¿Qué política económica debe tenerse en un mundo dinámico? Una muy diferente a la que se tendrían bajo el supuesto de un mundo estacionario.

Introducción

Depende del mundo que se vea. De cómo se entienda a la realidad. Y de allí, saldrán conclusiones muy diferentes.

¿Puede crearse prosperidad y riqueza, o no? Si se presupone que no, se harán cosas muy distintas a las que se harían si se piensa que sí.

Y esto es quizá la base de muchos desacuerdos hoy. Hay dos posibles concepciones de la realidad en este sentido. La política económica será diferente en un mundo estático que en uno dinámico.

1. Un mundo estático e inmóvil

Uno en el que no puede crearse más riqueza de la que ya existe. Lo que cuenta en ese mundo es tener lo más posible de lo que es fijo, sea oro, plata —lo que se quiera.

En este mundo lo que uno tiene no lo puede tener otro. La ganancia de uno es necesariamente la pérdida de otro. Es el mundo en el que el Mercantilismo está justificado: la nación más rica es la que más oro tiene, la que menos importa bienes.

Las preocupaciones morales de este mundo son de justicia distributiva: repartir éticamente lo que ya existe. Las consideraciones productivas son puestas de lado. Ni siquiera se consideran, pues no tienen sentido. En este mundo estacionario, las tasas de interés no tienen justificación.

Un mundo en el que la pobreza es la regla. No hay manera de evitarla. Todo lo que puede hacer la persona es pertenecer a una comunidad y acomodarse a ella, esperando nada que no sea protección. Las jerarquías son muy marcadas en este mundo y consideradas permanentes.

La política económica más lógica para un mundo estático está orientada a la distribución de bienes y recursos —exactamente lo contrario a un mundo dinámico.

2. Un mundo dinámico y cambiante

Uno en el que puede crearse riqueza, más de la que ya existe. La riqueza en este mundo es creciente, no fija. Aquí lo que gana uno ya no significa la pérdida de otro —ambos pueden ganar.

El Mercantilismo ya no tiene sentido. Las naciones ricas no son las que acumulan oro en los cofres del gobierno. Son las que ha dejado libres a las iniciativas de las personas. Deja de tener sentido el énfasis grande en la política distributiva.

En este mundo dinámico la política económica considera a la moral contributiva, una justicia conmutativa. Todo el énfasis está en el hacer, en el trabajar y el usar. La pobreza deja de ser una constante, es posible remediarla.

Y surge la posibilidad de autonomía personal, de valerse por sí mismo, más allá de la comunidad. Es un mundo en el que ya no se depende de la distribución, sino de la contribución.

Dos mundos diferentes

La diferencia entre ambos mundos es obvia —y sirve la explicar mucho de lo que sucede en la política de estos tiempos.

El mundo dinámico fue «descubierto» poco a poco y su gran estallido fue por allá de los 1800, en partes de Europa y EEUU.

Este descubrimiento de una sociedad dinámica que producía riqueza es fantástico, el mayor de todos los tiempos (más que la imprenta, más que girar alrededor del sol, más que el Nuevo Mundo).

Y sucedió hace poco, un par de siglos o algo más. Hace poco más de cien años, en 1900 la evidencia era contundente e innegable. La riqueza no es un monto fijo, ni es la cantidad de recursos naturales que se tiene. La riqueza puede crearse y su origen está en la gente, cuando se le deja libre.

Un descubrimiento grande

El descubrimiento es tan reciente que en algunas mentalidades no se ha registrado aún —me refiero a formas de pensar que todavía presuponen que vivimos en un mundo estacionario y que, por eso, insisten en políticas económicas para un mundo estático.

Demasiadas de las opiniones políticas, morales y económicas que existen presuponen, sin darse mucha cuenta de ello, el mundo pasivo y letárgico en el que no es posible crear riqueza.

Cuando se habla más de distribución que de creación, cuando se enfatizan las demandas sociales y no las libertades, cuando se trata más el dar que el enseñar; cuando ese sucede, es que se piensa en un mundo estacionario.

Eso es lo que presupone quien pide cerrar fronteras al comercio, quien propone impuestos progresivos.

Son los socialismos, los intervencionismos, los estados de bienestar quienes que suponen que aún se vive en un mundo inerte y quieto —los que se mueven más por morales distributivas que por morales contributivas.

Esos que creen que las personas no tienen capacidades, ni talentos, ni inteligencia para crear más riqueza. Es tan reciente el descubrimiento de poder crear riqueza que aún no es asimilado totalmente por demasiados. Sí, es reciente.

Durante milenios se vivió ese mundo estacionario, pero las cosas han cambiado. Lo que queda por hacer es, entonces, aceptar la realidad y abandonar una manera de pensar que ya no coincide con la realidad.

Conclusión

La idea que se ha planteado es la de dos posibles comprensiones de la realidad:

  1. Un mundo estático e inmóvil en el que no es posible crear riqueza.
  2. Un mundo dinámico y móvil en el que es posible crear riqueza.

Concluyendo que la política económica más conveniente en un mundo estático es muy distinta a la más adecuada a un mundo dinámico.

La cuestión ahora es reconocer cuál de esos dos mundos es el real y existente —lo que será simple de resolver: el mundo real y verdadero es dinámico, móvil, cambiante y crea riqueza.

Por tanto, la política económica que presupone un mundo estático, cuando se aplica a un mundo dinámico, entorpecerá la creación de riqueza —y empobrecerá a la gente.


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[Actualización última 2021-04]

Notas extras sobre la política económica más adecuada a un mundo dinámico

El título de la afamada obra de Adam Smith presupone que el estado natural de las cosas es la pobreza —si nada se hiciera, si nada se realizara, así continuaríamos, en una situación de miseria.

Resulta entonces pertinente esa pregunta, la de qué es lo que ocasiona a la riqueza. Lograrla, por necesidad, implica la necesidad de realizar algo —tener una política económica diferente a la de un mundo siempre estático.

Más aún, ese algo que debe hacerse requiere de una explicación, la del opuesto a la pobreza.

¿Qué es la riqueza?

Por oposición es sencillo tener una definición: lo contrario a la pobreza, es decir, el contar con medios suficientes que permitan la satisfacción de las necesidades básicas personales —pero no sólo eso, la riqueza debe ir más allá, hasta permitir a las personas los medios que les permitan satisfacer sus propias inquietudes.

El mundo ideal es uno, por tanto, en el que todos puedan realizar sus propias inquietudes —sean las de estudiar una carrera, tomar vacaciones anuales, tener tiempo para leer, todo lo que pueda ocurrirse a una persona y que presupone la satisfacción de las necesidades básicas de comida, bebida, casa, vestido.

Limitaciones

Ese mundo ideal, deseable, tiene dos limitaciones —la del monto de satisfacción de las necesidades, que no puede ser total: siempre existirá insatisfacción en algún monto.

Y la de lo que la persona debe hacer para lograrlo. Es natural que el mundo ideal deseado, o el mundo ideal posible de lograr, no venga gratuitamente —algo debe hacerse para ser logrado en alguna extensión.

¿Qué hacer?

¿Qué debe hacerse para lograr ese mundo cercano al ideal al que genéricamente llamaré prosperidad?

No es algo que la casualidad logre, que dependa del azar —parto del supuesto que es un objetivo consciente, explícito, para cuyo logro deban tomarse acciones concretas.

Lo que causa prosperidad es eso que debe hacerse. Del lado opuesto, no hacer esas cosas, o realizar las contrarias, significa mantener la pobreza existente o incrementarla.

Es, en otras palabras, el asunto de la política económica adecuada para un mundo dinámico que puede prosperar.

Y más aún, el hecho de haber planteado la pregunta, como en la obra de Smith, parte de dos supuestos necesarios.

  • Primero, haberse dado cuenta de que la prosperidad es posible, que el status quo de pobreza puede remediarse. El mundo es dinámico.
  • Segundo, que es mejor la prosperidad que la pobreza, es decir, que el ser humano vale lo suficiente como para merecer algo mejor.

Eso mejor, llamado prosperidad, dije, es alcanzable por medio de acciones concretas, varias de ellas —lo que significa algo adicional: reconocer que la prosperidad no es el efecto de una sola acción, sino de varias.

Y más aún, si la complejidad social es considerada, eso dará una idea adicional: la prosperidad es el resultado de muchas acciones, cuyos efectos son a su vez causas de otros efectos, que en total logran prosperidad.

Un mundo complejo

Lo que quiero hacer en este espacio es argumentar a favor de una definición compleja de prosperidad, que vaya más allá de las ideas usuales al respecto.

La prosperidad en un mundo dinámico no es la consecuencia simple de la aplicación de ciertas medidas económicas —tampoco es el resultado sencillo de la implantación de ciertos sistemas políticos.

La prosperidad involucra la consideración de aspectos culturales-morales, cuya influencia es importante y quizá mayor a la de las medidas económicas y políticas.

Mi argumentación está basada en el siguiente razonamiento: en general, las medidas políticas y económicas de conocidos buenos resultados en términos de prosperidad están fundamentadas en el respeto a la libertad humana —lo que establece una estrecha asociación positiva entre libertad y prosperidad.

Pero esa cercana asociación causal entre libertad y crecimiento falla por una razón: deja de considerar otra variable, también asociada con la libertad. Es la responsabilidad —si la libertad personal es una condición necesaria para la prosperidad por consecuencia lógica también lo es la responsabilidad que sigue a la libertad.

Si se acepta que la prosperidad es un proceso en extremo complejo, la adición de la noción de la responsabilidad eleva aún más esa complejidad.

No es un cambio de estructuras

Es decir, no es realista esperar prosperidad de la misma manera que se espera lograr un sabroso plato de cocina, siguiendo una receta con ingredientes predeterminados y acciones exactas —todo por causa de la terrible complejidad de la sociedad, provocada por las capacidades de quienes la forman.

¿Ayuda a lograr prosperidad la inversión extranjera en un país? La respuesta es afirmativa —como también es sabido que ayudan otras acciones, como las libertades de comercio nacional e internacional, los bajos impuestos y otras muchas medidas más.

Eso es conocido, no solo por evidencias empíricas, sino por razonamientos teóricos. Pero existe una condición —ninguna de esas medidas por separado causa prosperidad y, aún más, incluso muchas de ellas en conjunto no producen el resultado buscado.

No obstante eso, sí se comprende que un país con una moneda estable avanzará más que uno con una inestable. La estabilidad es necesaria, como también lo es la inversión extranjera, el ahorro, la apertura al comercio, los impuestos bajos, las reducciones de procesos burocráticos y muchas otras más.

El problema es que aplicarlas no necesariamente produce prosperidad, si esa aplicación es incompleta —ninguna de esas políticas o decisiones es suficiente por sí misma, ni incluso varias de ellas aplicadas simultáneamente.

Implantar la política económica adecuada para un mundo dinámico es una medida correcta para crear riqueza y prosperidad —pero no es suficiente. La solución al problema no es un simple cambio de estructura de un régimen estatista a uno liberal.

Y eso tiene un serio problema

El del abandono de la decisión correcta ante la falta de resultados. Si de la estabilidad de la moneda en algún se esperaba que provocara prosperidad y no lo hizo —falló terriblemente porque en otros terrenos no se aplicaron medidas necesarias, como la de la disciplina fiscal.

Aplicadas con grandes esperanzas y malos resultados, la lectura de la realidad manda una lección: no es necesaria la apertura de las fronteras al comercio, o no es necesaria la privatización, o no es necesaria la estabilidad monetaria —la prosperidad es posible, se concluye, cerrando fronteras, nacionalizando industrias y demás. Posible, pero muy poco probable.

Aunque esa interpretación es errónea, no deja de ser comprensible —quien fue convencido de las bondades del comercio exterior se torna desilusionado ante los magros resultados y se convence, sin mucho esfuerzo, de lo opuesto.

Una idea central de esta columna no solo es sostener que esa interpretación univariable y simple es falaz, sino que debe entenderse que las medidas económicas en general son una porción de las acciones que logran prosperidad.

Dicho en otras palabras, la prosperidad no acepta únicamente medidas económicas —y la causa es sencilla, la prosperidad es bastante más que economía. También es política. También es sociedad.

Y, para complicar las cosas, los resultados de las medidas o decisiones tomadas no son «directos» —una relación entre, por ejemplo, años de educación básica e ingreso por habitante, mostrará una tendencia central positiva, a más educación más ingreso.

Pero casi todos los puntos en la gráfica estarán fuera de la línea, mostrando que hay mucho más que influye en la realidad.

Por eso pueden darse excepciones, como tener barreras al comercio y sin embargo, crecer; o tener una moneda estable y sufrir una crisis terrible. ¿Entonces qué debe hacerse, pues ninguna de las medidas buenas dará resultados por sí misma?

El asunto es peor que eso —una sola medida no basta o al menos tiene resultados mediocres; pero incluso una combinación de ellas puede también tener resultados malos, o no tan buenos.

Hay comprender que el crecimiento es un proceso complejo, lo que llevaría a entender que, por ejemplo, es tremendamente difícil seleccionar entre políticas de estabilidad monetaria fija o flotante, o entre diversas políticas de inmigración.

Un planteamiento triple

  • Primero, la prosperidad es más que el resultado de políticas económicas —involucra aspectos políticos y culturales.
  • Segundo, la prosperidad es compleja, resultado de muchas posibles acciones en muchas posibles áreas, lo que debe dar un número de infinitas combinaciones posibles.
  • Tercero, se conoce en general la dirección en la que debe irse para lograr prosperidad, aunque las decisiones sean complejas.

Esa dirección general es la de la libertad del ser humano, lo que lleva a la consideración de su contrapartida, la responsabilidad inherente a la libertad.

Es la necesidad de considerar la influencia de la cultura de las personas —de lo que concluye la importancia de la ética del trabajo, de la ética del servicio público y de la ética del aprendizaje. Hay más ideas similares en fuentes diferentes:

La idea central de esas obras y de las consideraciones hechas antes es aceptar la importancia de la cultura en la prosperidad —y concluir que ella es una meta cuyo logro implica mucho más que la aplicación de una combinación de políticas económicas.

Sí, ellas influyen sin lugar a dudas. Sí, las políticas liberales son mejores. Pero la prosperidad es el resultado final de otros aspectos a los que en general quiero llamar «cultura-moral» y que justifico de la siguiente manera.

Conclusión

Un mundo dinámico en el que puede crearse riqueza necesita una política económica diferente a la que requeriría un mundo estático y estacionario en el que no es posible crear más riqueza de la existente.

Esa política económica adecuada a un mundo dinámico es la que permite, fomenta e incentiva el uso de la reserva pública de talento en toda sociedad —esas habilidades y conocimientos que hacen contribuciones a la creación de riqueza.

La implantación de esa política económica, sin embargo, no lo es todo —es decir, no podría lograrse ese mundo de prosperidad creciente con solamente un cambio de estructura económica. Se necesita también considerar el elemento humano moral y cultural.