Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Voto y Consenso
Eduardo García Gaspar
18 enero 2005
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Vamos a suponer que solo usted sale de viaje. Lo que sucederá es que, de viaje, usted hará lo que se le antoje, sin nadie con quien ponerse de acuerdo. Si usted sale de viaje con el cónyuge, la situación cambia drásticamente, pues ya tendrá que haber acuerdos quizá entre ir a ver tal museo o comer en tal restaurante.

Hay que negociar entre dos personas.

Si usted agrega a otras personas, por ejemplo, a los hijos, los acuerdos se van a multiplicar si es que todos quieren comer, por ejemplo, en un sitio español… aunque uno querrá italiano y el otro aún no tiene hambre.

La cosa es multiplicativa en términos de los puntos sobre los que hay que ponerse de acuerdo. Es normal. Cuanto mayor es el grupo y mayor el número de acuerdos buscados, más grande será la dificultad y el número de personas insatisfechas.

Uno de los remedios a esa situación es sencillo. Se trata de un mecanismo nada elevado ni de sutiles concepciones. Lo que se hace es ponerlo a votación y se hace lo que la mayoría acuerde.

La lección de esto, me parece, ha pasado desapercibida por el gobernante mexicano, en especial por los miembros de los partidos que ocupan las sillas del congreso y muy marcadamente por el jefe de gobierno del DF. A lo que me refiero es a distinguir entre consensos y votaciones.

El principio central de eso es entender que jamás será posible lograr el acuerdo total de 500 diputados y 128 senadores. Nunca estarán de acuerdo todos y, reconociendo esto, es que se vota y gana la decisión que consiga la mayoría de los votos.

El asunto es importante dadas las quejas ocasionales de partidos que se lamentan de haber perdido una votación. Y por eso gritan clamando injusticia e imposición.

Ése es el lagrimeo del perdedor y, desafortunadamente, en una población de escasas luces democráticas así tiende a mal interpretarse la democracia. Recuerdo una noticia que ilustra esto.

El jefe de gobierno del DF, llamó despectivamente “mayoriteo” a la votación que reformaba el artículo 122 de la constitución mexicana. La reforma iba en su contra y la votación mayoritaria, uno de los mecanismos vitales de la democracia para llegar a acuerdos que resultarían imposible de otra manera, fue desdeñada y despreciada.

El asunto no llegaría a mayores si no fuera por esa realidad de una ciudadanía no experta en política. Quien, sin pensarlo, escuche el término “mayoriteo” en tonos de menosprecio y desprestigio, no entenderá cómo funciona la democracia en su mecanismo de arribo a acuerdos y tenderá a desarrollar las paupérrimas nociones políticas de ese jefe de gobierno: cuando gano ésa es la voluntad del pueblo y cuando pierdo eso es “mayoriteo.”

Es la filosofía de José Alfredo Jiménez llevada a la política, con eso que dice, “..hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley… sigo siendo el rey.”

Y es que, puede ser, que la ciudadanía mexicana ande en busca de eso, de un rey al que quiera darle todo a cambio de promesas y volver a lo mismo de antes, a la posición cómoda de dejar que el gobierno haga lo que quiera… y esto recuerda, de nuevo, a José Alfredo con eso de, “Nada me han enseñado los años, caigo siempre en los mismos errores, otra vez brindar con extraños y a llorar los mismos dolores.”

La población mexicana puede caer en esos mismos errores, en esa búsqueda tan terca como estéril del gobernante impoluto. Empecé hablando de la imposibilidad de tener acuerdos que a todos satisfagan en una democracia. Las búsquedas de consensos son positivas, pero la persecución del acuerdo total es objetivo irrealizable.

Por eso precisamente existe ese poco elevado mecanismo de votación que destraba los desacuerdos. Para aceptar los resultados de una votación, que resultan desfavorables a uno, se necesita una cualidad que podemos llamar prudencia y que consiste en aceptar las reglas del juego jugado.

Llorar por perder o desprestigiar la votación es el gimoteo del inmaduro que trata de convencer a los demás de haber sido víctima… con lo que se logra la deseducación de ese resto.

Todo lo que he querido hacer en esta segunda opinión es señalar la imposibilidad de consensos totales, la necesidad de tener votaciones y el tremendo daño que causa esa expresión de “mayoriteo” en un votante aún con escasa educación política.

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