Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Conversar, no Persuadir
Leonardo Girondella Mora
26 marzo 2010
Sección: EDUCACION, Sección: Asuntos
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Esta página publicó en octubre pasado una idea de J. Swift —el de los Viajes de Gulliver—, que trató sobre el arte de conversar. Es un recuento de la cantidad de vicios que las personas tienen y que impiden el placer de una buena conversación.

Swift, por ejemplo, menciona el mal que hacen quienes hablan demasiado impidiendo a otros participar; de los que se salen del tema ocasionado un galimatías sin sentido; de quienes adorna hablar de sí mismos; de quienes persiguen mostrar su ingenio y gracia, sin contribuir a nada de provecho —estos vicios y otros más son malignos.

Lo son porque rebajan el gozo de una buena conversación —o tal vez, mejor dicho, la realización del ser humano, de su naturaleza y lo que ella dicta: está en la esencia humana el uso de un lenguaje muy refinado que permite comunicar ideas y avanzar en el conocimiento, lo que causa el gozo al que me refiero.

El propósito de lo que escribo es llano: acentuar otro vicio de las conversaciones —ese bribón y desvergozado deseo de ganar toda conversación convenciendo al otro. Las conversaciones que contienen puntos de vista contrarios no deben tener como objetivo central el que la otra parte sea vencida.

Un requisito neurálgico de toda conversación razonable es el considerarla un intercambio de ideas y sus razones —nada más que eso. Si acaso alguna de las partes cede y concede la razón a la otra, eso es un efecto lateral, no central de la conversación.

Lo anterior puede expresarse de otra forma: una conversación persigue el enriquecimiento de las partes que en ella participan —lo que se logra por medio de la explicación de la opinión de cada parte, las que sin duda ayudarán al resto añadiendo nueva información. Todos acabarán ganando y sabiendo más.

Tomo uno de los casos extremos de las conversaciones, las que se dedican a la evangelización de otros —su conversión a una causa, idea, opinión. Son un tipo especial de conversación, que no persigue un intercambio de ideas y razonamientos, sino el convencimiento de la otra parte.

Una instancia de este caso es la que me interesa —supóngase el caso de un hombre que en una reunión de amigos dice que “todas las religiones causan siempre guerras y sin religiones habría paz en el mundo”. Los amigos que escuchen esto y que no lo crean cierto, pueden reaccionar de dos maneras.

¿Qué maneras? Es un problema de conciencia. Si deciden callar, estarán dando por aprobada, de manera tácita, una idea con la que no están de acuerdo. La otra opción es expresar abiertamente su desacuerdo. ¿Cómo resolver esta situación?

Creo que hay tres principios centrales para solucionarlo:

El primer principio está orientado a dejar una muestra de la posición opuesta —no es ganar la discusión convenciéndolo de lo contrario de lo que piensa, pero sí es poner sobre la mesa frente al resto que existe una opinión contraria. Esto permitiría cumplir con el requisito de una buena conversación, el de enriquecer a quienes participan en ella.

Con claridad muestro aquí que no se persigue el objetivo de convencer al otro, sino nada más dejar un testimonio que va en contra de lo que dijo. Esto ya es suficiente y benéfico —tratar de ganar la discusión persuadiendo a la parte opuesta es estéril, pero es fructífero que otros escuchen un testimonio opuesto.

El segundo principio es el de la prudencia y consiste en la evaluación específica de las circunstancias en las que eso sucede para decidir sobre ella si se da o no ese testimonio contrario —y si se cree que dar ese testimonio producirá efectos peores que el no hacerlo, que no se haga.

Sin embargo, a pesar de este segundo principio de prudencia, sostengo que el primero de los principios es el básico —es un deber personal el dar testimonio de una posición opuesta cuando alguien expresa una opinión contraria a valores centrales y creencias importantes. Una discusión sobre el mejor platillo del mundo no tiene consecuencias serias, como sí las tiene la aseveración sobre las guerras religiosas.

El tercer principio es una consecuencia del segundo, el de la prudencia —y lleva a usar un tono amable, humilde, razonado, pausado al explicar la posición opuesta. Un tono áspero y bronco de nada servirá, al contrario.

En resumen, todo lo que ambicioné hacer aquí es ampliar una de las reglas de una buena conversación —la de abonar la idea de que el objetivo de una buena y provechosa conversación no es convencer a la otra parte de las opiniones propias. Cuando eso se hace, la conversación se distorsiona.

Pero en los casos en los que alguien persiga abiertamente convencer a otros de su propio punto de vista, es obligatorio, si se está en desacuerdo, bajo consideraciones de prudencia, responder dando pruebas de lo equivocado de esa opinión —y hacerlo de manera amable y humilde.


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