Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Nuestra Tonta Izquierda
Eduardo García Gaspar
23 abril 2002
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Tanto revuelo ha causado el tema de nuestras relaciones con Cuba, que vale la pena conocer algo de información histórica acerca de Fidel Castro.

Simple curiosidad que nos puede ayudar a tener un punto de vista, pero sobre todo para sorprendernos con la reacción de la izquierda mexicana.. Castro era uno de los varios estudiantes armados que había en Cuba durante los años cincuenta.

Él era uno de esos estudiantes profesionales que se meten en política, y que jamás trabajaron, a pesar de que su padre, un gallego emigrado a Cuba, tenía una granja que daba buen dinero.

En 1947 ya participó en una invasión a la Dominicana, al año siguiente fue a Bogotá a ayudar en protestas. Según un compañero, Fidel temía hambre de poder y carecía de principios. Su triunfo revolucionario fue en buena parte debido a la ayuda americana y a esfuerzos de sus partidarios en ese país.

Hubo más relaciones públicas que batallas, pues sólo contaba con unos 300 combatientes y en el punto máximo unos tres mil. La gran ayuda vino de los reporteros e intelectuales americanos.

Llegó al gobierno y a las pocas semanas tenía más poder que Batista, pues anuló a los partidos políticos, al presidente y a todo posible opositor, incluyendo a jueces de tribunales que no sentenciaban como él quería.

En 1959 cambió de bando, en vez de depender de EEUU, decidió depender de la URSS y al final del año era ya una dictadura comunista, y unos meses después de declaró un estado socialista, en el que no hay elecciones porque el gobierno expresa la voluntad del pueblo.

Con la idiotez americana de Bahía de Cochinos, el régimen se radicalizó y hubo arrestos masivos, calculados en hasta cien mil personas, quizá menores. Luego vino la otra idiotez, la cubana, para servir de base a los misiles soviéticos y ponerse a los pies de sus nuevos dueños.

El Che Guevara cuenta que cuando Castro supo que los soviéticos habían aceptado retirar los misiles de Cuba, se puso frenético, pateó la pared y rompió un espejo.

Pero, Castro cautivó en el mundo a muchos intelectuales, que quisieron verlo como el gran gobernante de los nuevos tiempos, apuesto, inteligente, cautivador, visionario.

México fue una de las víctimas de esa visión de Castro, o al menos toda nuestra izquierda y nuestros gobernantes, que se unieron al coro antinorteamericano dirigido por Castro. Mientras esos intelectuales rendían pleitesía a Castro, los cubanos huían de Cuba.

En 1960 salió un millón de personas de la isla. Veinte años después, una quinta parte de la población cubana había salido del paraíso socialista y en 1980 se tuvieron 150,000 casos de refugiados políticos cubanos.

Los resultados económicos fueron espectaculares, Castro bajó el nivel de ingresos de Cuba a los niveles de Jamaica, y mantenía el mayor ejército de toda América Latina, excepto Brasil, con el mayor número de soldados de todo el mundo en los años 80.

Y desde luego, Castro tuvo la fortuna de enfrentar a otro personaje con tanta orientación como él a las relaciones públicas, a J. F. Kennedy, el que aceptó la existencia de la dictadura castrista a cambio del retiro de los misiles.

En fin, todo un rollo. Sin embargo, mi punto no es la crítica a Castro. Todos sabemos de la falta de libertades, de las violaciones de derechos humanos, del abuso sistemático del poder.

Eso no sorprende a nadie, pero lo que sí causa asombro es la reacción de algunos mexicanos de izquierda, diputados e intelectuales, que añoran los años sesenta y las siguientes décadas para hoy defender a lo indefendible, excusar a lo inexcusable y sostener a lo insostenible.

No puede ser que esas personas vean hacia atrás y no hacia delante. No puede ser que se deleiten en el pasado y lo añoren. El mundo es otro y México necesita ver hacia el futuro, ocuparse de sus asuntos y hacerlo con los pies en la tierra.

No parecen esas personas las más adecuadas para manejar el cambio mexicano de hoy, con los esquemas modernos y sin nostalgias del pasado. Y el problema no es que sean de izquierda o socialistas, es que son personas atrasadas y con las prioridades equivocadas.

México merece una mejor izquierda que la que tiene, más actual menos añeja, más práctica menos soñadora, más flexible menos dogmática, más realista menos soñadora, más orientada a resultados, con mayor sentido de prioridades, y con sentido de urgencia para ver los grandes problemas mexicanos, no las oportunidades partidistas de lucimiento doctrinario.

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