en la persona que sucumbe al placer de tomar una cerveza oscura, que en quien toma agua purificada haciéndolo para mostrar superioridad en su sencillez.

Conclusión

Esta segunda ley de las reflexiones y conversaciones establece que existe mayor probabilidad de poner atención en los aspectos exteriores del tema que en los interiores.

El remedio es simple y chocante: acostumbrarse a poner en duda las cosas que la mayoría aprueba de inmediato.

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3. Ley de las reflexiones: el tema religioso será rápidamente ignorado

Esta otra ley aplica a la inmensa mayoría de las reflexiones personales y que se hagan en conversaciones. Ella puede ser explicada con dos elementos;

  1. Todo tema religioso será intencionalmente puesto de lado con rapidez
  2. Será preferible reflexionar sobre cualquier otro tema, el que sea.

La ley opera en esta manera: en toda reflexión o conversación tiene una muy escasa probabilidad de tratar temas religiosos y si surgen, ellos serán desplazados con rapidez

La situación es curiosa

Antes, hace ya tiempo, era natural que se hablase de religión en cualquier ocasión y los que podían hacerlo eran quienes se consideraban expertos en la materia.

El resto de las personas les escuchaban con respeto al menos, aunque muchos de ellos hacían poco caso de lo que se les decía. En cambio ahora, en tiempos de grandes libertades, lo que se ha logrado es que nadie hable de religión.

Mal gusto y políticamente incorrecto

Es algo que ha podido lograrse sin necesidad de fuerza gubernamental. Es que simplemente se considera de mal gusto hablar de religión. No es políticamente correcto hacerlo.

Quien lo hace suele ser visto como un anormal ajeno a los tiempos modernos que están abiertos a la diversidad y la tolerancia, mientras no se trate de temas religiosos.

Se pierde un tema vital

Una religión, la que sea, tiene una poderosa fuerza de cohesión en una sociedad. Es una parte de la cultura y las tradiciones, quizá el ejemplo de los días de fiesta sea el más visible.

Pero también, es una poderosa fuerza moral que disminuye las conductas reprobables de las personas. Cuando se pierde la fuerza de la religión, se pierden también esos frenos a las malas acciones y en esa sociedad deberá esperarse un aumento de la criminalidad.

Es decir, en un intento de modernización y apertura y libertad, que es cuando más se necesitan los preceptos morales, una de sus fuentes ha sido anulada en buena proporción. Quizá todo se deba a una exageración de la idea de la tolerancia y la diversidad.

En sociedades en las que conviven muchas personas de diferentes religiones se evita hablar de ellas y lo que se consigue es mandarlas al armario haciendo que ellas sean una cuestión personal que cada quien define como se le antoja.

Los tiempos de mayores libertades son paradójicos. Se tiene la libertad de tratar los más escabrosos temas en los medios: nada hay que sea prohibido, ni siquiera el hablar con lujo de detalles de los genitales al mediodía en la radio.

Y, sin embargo, tratar de religión es mal visto. Graciosa la paradoja que provoca la libertad de hablar de estimulación sexual temprana, pero no de la Trinidad. No es que esté prohibido, es peor: se considera de mal gusto. La gente bien educada, se presupone, no habla de cosas religiosas.

Las religiones tratan de temas vitales para los humanos. Ellas explican la razón de nuestra existencia, nuestra vida presente y futura, guían nuestras libertades, justifican nuestro valor.

Ponerlas de lado es perder mucho, incluso para los no religiosos. Y, si acaso se habla de religión más o menos en serio, se les ve como curiosidades culturales dignas del National Geographic nada más.

Conclusión

La tercera ley de las reflexiones apunta que ellas, por diseño, descartan tratar un tema de considerable importancia, la religión. Es una pérdida sustancial que empobrece a las conversaciones.

¿El remedio? Supongo que sea la valentía intelectual de quienes quieren reflexionar y conversar.

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4. Ley de las reflexiones: en todo tema existe algo de interés potencial

Esta ley compensa a las tres anteriores al indicar que por trivial e intrascendente que sea el tema tratado, en él existe el potencial de encontrar algo importante y trascendente.

La ley funciona de esta manera: en toda conversación y reflexión que trate tópicos banales y triviales, ellos pueden convertirse en temas importantes y vitales si se hacen las preguntas correctas.

Todo depende de la forma en la que el tema sea tratado y eso depende, a su vez, de nivel con el que se trate reconociendo tres de ellos:

  1. Solo enfoque en los sujetos o personajes del tema
  2. Ampliación del enfoque al suceso general
  3. Elevación del enfoque al plano de las explicaciones e ideas.

Discusión

Fue Chesterton, el escritor británico, el que dijo que todos los temas son interesantes, pero que sucede que no todas las personas se interesan en ellos.

La idea es terriblemente práctica para cualquiera que esté pendiente de las noticias o de cualquier cosa que sucede a su alrededor. Lo que se necesita, nada más, es tener ganas de aprender algo.

Pocas son las ocasiones en las que no puede aprenderse algo, así sean las más irrelevantes en apariencia. Sí, incluso en esos programas que hablan de la vida íntima de las celebridades hay posibilidades de aprendizaje, así sea la lección de que la mayoría de esas noticias son insignificantes.

Quien reproduce lo que lee en algún periódico, por ejemplo, no muestra interés, sino sólo buena memoria. Interesarse es tratar de sacar alguna lección del suceso, algo que ayude a comprender mejor al mundo. Alguien diría que esto es hacer filosofía, es decir, preguntar continuamente por qué.

Veáse la idea de Lin, Yutang (The Importance Of Living) en la meta de la educación.

Conclusión

La cuarta ley de las conversaciones y reflexiones ofrece la esperanza de que incluso en situaciones que olvidan y rechazan temas trascendentes, ellos pueden ser oportunidades rescatables para alcanzar niveles superiores.

Por supuesto, se necesita cierta valentía y originalidad que deje atrás la pereza del pensar y acepte las molestias de los temas trascendentes. requiere, además, cierta habilidad para razonar y, sobre todo, reconocer falacias.


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