Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Odio en Política
Eduardo García Gaspar
21 enero 2008
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
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Fue reportado que Fidel Castro está demasiado débil y no ha podido hacer campaña política para las elecciones del domingo pasado como diputado en la Asamblea Nacional. Nada para qué preocuparse porque al fin y al cabo, el ser dictador tiene sus ventajas y una de ellas es no perder en las elecciones, se haga o no campaña electoral.

Otra noticia nos hizo saber algo curioso. El martes de la semana pasada, Benedicto XVI canceló su discurso en una universidad de Roma, La Sapienza (la sabiduría), fundada por otro papa en el siglo 14. Académicos y estudiantes amenazaron reventar el evento argumentando que 20 años atrás, en otro discurso, el ahora papa explicó indebidamente el juicio contra Galileo. Dijeron que era inapropiado que un ministro religioso hablara en una universidad… más o menos lo mismo que pasó con Galileo, ahora en dirección contraria.

La amenaza de interrumpir un evento no es nueva. Ha sucedido y sucederá. Conviene examinar situaciones así. El tema es uno de libertad de expresión: la posibilidad de expresar ideas sin límites más allá que el respeto a esa misma posibilidad en otros. ¿Sencillo? Absolutamente no: justificaría que alguien hablara en pro de matar a ciertas razas, o establecer un sistema totalitario, o permitir la pornografía ilimitada.

Dentro de límites razonables, de respeto mutuo, uno puede hablar de lo que sea, sin que ello signifique que los demás tienen obligación de escuchar. Usted no puede interrumpir una obra de teatro para expresar sus puntos de vista a las personas que fueron allí a ver la obra, no a escucharle a usted. Si alguien organiza una conferencia en pro del socialismo, ningún liberal podrá entrar a ella para también dar sus puntos de vista (a menos que sea invitado)… él deberá organizar su propio evento para hacerlo.

Si en el caso de La Sapienza, el papa fue invitado por las autoridades de la universidad, nadie tiene el derecho a impedir que entre y hable. Si no fue invitado, entonces el papa no tiene derecho a entrar ni a hablar allí. Si alguien quiere escuchar al papa, que lo haga. Si alguien no quiere, que no vaya. Pero no se debe sabotear a esos con quienes no se está de acuerdo y lo hacen en dentro de sus propiedades o por la invitación de otros en las propiedades de estos.

En Cuba, Castro no se preocupa de hacer campaña electoral porque ha hecho lo indebido: no permite que otros tengan la libertad de hacer lo que él hace. Es decir, hay una similitud entre esas dos noticias: Castro impide hablar a otros en Cuba y algunos estudiantes y académicos hacen lo mismo en La Sapienza. Hay en estos eventos y otros parecidos un elemento que en nuestros tiempos ha sido llamado Odio Político y que tiene dos componentes.

Primero, un prejuicio extremo sobre un grupo, el que sea. Segundo, un componente de acción, el impedir que el grupo marcado pueda hacer las cosas que uno sí puede. El caso de Sudáfrica hace años es un buen ejemplo y tenía la ventaja de ser muy visible, tanto como el de Cuba en contra de la formación de partidos opositores. Pero hay casos que no son tan visibles, como el de La Sapienza.

Las acusaciones de odio son mutuas y comunes entre grupos, como los conservadores y los progresistas, o los socialistas y los liberales. Todos acusan de odio a sus opositores. Mi experiencia me indica que ningún grupo se salva de tener partidarios que odian a tal nivel a sus contrarios que justifican violar sus derechos, como el impedirles la libertad de expresión. Una columna de Arthur C. Brooks en el WSJ (17 enero) da evidencias que sugieren que los progresistas en EEUU son algo más inclinados al odio que los conservadores.

En México y muchas otras partes, estoy seguro, no nos libramos de ese odio en la política, en buena parte fomentado por campañas electorales como un efecto no intencional que tiene a su vez otro efecto: el impedir el funcionamiento de la democracia basada en diálogo y apertura y tolerancia.

Cuando se odia, no sólo se manifiesta el desacuerdo con el otro, sino que también se implica que no hay otra posibilidad que la de usar la violencia para aniquilarlo por la fuerza como primera opción, sin que la razón importe. De allí que se justifique el uso de la violencia para impedir hablar al alguien, o al menos los insultos personales.

Post Scriptum

• Una de las manifestaciones del odio en política está bien ilustrado en algunos de los comentarios que unos pocos lectores envían. Están llenos de insultos personales, mala ortografía y palabras vulgares. Ellos han convertido a los desacuerdos en odio, impidiendo la posibilidad de hablar.

En junio de 2002, por ejemplo, escribí un análisis, El cacique Guaicaipuro Cuatemoc, del contenido de un mensaje que circulaba por Internet en esas fechas y que recibió comentarios que allí se pueden consultar, con excepción de los que usaron expresiones demasiado soeces; ayer recibí otro que decía,

Soy el cacique: IMBECIL IGNORANTE DE CUARTA. seguro es usted mexicanop no? y segiro es morocho, es usted  un trastornado y fracazado. nunca llegara a nada, con ninguna de sus carreras. queda usted absurdo y solo refuerza la tesis de l cacique con sus intentos de atajarse a la aplastante redaccion del texto de l aconferencia el peor insulto qu ele digo es; MEXICANO!!! y soy de bolivia!!, pero por lo mediocre que muestan ser ustedes los mexicanos en el mundo, nunca quisiera ser un MEXICANO DE MIERDA. pobres imbeciles estereotipados y encima creidos (va le escapan a la dsicriminacion alienandose. pobre imbecil!!! MEXICANO…JAJAJAJA  MEXICANOO.. JAJAJAJ

(evopresidentevitalicio@hotmail.com)

• Recuerdo un caso, el de un conservador extremo al que daba miedo escuchar debido al odio extremo que manifestaba en contra de casi todos; la palabra “geopolítica”, lo recuerdo muy bien, era capaz de despertar la más grande rabia en contra de razas y religiones. Arreaba siempre en contra de liberales y socialistas sin darles siquiera la oportunidad de escucharlos. Se comportaba como muchos de los radicales de izquierda a los que he oído.


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