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Shakespeare en Política
Selección de ContraPeso.info
30 mayo 2016
Sección: ARTE, GOBERNANTES, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Antonio Rubio Pío, Analista de Politica Internacional y profesor de Política Comparada y Política Exterior de España, firma invitada de Blog Elcano a quien agradecemos el amable permiso de reproducción. El título original de la columna es «Shakespeare para analistas internacionales».

Estamos conmemorando el cuarto centenario de la muerte de William Shakespeare. ¿Qué pueden enseñar sus tragedias a un analista de relaciones internacionales?  Mucho.

El dramaturgo inglés siempre será una referencia en el estudio de la psicología humana, indispensable para comprender las actuaciones políticas.

Sus personajes no son meros arquetipos de virtudes o de vicios. Tampoco son juguetes del destino como los protagonistas de las tragedias griegas. Son capaces de expresar emociones y sus actuaciones no se explican por un mero fatalismo.

Tienen responsabilidad de sus actos porque se enfrentan a decisiones éticas, el mismo tipo de decisiones que toman los líderes políticos.

En consecuencia, el escenario de las relaciones internacionales no es ajeno al concepto de tragedia, tal y como han estudiado los profesores Toni Erkisne y Richard Lebow en Tragedy and International Relations, (Oxford University Press), un libro que hace de la literatura un sorprendente  recurso para un analista.

El analista es un observador que contempla al líder político en la encrucijada de tomar decisiones, y es consciente de que los hechos tienen consecuencias, a veces trágicas.

Hemos comprobado que bastantes líderes se han embarcado en conflictos de los que no solo esperaban salir indemnes sino con más poder e influencia que antes. No les han importado no disponer de todas las coordenadas, como en la invasión de Afganistán por los soviéticos en 1979 o la angloamericana de Irak en 2003.

Son algunas referencias de cómo suele ser más importante tomar una iniciativa arriesgada ante un poder hostil que sentirse impotentes o ser acusados de inacción. En otras ocasiones, no será difícil prever los riesgos pero esto no disuadirá a quienes han tomado una decisión. Por ejemplo, la anexión de Crimea conllevó sanciones económicas capaces de debilitar a Rusia en un momento de descenso del precio de los productos energéticos.

Sin embargo, las estadísticas no podían ser obstáculo a la hora de desencadenar otro tipo de energías: las del nacionalismo de un pueblo respaldando a un líder que emplea la Historia como instrumento de su estrategia.

Del mismo modo, un personaje de Shakespeare, Macbeth, podría no haber asesinado al rey Duncan para arrebatarle el trono de Escocia, pero no quiso desaprovechar la oportunidad de colmar sus ambiciones, aunque con ello abriera el camino de su caída posterior.

La política internacional y las tragedias, sean griegas o shakesperianas, se caracterizan por la existencia de la hibris, que podría definirse como una tendencia peligrosa a sobrepasar nuestras capacidades.

La hibris no es otra cosa que un pecado de orgullo, propio de los que tienen una confianza excesiva en sus propios juicios hasta el punto de creerse con habilidad suficiente para controlar el curso de los acontecimientos. Pero los seres humanos, y en particular los líderes políticos, son limitados.

Uno de los grandes representantes del realismo americano, Reinhold Niebuhr, siempre se esforzó en subrayar que el mundo en que vivimos es imperfecto.

Ciertas visiones de la realidad, sean individualistas o colectivistas, olvidan dicha imperfección y fragilidad.  Carecen de la auténtica sophia de los griegos, consistente en procurar entender el mundo y el lugar que cada persona ocupa en él.

Para T.S. Elliot, la más lograda de las tragedias políticas de Shakespeare era Coriolano, estrenada en 1608.

Es la historia de un orgullo desmedido, el de Cayo Marcio Coriolano, un prestigioso militar romano en el escenario de las luchas entre patricios y plebeyos en la época republicana.

El gran error del protagonista es tratar con desprecio y arrogancia al pueblo, pese a que su madre, Volumnia, una auténtica «asesora de imagen», le aconseja que se comporte con docilidad y no escatime en halagos.

Su torpeza, inseparable de su arrogancia, le llevará a ser destituido de sus funciones públicas y a ser desterrado. Volverá a Roma con un ejército de los volscos, los antiguos enemigos a los que se ha unido para vengarse, pero no destruye la ciudad porque le impresionan los ruegos de su madre y de su esposa. Poco después, Aufidio, líder de los volscos, da muerte a Coriolano por traidor.

Toda la trama podría resumirse en esta cita:

«El orgullo echa a perder al hombre favorecido por el éxito».

Estamos ante una obra de alcance universal, que Ralph Fiennes llevó al cine en 2011 y trasladó al tiempo de las guerras en la ex Yugoslavia, tan abundante en personajes de corte shakesperiano como Slobodan Milošević, Franjo Tuđman o Radovan Karadžić.

Pero Shakespeare también encontraría perfectamente su sitio en el mundo arabo-musulmán, el Extremo Oriente, las autocracias del África subsahariana o el populismo latinoamericano.

¿Podrían algunos de sus gobernantes no sentirse identificados con esta otra cita de “Coriolano”? Es la de que:

«no han faltado hombres poderosos que han alabado al pueblo sin haberle amado nunca; y a muchos de ellos el pueblo los ha amado sin saber porqué».

Sin embargo, la hibris no es una prerrogativa de los gobernantes autoritarios. La encontramos también en líderes democráticos, que deberían tomar nota de esta otra cita:

«El valor es locura cuando se quiere sostener un edificio que se cae».

Son frecuentes los ejemplos de políticos abandonados no solo por el electorado sino también, y esto es más doloroso, por su propio partido.

Un ejemplo clásico, el de Margaret Thatcher, con tres victorias electorales consecutivas, pero defenestrada por sus compañeros en noviembre de 1990.

En muchas ocasiones, la política internacional tiene aire de tragedia, aunque esto no exime a los líderes de la responsabilidad de sus actos.

Arrogancia, ansia de poder, ofuscación ideológica… Shakespeare ya nos presentó su diagnóstico hace más de cuatro siglos.

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