Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tarjeta Roja
Selección de ContraPeso.info
27 julio 2006
Sección: EDUCACION, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Everardo Elizondo, a quien agradecemos el permiso para su publicación.

La Copa Mundial de fútbol finalizó un tanto desdorada. Me refiero, desde luego, al penoso incidente protagonizado por los señores Zidane y Materazzi. Todo el público lo conoce, de manera que no lo voy a “refreír” en estos renglones. Sin embargo, me parece que el evento dejó cuando menos una lección importante, cuya aplicación abarca bastante más que el ámbito de un campo de fútbol.

La lección aludida es muy sencilla: un juego se define de acuerdo con sus reglas. Las reglas del fútbol permiten las patadas y los cabezazos … siempre que los jugadores las den (o los den) al balón. Patear o cabecear a un contrario conlleva una pena que, en el extremo, puede ser la expulsión.

Es de suponer que antes de empezar el partido Francia-Italia el señor Zidane conocía al detalle las reglas referidas. Así pues, cuando optó por hacer una reverencia demasiado próxima, demasiado efusiva, a su colega Materazzi, sabía que incurría en una conducta punible.

Puede alegarse —si se quiere— que la conducta en cuestión fue motivada por la pasión no por la razón, dado que el señor Materazzi había estado fastidiando al “héroe” galo durante todo el partido. Al parecer, el proceso culminó cuando el italiano acusó a algún familiar cercano del señor Zidane de dedicarse a una profesión antigua, aunque no del todo honorable.

La provocación alegada pudo quizá explicar la reacción, pero no justificarla. En apego estricto al “librito” (al reglamento), el señor Horacio Elizondo, árbitro central del partido, le sacó la tarjeta roja al “maestro” francés quien se fue (supongo) a las regaderas … y lo demás es historia.

El suceso propició el gasto de incontables litros de tinta periodística y el de innumerables minutos de televisión y radio. Sin remedio, el tema se ha transformado en asunto político. Más de un prócer ha llevado “agua a su molino” nacionalista, sin ningún pudor. Uno que otro filósofo ha editorializado pomposamente sobre el neocolonialismo y “el sistema”.

La FIFA ha revisado el caso. Como secuela del incidente, suspendió tres partidos al retirado señor Zidane y dos partidos al señor Materazzi. Además, los multó con 6,000 y 4,000 dólares respectivamente. Pero, desde luego, el resultado del partido no se alteró: Italia es el campeón del mundo. Por supuesto, así es como debió ser. ¿Por qué?

Básicamente, porque el desenlace fue la consecuencia concreta de haber aplicado correctamente “las reglas del juego”. (Sin desconocer los errores propios de cualquier actividad donde participan seres humanos falibles).

Los equipos y los jugadores entraron a la competición conociendo y aceptando de antemano las condiciones. Como el proceso se desarrolló en forma razonablemente “limpia”, el resultado último fue “justo” en el sentido más lógico de este término. Ciertamente, lo “injusto” habría sido modificar el saldo último del torneo, en aras de una supuesta inequidad del proceso, descubierta sólo ex post facto (después de los hechos consumados).

Por supuesto, a los fanáticos franceses y a sus corifeos seguramente no les ha gustado el fin del campeonato. Pero, hasta donde yo conozco:

a) no han puesto en duda la institucionalidad de la FIFA;

b) no han cuestionado la honorabilidad del árbitro argentino;

c) no han exigido el destronamiento del equipo italiano;

d) no han proclamado al equipo francés como el verdadero campeón; y,

e) no han recurrido a fórmulas heterodoxas de inconformidad.

El fútbol es un deporte civilizado, universal y enormemente exitoso, entre otras razones, porque se juega con apego a un código aceptado y respetado. De manera similar, la vida económica en sociedad puede ser próspera y pacífica.

Ello dependerá de que las “reglas del juego” que la norman se traduzcan en los incentivos “correctos” para los participantes y, sobre todo, de que los resultados de su operación no se alteren por la intervención extemporánea y caprichosa de algún insatisfecho. Casi sobra agregar que algo similar puede decirse de otras formas de relación social.


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