Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Gran Afrodisiaco
Eduardo García Gaspar
25 febrero 2002
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Una nueva oportunidad parece estarse presentando, quizá algo a oscuras aún, a los principales agentes políticos del país.

Otra oportunidad de la serie que se han dado y darán durante la presente administración mexicana, producto único del enorme cambio dado en la presidencia de la república.

Me refiero a la oportunidad de la reforma laboral, por decirle de alguna manera a la ocasión de revisar y mejorar la Ley Federal del Trabajo y, más ampliamente, los principios que regulan las relaciones laborales.

Este es un buen momento para ofrecer una segunda opinión.

Por principio de cuentas, los cambios a esas regulaciones serán bienvenidos. Las épocas han cambiado drásticamente. Los marcos mentales son simplemente diferentes. El punto de origen de esas regulaciones es la hipótesis implícita de una división social en dos clases, los obreros y los empresarios. Los buenos y los malos.

La reforma laboral presenta la oportunidad de quitarnos de encima ese simplismo de categorías sociales inamovibles y extremas.

La realidad es más compleja. No todos los patronos son malos, ni todos los obreros son buenos.

Más aún, hay personas al mismo tiempo obreros y patronos y gente que de una categoría pasa a otra. La reforma laboral da además la ocasión de corregir una visión equivocada, la de las conquistas laborales, una noción verdaderamente venenosa en contra del progreso y bienestar.

Las conquistas laborales significan elevaciones del precio del trabajo, que es uno de los insumos de la producción, y que implican aumentos del costo de fabricación.

Eso significa creer que se pueden lograr incrementos del bienestar elevando el precio de los productos y servicios. La única posibilidad de elevar los ingresos del trabajo es elevando su productividad y eso sólo puede lograrse acumulando capital. El capital es el que realmente eleva la productividad de los obreros y empleados.

Por eso la reforma laboral deberá poner atención especial en ayudar a fomentar la formación de capital en todos lo sectores, desde el pequeño restaurante hasta la gran planta industrial.

No puede ya seguirse creyendo que son los sindicatos los que causan la elevación del bienestar de los trabajadores.

Poco pueden hacer los sindicatos en este sentido, a menos que ayuden y colaboren a la formación de capital. A lo que va esta segunda opinión debe ser claro. Una reforma laboral presenta la oportunidad de aplicar lo que sabemos de economía, que no es poco.

Sabemos que los salarios mínimos, si están por encima del precio real del trabajo, ocasionan desempleo; los ingresos mayores de los empleados se logran perjudicando a los desempleados.

Y esos desempleados pueden estar explorando otras maneras de sobrevivir, incluso criminales, o al menos en economías subterráneas.

Sabemos que la clave de la elevación de los ingresos es la productividad del trabajo, no el poder de negociación de los sindicatos. Ya no podemos darnos el lujo de partir de hipótesis equivocadas como ésa.

Las conquistas laborales son en el fondo elevaciones artificiales del costo de producción que tienen posibles efectos secundarios, como las decisiones de despidos y de no creación de empleos.

En otro terreno de cosas, la reforma laboral presenta la oportunidad de anular el poder violento de los sindicatos que pueden declarar huelgas en empresas aún no establecidas o sin sindicatos.

Son éstas oportunidades de corrupción de los líderes sindicales, reales incentivos a la podredumbre que termina lastimando al que debía proteger.

Es la oportunidad de quitarnos el terrible efecto colateral que ha producido la presente ley, que hace al patrón sospechoso y propenso a deshacerse de responsabilidad laboral con trucos como el quitarse antigüedad por el gran costo que ella significa.

Y que genera en el obrero la idea de que hacer mal las cosas es su deber para lastimar al patrón que siempre es malo. Las épocas han cambiado, los momentos son diferentes.

La reforma laboral es una oportunidad para voltear hacia el futuro y alejarnos del pasado, aunque mucho me temo que lograr eso será muy difícil. Una buena reforma laboral, adecuada y realista, significaría necesariamente la pérdida del poder sindical y eso no sucederá sin reacción violenta de los perdedores.

El poder es el mayor de los afrodisiacos y no va a ser renunciado voluntariamente.

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