Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Enseñanzas de Dios (cuatro)
Eduardo García Gaspar
28 septiembre 2006
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
Catalogado en:


No es ésta la interpretación experta de un teólogo; pero sí es la reacción de un creyente convencido, quien ha intentado examinar con su limitada capacidad algunas de las ideas contenidas en los Evangelios. Perdón, pues, por algún error de interpretación que pueda existir, ante el cual únicamente puedo argumentar buena intención.

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Continuo esta peregrinación con mi cuarto descubrimiento, algo tan obvio que no puede ser original.

El pasaje de la tentación de Jesús, en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, me parece, contiene elementos que son en extremo relevantes para la vida diaria de cualquier persona. A mí me ha ayudado a entenderlas mejor el dividirlas en tres partes.

En la primera parte se nos pinta el escenario de Jesús en una situación de extrema debilidad, en un paraje sórdido y en ayuno prolongado. Puede verse esto como la situación de cualquier persona en condiciones, por la razón que sea, también de desventaja y debilidad. Allí, en esas circunstancias, nuestra posición es endeble y frágil, pudiendo ser nosotros víctimas fáciles de desvaríos y tentaciones.

Entonces fue llevado Jesús por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Pero El le respondió diciendo: escrito está “No sólo de pan vive el hombre”. Mt 4, 1-4

El primer ataque del demonio es el lógico. Jesús siente hambre y se le ofrece una solución, la de usar su poder para cambiar la situación. Pero Jesús no lo desea, no quiere usar su poder, menos aún cuando la orden viene del diablo mismo. La ocasión es aprovechada para dar un mensaje, hay cosas que son más importantes que el pan, es decir, que las cuestiones tangibles.

Es casi una receta, simple y sencilla, la de saber que las tentaciones pueden ser enfrentadas teniendo claras nuestras prioridades sin el uso de nuestro poder para remediar una situación que significaría invertir esas prioridades.

En la segunda de esas partes, el diablo sigue apelando al uso del poder Divino y recibe una respuesta contundente. La situación sigue siendo esa misma, con Jesús debilitado y hambriento que pudiendo evitarlo escoge vivir ese tormento. Se le reclama de nuevo el uso de su poder, se le quiere poner una prueba, lo que implica una duda de su Divinidad, pero sobre todo un reclamo al amor propio del mismo Jesús.

Llevándole entonces el diablo a la ciudad santa y poniéndole sobre el pináculo del templo, le dijo: si eres hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues escrito está “A sus ángeles encargará que te tomen en sus manos para que no tropiece tu pie contra una piedra”. Díjole Jesús: también está escrito “No tentarás al Señor tu Dios”. Mt 4, 5-7

En la tercera parte, inmediata a las anteriores de Mateo, Jesús es llevado a la contemplación de las riquezas y todo lo que ellas acarrean, con una propuesta tentadora: todo el mundo va a ser suyo, el diablo se lo dará, pero hay una condición, Jesús tiene que hincarse ante el diablo. Ya no es una tentación del uso del poder, sino una tentación de placeres físicos. Y de nuevo, hay una lección de prioridades: Dios está ante todo y nada hay más alto que El.

De nuevo le llevó el diablo a un monte muy alto, y mostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, le dijo: todo esto te daré si de hinojos me adorares. Díjole entonces Jesús: apártate, Satanás, porque escrito está “Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo darás culto”. Entonces el diablo le dejó, y llegaron ángeles y le servían. Mt 4, 8-11

Son sin duda cuantiosas las glosas que pueden hacerse de este pasaje de Mateo, pero lo que más me llama la atención es la colocación intencional de Jesucristo en una situación de debilidad física y que es precisamente así que enfrenta al diablo.

Es un Jesucristo en verdad humano, como cualquiera de nosotros en los peores momentos de nuestra existencia, cuando nos podemos encontrar con depresiones y desilusiones. Y dentro de esa circunstancia enfrenta al tentador, como cualquiera, dándole siempre una respuesta de lo ya escrito y conocido: no sólo de pan vive el hombre, no tentarás al Señor tu Dios, al Señor adorarás y a Él sólo darás culto.

Más aún, el tentador tuerce las Escrituras para desviarlo cuando le dice que si es hijo de Dios, se tire de las alturas, a lo que Jesucristo contesta con otra cita sagrada.

Las últimas palabras de Mateo nos recuerdan la recompensa posible. Los ángeles pueden llegar a nosotros y satisfacernos.

Cualquier persona, humana al fin, está por naturaleza en esa posición de debilidad para la que Jesucristo nos da un ejemplo propio. Si alguien llega a estar en esa circunstancia, debe recordar que la tentación será insistente, que al menos tres veces le llegará con los argumentos más sutiles y atractivos, incluso torciendo los más sagrados mandatos; debemos recordar que hay una forma de derrotar a ese enemigo, pues aunque no se conozcan las citas sagradas de memoria, con sólo poner a Dios primero habrá una victoria.

Es, como dije, casi una receta de cocina sin complicaciones, poner a Dios en el primer lugar. Todo se sigue desde esa cúspide.

Siendo una persona como cualquier otra, sé como todos lo que eso significa y que puede sonar falso o irreal a la hora de la verdad. Allí estoy yo, frente a una situación no diferente en esencia a las descritas por Mateo; por ejemplo, se me ofrece un dinero, mucha plata, por hacer algo indebido, o bien bajo los efectos de la bebida, en una situación de fragilidad, está ante mí la situación de acudir a lugares viciosos, o alguna otra tentación. Es seguro que esas ocasiones están llenas de dificultades para recordar el mensaje de esos párrafos.

Naturalmente que hay atolladeros muy naturales de los humanos, pero lo que este pasaje nos muestra es que no son situaciones más allá de nuestro poder y que se pueden enfrentar con unos instantes para pensar en la prioridad, que es poner a Dios antes que el resto.

Y quizá al final, lo que nos dice Mateo es que los humanos tenemos poder y fuerza para soportar las tentaciones. Esa fuerza nos viene de Dios y la podemos invocar. Hacerlo es nuestra decisión.

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Humanos al fin, supongamos que en una ocasión particular realizamos algún acto reprobable, algo verdaderamente malvado. Hay otro pasaje del Evangelio que nos pinta un cuadro de esa situación. Lucas nos da los antecedentes para entender la totalidad de la situación de Pedro cuando a él se dirige Jesús.

Simón, Simón, Satanás os busca para ahecharos como trigo; pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos. Díjole él: Señor preparado estoy para ir contigo no sólo a la prisión, sino a la muerte. Él dijo: Yo te aseguro, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme. Lc 22, 31-34.

Fácil es imaginarnos en la situación de Pedro, es decir, prometiendo al Señor las mejores de nuestras intenciones, diciéndole que le seguiremos hasta el final, que estamos dispuesto a todo por Él. Igual que Pedro, con la más absoluta de las sinceridades, con honestidad y determinación. Pero en la vida real, también igual que Pedro, podemos flaquear, que es lo que Lucas nos narra.

Apoderándose de Él, le llevaron e introdujeron en casa del sumo sacerdote; Pedro le seguía de lejos. Habiendo encendido fuego en medio del atrio y sentándose, Pedro se sentó también entre ellos. Viéndole una sierva sentado a la lumbre y fijándose en él, dijo: éste estaba también con Él. Él lo negó diciendo: no le conozco, mujer. Lc. 22, 54-57.

Aunque el suceso sea en extremo conocido, me produce sentimientos que no se desgastan. Pedro está lejos de Él, pero no lo ha abandonado, de cierta manera le sigue, pero no cerca. No lo deja, ni se retira del lugar. Pero en el momento que alguien dice que Pedro es de los de Jesús, lo niega. Y lo va a negar otra vez, poco después, ahora ya no frente a una mujer, sino a otra persona.

Después de poco, le vio otro y dijo: tú también eres de ellos. Pedro dijo: hombre, no soy yo. Lc. 22, 58.

Sin dejar el atrio obviamente, Pedro está en una situación media. Se ha quedado allí mientras Jesús está con el sumo sacerdote. La narración continúa según lo previsto y esperado con la tecera negación.

Transcurrida cosa de una hora, otro insistió diciendo, en verdad éste estaba con Él, porque es galileo. Dijo Pedro: hombre, no sé lo que dices. Lc. 22, 59-60.

Al igual que las tentaciones de Jesús, tres veces es Pedro puesto a prueba y cae las tres veces. Lucas continúa sin detenerse en la narración con las siguientes palabras.

Al instante, hablando aún él, cantó el gallo. Vuelto el Señor, miró a Pedro y Pedro se acordó de la palabra del Señor, cuando le dijo: antes de que cante el gallo me negarás tres veces; y saliendo fuera lloró amargamente. Lc. 22, 60-62

Las pocas palabras nos aclaran la situación y podemos ver un cuadro en el que Pedro, mezclado entre la muchedumbre que está en el atrio, puede ver a Jesús y Jesús a él. El gallo canta mientras Pedro aún no termina de hablar y Jesús no tiene que hablar siquiera, con la mirada le recuerda lo dicho para que el apóstol se retirara a llorar.

Este romper en llanto es lo que más me llama la atención pues significa el reconocimiento abierto de una culpa que se siente en lo hondo. Y esa culpa significa la comprensión de haber obrado mal, de haber hecho lo que no se debía, de haber roto las promesas hechas a Jesús.

El que había sido elegido como piedra de la Iglesia ha mostrado sus imperfecciones en la peor de las situaciones, delante del Señor lo ha negado abiertamente de palabra, pero se da cuenta y comprende lo que ha hecho. Por eso llora, porque se ha dado cuenta del significado de sus tres actos, uno detrás de otro. Creo que la clave está en esas últimas palabras de Lucas, “lloró amargamente”, lo que implica entendimiento y arrepentimiento.

Me siento atraído a ver al atrio como nuestra vida terrenal, el sitio en el que vivimos rodeados de muchos otros como nosotros. En ese atrio se nos presentarán las tentaciones, allí sentiremos las presiones del mundo, ante la vista de Jesús. En el atrio le habremos prometido con sinceridad seguirlo y en el atrio también se nos presentarán las ocasiones de hacer realidad esas buenas intenciones.

Me puedo imaginar, en ese atrio, con gran facilidad la ocasión de alguien que nos pregunta burlón si somos religiosos y nosotros respondemos condicionalmente, lo que es al fin una negación de Dios. Me puedo imaginar las tentaciones de usar nuestro poder para convertir en nuestro el pan de otros, para caer sobre los demás que nos sirven de colchón sin lastimarnos pero dañándolos, para colocar a lo material por encima de Dios.

Esta es una lección para cuando hagamos algo indebido, cuando invirtamos las prioridades y coloquemos a Dios en otro sitio que no sea el primero. Dios nos verá y si nosotros lo vemos a Él y lloramos, esas lágrimas serán buenas; nos lavarán de la culpa porque ellas son la muestra de nuestro arrepentimiento limpio y franco.

Si mientras pecábamos, en Dios había un gesto, con nuestras lágrimas Dios nos dará su sonrisa. Las lágrimas son la comprensión de nuestra falta y el arrepentimiento de nuestra acción. De cierta manera esto es una confesión directa a Dios, para ser validada en el sacramento de la reconciliación, pero una confesión inmediata.

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Creo que existe otra idea muy relevante relacionada con todo lo anterior. Pongámonos en el caso del humano, en extremo vulnerable, que está en la orilla, a punto de cometer una acción indebida; él siente esa debilidad, como si estuviera a punto de naufragar. Igual que un pasaje del Evangelio de Marcos.

Se levantó un fuerte vendaval, y las olas se echaban sobre la barca, de suerte que ésta ya estaba para llenarse. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Le despertaron y le dijeron: maestro, ¿no te da cuidado de que perecemos? Y despertando, mandó al viento, y dijo al mar: calla, enmudece. Y se aquietó el viento y se hizo completa la calma. Les dijo: ¿por qué sois tan tímidos? ¿aún no tenéis fe? Y sobrecogidos de gran amor, se decían unos a otros: ¿quién será éste, que hasta el viento y el mar obedecen? Mc 4, 35-41

La imagen visual es en extremo fuerte y ello puede oscurecer lo que para mí es el fondo de este fragmento. Un alma en un momento de debilidad es similar a una barca que está cerca del naufragio; lo mismo es un alma después del pecado, como San Pedro y las tres negaciones.

Son esos momentos, en verdad, terribles, en los que el miedo y la incertidumbre pueden hacer presa a la persona. Igualmente, los detalles de la vida diaria, miles de ellos, pueden ser como el mar que en ocasiones levantan fuertes vientos y grandes olas amenazadores.

Nuestro miedo, en esos momentos, puede llevarnos a la desesperación. Y, nos dice Jesús, ésa es una prueba de nuestra fe. Teniendo fe, confiando en la palabra de Dios, haciendo lo que Él nos dice, todo saldrá bien. Pero, si acaso nos vence la desesperación, podemos despertarlo y recordarle que lo necesitamos.

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El perdón, me parece en extremo lógico, es una consecuencia del gran principio del amor, que es la base de todo el mensaje en los Evangelios. Es de simple sentido común que uno perdona a aquél que ama. Si la palabra de Jesús es una de amor infinito, es obvio que el perdón juegue un papel principal en sus enseñanzas. Quizá el ejemplo más conocido de esto es la parábola del hijo pródigo.

Y añadió: un hombre tenía dos hijos y dijo el más joven de ellos al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Les dividió la hacienda y pasados pocos días, el más joven, reuniéndolo todo, partió a una tierra lejana y allí disipó toda su hacienda viviendo disolutamente. Lc. 15, 11-14

La historia, desde luego, hace al padre una persona que confía en sus hijos y ello se demuestra en la repartición del patrimonio paterno. Sin preguntas siquiera, el padre da lo que le corresponde al hijo que decide irse. En esto veo otra idea que corre a través de estas Escrituras: Dios confía en nosotros, nos quiere como sus socios, por decirlo así, en su Creación y nos da parte de su hacienda.

Después de haberlo gastado todo sobrevino una fuerte hambre en aquella tierra, que le mandó a sus campos a apacentar puercos. Deseaba llenar su estómago de las algarrobas que comían los puercos y no le era dado. Volviendo en sí, dijo: ¡cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, se vino a su padre. Cuando aún estaba lejos, vióle el padre y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos. Díjole el hijo: padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Lc. 15, 15-21

La historia pinta ahora una doble situación desesperada. Es obvio pensar en la desesperación del padre; pero lo narrado es la desesperación del hijo que ante lo que está viviendo recuerda su casa paterna. Naturalmente quiere regresar a ella. La narración, hasta ahora, en realidad no cuenta nada que sea sorprendente. Es lo más natural del mundo que ese hijo quiera regresar.

Pero el padre dijo a sus criados: pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, y traed un becerro bien cebado y matadle, y comamos y alegrémonos, porque este es mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y se pusieron a celebrar la fiesta. Lc. 15, 22-24

Esta parte de la historia, creo, hace un extraordinario contraste con la situación previa del hijo. Éste llega arrepentido y la reacción paterna es la más natural, la del festejo. Pero es ahora cuando la narración se pone interesante, pues se presenta el hijo que había permanecido en la casa paterna y tiene la reacción humana más natural.

El hijo mayor se hallaba en el campo, y, cuando, de vuelta, se acercaba a la casa, oyó la música y los coros; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ha vuelto tu hermano y tu padre ha mandado matar un becerro cebado, porque le ha recobrado sano. Él se enojó y no quería entrar; pero su padre salió y le llamó. Él respondió y dijo a su padre: hace ya tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus mandatos y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos; y al venir este hijo tuyo que ha consumido su fortuna con meretrices, le matas un becerro cebado. Lc 15, 25-30

El hijo mayor tiene un punto muy válido y de justicia, que cualquiera de nosotros puede ver con simpatía: allí ha estado él, obedeciendo, trabajando, respetando a su padre y su padre no le ha dado un regalo, no le ha otorgado un festejo. El trabajo y la obediencia no han sido recompensados, lo que sin duda y con facilidad se ve como injusto.

Hasta aquí, las simpatías mías están del lado del hijo mayor y le doy la razón en su reclamo al padre. Pero, como muchas otras veces, los Evangelios, dan un giro que tiene una aparente paradoja o que sencillamente llama la atención por ser un final no esperado, pero que en el fondo es el lógico. La respuesta del padre es la clave.

Él le dijo: hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todos mis bienes son tuyos; más era preciso hacer una fiesta y alegrarse, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado. Lc 15, 30-32

¡Las palabras del padre, son maravillosas! La razón es sencilla, tanto que pueden dejar de verse. Y es que el perdón es el punto más alto del amor; si no se ama no podría haber perdón. El perdón es la prueba del amor, por eso los evangelios dicen que no hay gran mérito en sólo amar a los que ya nos aman, sino en amar a los que nos aborrecen.

Lo más obvio del mundo sería haber tenido la reacción del hijo mayor, con unas razones lógicas en la superficie, pero Jesús da un paso gigantesco más allá, el perdón, el punto culminante del amor. Y desde luego, lo muestra con el festejo, la música, la comida. Poco después, el mismo Evangelio, agrega palabras acerca del perdón.

Si peca tu hermano contra ti, corrígele, y si se arrepiente, perdónalo. Si siete veces al día peca contra ti y siete veces al día se vuelve a ti diciéndote: me arrepiento, le perdonarás. Lc 17, 3-4

Esta es una insistencia sobre la misma conclusión lógica del principio del amor, aún en la exageración de “siete veces al día”, que no tengo duda significa perdonar siempre. Si siempre debe prevalecer el amor, siempre deberá perdonarse. Pero en esas palabras se añade un elemento más claro que en la parábola.

Me explico: el hijo dilapidador, es obvio en la historia, se arrepiente de sus acciones y dice que “no soy digno de ser llamado hijo tuyo”; lo mismo sucede en el pasaje inmediato anterior, cuando dice “y si se arrepiente”. Este es el elemento del arrepentimiento, que es el darse cuenta de haber obrado mal y querer corregir, reconciliarse.

Está en los Evangelios la palabra de Dios y ella se encuentra sorprendentemente cerca de nosotros; tanto que casi cualquiera la puede tener en sus manos en unos pocos minutos, si ello se desease. Esta es la condición para tenerla, el quererla y el darse tiempo para leer y releer.

Eso es lo que yo hice cuando por mi trabajo me veía obligado a viajar todas las semanas; todo fue cuestión de darse tiempo, y crear esa oportunidad. Por muy ocupados y cansados que estemos, lo podemos hacer. Es una cuestión de quererlo simplemente.

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En esos viajes, para ocupar poco espacio en el equipaje, llevé una edición del Nuevo Testamento, de 1953, lo que explica las palabras viejas que se encuentran en los textos que cité y que decidí conservar simplemente como curiosidad amorosa por el lenguaje; no pienso que haya yo así añadido una dificultad imposible a su entendimiento.

Era el libro más pequeño de los Evangelios que encontré en casa. Y solía leerlo sin prisa, a veces varias veces, sin detenerme mayormente, dejando que sus repeticiones me revelaran ideas, permitiendo que las releídas dejaran huellas. No quería volverme un experto estudioso; deseaba encontrar inspiración e ideas.

No me cabe la menor duda, el amor es el principio central de los Evangelios; es lo que esas Escrituras nos quieren decir. Es el tratar a los demás como quisiéramos ser tratados, con actos, pensamientos y acciones que salen de nuestro más profundo convencimiento interno; de allí donde Dios sólo puede ver.

Supongo que todo o casi todo lo allí dicho sean variaciones sobre el tema, en una serie de enseñanzas que están destinadas a hacernos ver las consecuencias últimas del amor. Me refiero a esas consecuencias que no son las más fáciles de ver y que aunque lógicas y naturales, necesitamos que alguien más las señale para nosotros.

Cuando inicié la escritura de estos ensayos, hace ya varios años subrayando los pasajes que más llamaban mi atención, entendí que era una tarea imposible escribir sobre todo eso que me atraía. Peor aún, no soy experto teólogo, sino un sencillo creyente, si bien lector voraz de muchas obras, especialmente de política, economía y cuestiones sociales. Me convencí que era imposible hacer lo que intentaba y me limité a este ensayo de cuatro partes que ahora comparto con otros.

Comparto eso, mis “descubrimientos” de lo que esos Evangelios me dicen, es decir, las confirmaciones y verificaciones de ideas que son lógicas.

Otra cosa ha llamado poderosamente mi atención: los Evangelios redondean el sentido de la vida. Con esto quiero decir algo que me parece complejo explicar; lo intentaré.

Creo que los humanos somos libres y que tenemos una serie de talentos diferentes que nos hacen complementarios. Creo que es esencia humana el ser sociales, el tener que depender unos de otros y que por eso nuestras relaciones son muy importantes. ¿Cuáles reglas deben tener esas relaciones entre humanos? Usando la razón, estoy seguro, podemos crearlas y llegar al principio de no hacer a otros lo que no quiero que me hagan a mí. Por eso tenemos leyes y costumbres que llaman a eso, a no dañar a los demás, ni en sus personas ni en sus bienes.

Pero, ¿es eso suficiente? Definitivamente no, pues falta eso que los Evangelios señalan, el amor hacia los demás, el tratar a otros como queremos ser tratados. Y eso significa pasar de una conducta de abstención a una conducta de acción.

Más aún, es pasar de un talante de no me importa lo que los demás hagan, a una actitud de preocupación por los demás. Este es un paso significativo, el mayor de todos los tiempos, y allí está, en los Evangelios para todo el que lo desee ver y decida ser su profeta.


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