Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Mismo Camino, Dos Destinos
Eduardo García Gaspar
29 diciembre 2011
Sección: EDUCACION, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La conversación fue un buen punto de partida. Hablábamos de temas varios, hasta que surgió el de religión.

Se discutió con cierta vehemencia. Una de las personas sugirió abandonar el tema. Otra dijo que era una pena abandonarlo y hablar de trivialidades.

Se mantuvo el tema unos minutos más. Se habló de la existencia de Dios, de la religión verdadera y al final, hubo un cierto consenso: la religión, el creer en ella, es un asunto de fe.

Una vez acordado eso, al menos de momento, se pasó a otro tema, menos caliente, más común. No recuerdo cuál.

La experiencia generó un punto de partida para algo que bien creo que vale una segunda opinión.

Reconocer que por evitar discusiones tenemos una horrorosa tendencia a dejar de lado los temas importantes.

El resultado suele ser la abundancia de conversaciones sin trascedencia y vacías de aprendizaje. Es un proceso de deseducación.

Una de las personas en esa conversación dijo algo importante: “soy religioso, soy católico, y me desespera mi falta de conocimiento sobre mi religión, lo que me impide hablar de ella”.

Me imagino que su enorme franqueza revele una situación común del religioso, la de ignorar mucho de la religión que practica. Sólo quisiera añadir que la falla no es solamente del religioso. También la padecen los opuestos a la religión y los no religiosos.

Lo que temo es que, en lo general, la ignorancia sobre el tema sea propia de la mayoría de las personas. De todas, incluyendo a quienes atacan a la religión, no sólo a quienes la siguen.

Y esto es lo que pienso que produce el acaloramiento de las discusiones sobre religión: desconociendo el tema, la única manera de defender las opiniones propias es la terquedad y el acaloramiento.

Lo anterior es una manifestación de una idea expresada en muchas partes: la firmeza con la que se defienden las opiniones propias está en proporción directa al desconocimiento del tema.

Es decir, a mayor ignorancia del tópico mayor terquedad en las opiniones expresadas. Quizá sea esto una regla general. Al menos la he visto con frecuencia en muchas conversaciones sobre economía y política.

El consenso al que esa conversación llegó y que sirvió para darla por terminada fue eso de que creer en una religión es una cuestión de fe. Si eso es cierto, entonces también lo es la cuestión de no tener ninguna creencia religiosa.

Mi punto es que la persona que defiende una postura opuesta a la religión también tiene fe. Fe en que la religión es innecesaria o incluso negativa.

Las dos personas necesitan fe y no lo pueden evitar. Quien cree en Dios y quien no cree en Dios, las dos tienen que recurrir a la fe. Un mismo camino para dos destinos opuestos.

Otras personas se salen del tema con un clisé muy usado. Dicen que sí creen en Dios, en un ser superior, pero que no creen en tal o cual iglesia y por eso siguen su propia creencia. Es una gran opinión, muy grande para quienes buscan comodidad personal y hacer lo que les da la gana.

La falla de esa postura está en su comodidad: evita toda discusión, evita toda posibilidad de pensar y de buscar. Mejor aún, permite crear las propias reglas, las más relajadas posibles.

Además, permite usar todos los clisés disponibles, incluso citar al Código da Vinci como fuente de información, y por supuesto al caso Galileo.

Hay otra consideración que me cuesta trabajo explicar. Es posible que las discusiones sobre religión se eviten porque son molestas para la gran mayoría. ¿Por qué molestan?

Pienso que la causa es que molestan porque en el fondo se sabe que son importantes, las más importantes de la vida. Pero se quiere ignorarlas, se quiere ponerlas de lado y cuando surge una conversación religiosa eso contraría la intención de olvidarla. Se quiere regresar a la religión al cajón olvidado.

Molestan, pienso, porque recuerdan su importancia y la obligación que la religión impone en la persona.

Es mejor, por eso, olvidarla y acudir al cómo pretexto de que no debe hablarse de religión en una conversación civilizada. Curiosa mentalidad que logra justo lo opuesto: ignorar los grandes temas en nuestras conversaciones es un síntoma de escasa civilización.

Por mi parte, apunto un vicio: evitar lo importante y recrearse en lo trivial… signos de nuestros tiempos de demasiada televisión.

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