Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Fin de Los Sindicatos
Santos Mercado Reyes
20 octubre 2004
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Si un grupo de obreros se asocian, se organizan, se registran en las oficinas del gobierno y toman decisiones de carácter obligatorio para la minoría, se dice que están formando un sindicato.

El discurso siempre es el mismo: “para defender los intereses de los trabajadores”.

¿Hay alguna diferencia con el comportamiento de las mafias o de las bandas delictivas? Me parece que son casi lo mismo. La diferencia está en que los sindicatos son mafias legales y las otras no.

Un escritor famoso de quien ahora no puedo recordar su nombre, pronunció una frase: “Cuando un grupo de hombres se juntan, es para delinquir o para tomar decisiones ridículas”. La escuché o leí por los años setenta y creo que me ayudó a reflexionar sobre mis actividades.

En efecto, eran mis tiempos de izquierdista dedicado a construir sindicatos “honestos”, “combativos” y “revolucionarios”.

Creíamos que nuestro “movimiento” era bueno y que limpiábamos el sagrado sindicalismo pervertido por los líderes de la CTM, CROC, etc. a quienes llamábamos “charros” por no ser tan radicales como nosotros.

Como buenos comunistas, debíamos tener la capacidad de usar cualquier pretexto para enfurecer a los trabajadores en contra del patrón: qué si no nos daban leche para contrarrestar los efectos dañinos del humo; que debían proteger nuestros pies con tres pares de botas al año; que el patrón debía ponernos transporte; que nos debía ayudar económicamente para rentar casa, etc.

Nos enfurecían aquellos patrones que concedían nuestros caprichos pues nos quitaba las banderas. Nos teníamos que reunir nuevamente para ver qué pedíamos de tal manera que no nos lo pudieran conceder y de esa manera, estallar la huelga.

Así lo hicimos y al rato teníamos mil, dos mil o más trabajadores pidiendo limosna en las calles. Nuestros corazones se henchían de gusto porque al fin honrábamos al maestro Carlos Marx, promotor de la lucha de clases contra “los burgueses explotadores”.

No podíamos sentir mayor placer cuando los inversionistas nos tiraban las llaves de la fábrica en la cara y anunciaban su retiro de México: “¡una victoria completa pues nuestros obreros ya no serían explotados por las trasnacionales!”.

Después de festejar nuestro “triunfo contra el capital” preferíamos no pensar en el balance de movimiento: cientos de desempleados, familias destrozadas, niños hambrientos, etc.

En realidad nuestro movimiento sindical fue una gran calamidad para los trabajadores, los patrones y la sociedad entera. Creíamos que nosotros, los marxistas, éramos los buenos y los del sindicalismo oficial, los que seguían las pautas del gobierno priista, eran los malos.

Pero la verdad es que ambos éramos nefastos, cada quien a su manera. ¿Alguna vez, en la historia de México, los sindicatos han sido buenos? Para los líderes creo que siempre han sido buenos, para los trabajadores, nunca.

A través de los sindicatos, los líderes han usado a los trabajadores como carne de cañón y los han mandado al matadero. Desde las experiencias de Río Blanco hasta las actuales con los sindicatos de telefonistas, electricistas, de universidades públicas, etc., todas son experiencias nefastas contra los trabajadores.

Los sindicatos más grandes se construyeron en los países comunistas: URSS, China, RDA, etc. y el saldo de ninguna manera es positivo para los trabajadores. Lenin, padre de la desaparecida Unión Soviética, decía que los sindicatos solo debían ser las correas de transmisión de las órdenes del gobierno.

Y realmente los usó para someter a los trabajadores al capricho de los burócratas del Estado. ¿Es posible que los sindicatos pudieran ser benéficos para los trabajadores? Mi respuesta es negativa. Ni ayer, ni hoy, ni mañana pueden ser de beneficio para los obreros, ni para la sociedad.

En realidad, los sindicatos son una invención que no corresponden a las economías libres, a las economías de mercado. Su ámbito natural se encuentra en las sociedades autoritarias, en las economías fascistas o de planificación centralizada.

Si en verdad se pensara en los intereses de los trabajadores, se tendría que llegar a la conclusión de que es necesario abolir los sindicatos. Es decir, prohibir que un líder se arrogue el derecho de “proteger” o “velar” por los intereses del trabajador.

Nadie debe despojar al trabajador del derecho de defenderse por sí mismo. El argumento de que los trabajadores son débiles mentales incapaces de cuidar sus propios intereses ya no debería convencer a nadie. Por desgracia, la Constitución Mexicana, de corte comunista, consagra y protege la figura del sindicato.

Más aun, la carta magna obliga a las empresas de mediano y gran tamaño para que admitan la existencia de estas organizaciones fascistas. Aún si usted quiere construir un pequeño cuarto en su terreno, debe pedir permiso al sindicato y pagarle al funcionario sindical la cuota respectiva por cada trabajador contratado.

Sin embargo, en economías boyantes como la de Hong Kong no hay sindicatos, en Singapur están prohibidos y en Estados Unidos la gente ya no quiere saber nada de sindicatos. En este tenor, se presenta un gran dilema: Si queremos prosperidad hay que eliminar a los sindicatos; si queremos seguir con sindicatos, hay que olvidarnos de la prosperidad.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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