La obligación de no olvidar dos palabras que van unidas. Ellas son necesarias para la felicidad propia y también para la prosperidad de todos. Las cosas no se dan gratuitamente. Se necesitan trabajo y esfuerzo, es decir, sacrificio personal.

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Introducción

Puede verse en el fondo. Está en las profundidades de nuestros días. Eso que por su obviedad muy pocos ven. Es la idea expresada en la palabra ‘sacrificio’ y el olvido del trabajo y el sacrificio.

«La felicidad no viene de la búsqueda del placer, tampoco ella está garantizada por la libertad. Ella viene del sacrificio: este es el mensaje que es entregado en todas las obras memorables de nuestra cultura» Scruton, Roger. The Uses of Pessimism.

La cita tiene su contenido y él es directo como pocos. Queremos ser felices, nadie lo duda. Buscamos serlo. No la encontraremos en el placer. La libertad no nos la asegura. El origen de la felicidad y la prosperidad es eso que se ha olvidado: el sacrificio, el recordar la necesidad de ligar al trabajo y al esfuerzo con la felicidad.

La idea planteada

La propuesta es directa y tiene sentido. ¿Se quiere ser feliz? ¿Se quiere prosperar? Muy bien, entonces debe existir el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio, ellos se necesitan.

No hace mucha falta definir al sacrificio. Es el sinónimo de renuncia, privación, abnegación; incluso sufrimiento y padecimiento. Lo relacionamos con trabajo, esfuerzo, empeño. Es el hacer lo que debe hacerse a pesar de significar el abandono de gustos y apetitos.



El olvido del sacrificio: promesas políticas

Se trata de apuntar un fenómeno de nuestros días, el olvido de la necesidad del sentido del trabajo y el esfuerzo como origen de la felicidad personal y la prosperidad. Esta amnesia particular tiene una causa central, la abundancia de ofertas de paraísos con felicidad universal garantizada.

Ofertas políticas que llegan al ridículo de crear una sociedad de amor al prójimo mediante acciones gubernamentales. Ya no hay necesidad de esfuerzo y sacrificio, el nuevo gobernante logrará la felicidad universal.

Derechos humanos expandidos

La lista creciente de derechos humanos tiene el mismo efecto de poner en desuso a la idea del esfuerzo y el trabajo, cuando en estos tiempos se entienden como reclamos de felicidad y demandas de placer. Todo gratuito.

«Tengo derecho a vivir cualquier experiencia, expresión sexual o erótica que yo elija, siempre que sea lícita, como práctica de una vida emocional y sexual plena y saludable». cauceciudadano.org.mx

Es la inadvertencia intencional de la otra cara de la libertad, la responsabilidad y la rendición de cuentas. La libertad sin responsabilidad crea esa mente que está abierta a promesas políticas de felicidad gratuita (el aborto pagado por el gobierno es un clímax de esa mentalidad).



El olvido de la necesidad de trabajo y esfuerzo

Es un error de omisión al descartar la noción de trabajo y esfuerzo y sacrificio. Puede pensarse en la situación en la que las personas tienen derecho al alimento y su gobierno les permite entrar al supermercado llevarse lo que quieran con la autoridad pagando las cuentas.

¿No me cree? Eso es lo que se hace con el agua y produce lo que es obvio, uso irresponsable porque ella es comprendida como un derecho sin responsabilidad.

Quizá esto pueda expresarse de otra manera yendo a un simple concepto de mero sentido común: las cosas cuestan. Se necesita pagar por ellas.

No son ellas gratuitas. Lo que nos rodea, las comodidades, todo es el producto del sacrificio y del esfuerzo de alguien. Quite usted eso y se queda sin civilización.

Retire de la educación el elemento de la responsabilidad, de la obligación y el deber y tendrá el resultado que nuestros tiempos padecen: la creencia de que todo es gratuito y un derecho humano (como internet gratis).

Mentes deseducadas

La mente que se deseduca olvidando responsabilidades y obligaciones se convierte en una masa fácil de someter al capricho de los gobiernos. Basta que ellos prometan derechos crecientes sin necesidad de obligaciones ni merecimientos para que sean elegidos.

Es como lo opuesto a la célebre frase de W. Churchill, la de «No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». Y que se ha transformado en otra oferta de gobierno, «Si me eliges, te ofrezco placer, irresponsabilidad, holgazanería y libertinaje».

Peor aún, el olvido de la necesidad del sacrificio, del deber y las obligaciones, impide la felicidad personal la que solamente puede venir de la satisfacción de logros que tienen costos personales pagados con sacrificios y renuncias.

No sé usted, pero sin importar posición social he encontrado con frecuencia a demasiados que dan la apariencia de estar saciados de todo y satisfechos con nada. Ese estado natural de quienes no creen que las cosas cuestan y que han olvidado la necesidad de sacrificio y esfuerzo.



La conexión entre esfuerzo y prosperidad

El esfuerzo y el trabajo son condiciones de la prosperidad general. Eso puede ser examinado en dos escenarios.

A. Una sociedad en la que se reconoce la necesidad de trabajar para vivir mejor

Esto significa la asociación causal entre ambos, siendo el esfuerzo personal la condición del poder prosperar.

La conducta de quien se esfuerza es equivalente a la conducta buena, moralmente buena, especialmente expresada en el respeto a las virtudes de justicia, prudencia, templanza y fortaleza.

Todo eso que forma la conducta de lo que llamamos «una buena persona», que respeta acepta la necesidad del sacrificio personal.

En este escenario, se postula que esa conducta virtuosa del esforzado es la causa de la felicidad personal, ese estado deseable y buscado de satisfacción y gozo estable y duradero. ¿Quiere usted ser prosperar? Esfuércese, trabaje y sacrifíquese.

Este es un escenario que tiene mucho de religioso: la promesa de la vida eterna en el Cielo es la de la felicidad eterna y ella puede ser alcanzada respetando esos mandatos de Dios.

El riesgo es severo: no respetar esos mandatos de manera intencional y consistente equivaldrá a no tener esa felicidad eterna.

Donde sea amplia la creencia de esa conexión entre conducta esforzada y felicidad futura, las conductas tenderán a considerar eso, lo que actuará como un yugo relativamente fuerte: siendo libre todo lo puedes hacer, pero no todo lo debes hacer.

B. Una sociedad es la que no reconoce la necesidad de trabajar para prosperar

Allí la necesidad de sacrificio y esfuerzo no se asocia a la felicidad, simplemente no hay relación entre esas dos ideas. Incluso podrá existir la noción de que la conducta virtuosa no lleva a la prosperidad personal.

En esta sociedad se han tenido cambios sustanciales.

La idea de la vida eterna en el Cielo ha desaparecido, es decir, la felicidad no es ya una situación espiritual o religiosa. La felicidad toma ahora una forma material que no está asociada con la conducta virtuosa y, pero aún, puede ser el efecto de conductas cuestionables.

Hay un indicio de esto es las aspiraciones juveniles:

«La encuesta de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, divulgada por el diario El Universal y de la que participaron 1400 menores, señala que el 17% querría ser empresario […] Al 26,3% de los jóvenes mexicanos les gustaría parecerse a narcotraficantes o a sicarios». infobae.com

La «amenaza» de no ir al Cielo resulta irrelevante y esto produce un aislamiento de las virtudes: ellas no son necesarias para alcanzar la felicidad (material) y puede ser que ellas sean un obstáculo.

Las grandes fortunas de gobernantes no son precisamente el resultado de una conducta sacrificada, como tampoco las de los criminales. Si ellos son felices los son no por tener conductas ejemplares, sino lo opuesto.

En este escenario es razonable esperar una elevación sustancial de conductas reprobables, eso que podríamos llamar legalmente criminales. No solo eso, también, conductas opuestas a la justicia, prudencia, templanza y fortaleza.

El consumo de drogas sería un indicativo, como los índices de criminalidad, corrupción, embarazos fuera del matrimonio y demás. En fin, surgiría un lamento común por la «pérdida de valores».



Cambio de escenarios

Una clave central en el cambio de un escenario a otro es la transformación de la idea de felicidad a algo exclusivamente material, conseguida por cualquier medio y sin consideraciones morales.

Una felicidad presente, inmediata, que no depende de la calidad de los actos propios, sino de su objetivo.

La promesa de la felicidad eterna es presentada con grandes desventajas, pues es a futuro, un futuro muy lejano y, lo peor, es algo que no está garantizado científicamente y no se percibe en la realidad: el origen de la felicidad cotidiana en muchos de los famosos y célebres está desconectada de conductas ejemplares.

O incluso, da entrada a algo surrealista, la intervención gubernamental. Ahora la felicidad es posible por medio de programas gubernamentales:

«La filosofía de la felicidad nacional bruta presenta varias dimensiones: es integral, puesto que reconoce las necesidades espirituales, materiales, físicas o sociales de las personas; insiste en un progreso equilibrado; concibe la felicidad como un fenómeno colectivo; es sostenible desde el punto de vista ecológico, puesto que trata de conseguir el bienestar para las generaciones presentes y futuras, y equitativa, puesto que logra una distribución justa y razonable de bienestar entre las personas». Who.int

El gobierno, responsable de la felicidad, tiene el mismo efecto neto: la persona no siente ya que hay una cierta forma de comportarse para ser feliz; haga lo que haga, hay otro que tiene esa obligación.

El olvido de la necesidad de esfuerzo, trabajo y sacrificio personal como condiciones de felicidad y prosperidad.



Conclusión

Ha sido propuesta la idea, atrevida en estos tiempos, de proponer que el trabajo y el esfuerzo personal son condiciones obligatorias de la felicidad propia y de la felicidad.


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[Actualización última 2021-08]