¿Se salvan solo los fieles de una religión determinada? ¿Están los demás condenados eternamente? Tres posibles posiciones ante la posibilidad de una sola religión verdadera.

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Introducción

El tema es difícil —argumentar sobre la existencia de una religión verdadera puede causar una conmoción mental en algunas personas que aconsejaría lo más prudente: abandonar el tema, lo que sería una terrible pena por dejar de lado y sin bases de solución un tema de consideración extrema.

Quiero examinar el tema partiendo de la suposición de una persona cualquiera, la que sea, que enfrenta una decisión: la de seleccionar una religión entre todas para convertirse a ella. Una decisión en extremo importante y para muchos la mayor de la vida.

La persona enfrenta ante sí un panorama complejo, el de estudiar a las religiones y sus creencias y principios. Una vez logrado ese conocimiento se le presentan posibilidades, que son las que examino a continuación.

¿Hay una sola religión verdadera?

Este es el centro del tema, el de la existencia o no de una sola religión verdadera. La respuesta puede ser positiva, es decir, sí una sola de ellas es la religión verdadera. Esto lleva a concluir que el resto son falsas o, al menos no tan exactas.

Y si acaso solo una de ellas es la verdadera religión, eso obliga a considerar si solo pueden salvarse los fieles de esa fe. O quizá la salvación también está abierta a los creyentes de otras religiones no verdaderas.

Estas consideraciones crean tres posibles opiniones básicas sobre el asunto.

1. Ninguna religión es la verdadera

Suponer que ninguna de ellas puede reclamar para sí misma el ser la única y real, puede llevar a la conclusión de que no existe, por tanto, Dios. Una posición de ateísmo claro, o quizá de agnosticismo.

Sin embargo, es posible otra conclusión, que es la que interesa aquí. Puede pensarse que si ninguna religión es verdadera realmente, entonces da lo mismo a cual de ellas se pertenece. Todas ellas conducirán a la salvación personal.

Es un enfoque universal e indica que en el fondo todas las religiones son iguales, que no importa al final cuál es seleccionada. Todas son manifestaciones de Dios incluso a pesar de las muy diferentes visiones que ellas posean.

Si se acepta este principio y por tanto que ninguna religión es la verdadera, la decisión de la persona necesariamente se debe sustentar en otros criterios, no el de la verdadera religión. Y esos criterios serán desarrollados por la persona misma convirtiendo a su decisión en una de criterio subjetivo y no objetivo.

Podrá ella, por ejemplo, aceptar la religión que menos obligaciones le imponga, como no tener que asistir a ceremonias religiosas cada semana, o que le permita tener una vida menos limitada, con preceptos más laxos.

El efecto natural

Esa decisión será la lógica y natural si es que se piensa que todas las religiones son igualmente válidas. Una hipótesis en las que cierta personalidad será atraída a las religiones de preceptos mínimos, pero otra personalidad a las religiones de preceptos más exigentes: con el efecto neto quizá de mayor popularidad de movimientos religiosos sueltos y distendidos.

Después de todo, un esfuerzo menor en una religión de reglas laxas llevará al mismo resultado final.

📌 Si se cree en Dios pero al mismo tiempo se piensa que ninguna religión es verdadera y todas permiten la salvación personal, la decisión natural es seleccionar la más cómoda de ellas. Es decir, la que presente menos exigencias, más flexibilidad y posibilidades de hacerla a la medida propia.

Eso, a su vez tiene otra consecuencia. En un medio ambiente de creencias en lo divino y en la existencia de un ser superior, si todas las religiones son iguales, el número de ellas se multiplicará significativamente.

2. Solo una de las religiones es la verdadera

Es un enfoque totalmente antagónico al inmediato anterior. En este caso la decisión es una de vida o muerte, en verdad la mayor de todas las decisiones. Bajo esta posibilidad, solamente una de ellas lleva a la salvación personal. Es decir, pertenecer a la religión equivocada es igual a condenarse para la eternidad.

La persona entenderá que si comete un error, el resto de su vida, eternamente tendrá consecuencias severas e irremediables. Estará tensa y sujeta a una presión monstruosa pues su estudio de las religiones quizá no le dé las bases suficientes de conocimiento para lo que considere una decisión sólida.

En caso de intercambiar opiniones con fieles de otras religiones, de ellos obtendrá la misma versión: la suya es la verdadera. Quizá la persona termine postrada en un terrible estado nervioso y sea cual sea la religión seleccionada, siempre sufrirá de dudas y congojas. Tendrá miedo a haber cometido un error y estará dispuesta a corregirlo cambiando de religión si lo cree conveniente.

Es posible prever que ella vivirá una existencia llena de dudas, creyendo tal vez posible que la religión verdadera es la más difícil.

Difícil en sus propios términos subjetivos, la que más le exija, la que más le prohiba, la que más esfuerzo le pida. Su atención no estará concentrada en la religión en sí misma, sino en el cumplimiento de cada uno de los más pequeños detalles que ella contenga.

Desde luego, también es posible que llegue a la conclusión de que su religión es la verdadera sin duda alguna y que ello signifique que el resto de la humanidad —quienes no la profesan—están condenados por principio.

Solo pueden ser salvados quienes son fieles de esa religión, y con este convencimiento total, la persona dedicará su atención a decidir si debe o no hacer esfuerzos para convertir a su religión a cuanta gente pueda, lo que dependerá de los principios que esa religión tenga.

El efecto obvio

La persona, si acepta esta posibilidad de una salvación posible solo mediante una religión en concreto, sufrirá indeciblemente. ¿Cómo asegurarse de que su religión es la real en medio de tantas de ellas? La única respuesta será una fe sólida.

Pero también puede tener otro efecto, el del celo de salvar a los demás por encina de sus voluntades. Estando seguro de la religión propia, no será extraño que se llegue a usar la fuerza para convertir a los demás e incluso provocar conflictos armados por esa razón, o discriminar a los no perteneciente a LA religión.

3. Una sola religión es verdadera, pero…

Es un enfoque diferente y que no supone un término medio entre las dos anteriores, Por principio de cuentas, esta posición sí establece que existe una religión que es la verdadera y que el resto no lo son, pero al mismo tiempo establece que sí es posible la salvación personal de quienes no pertenecen a la iglesia verdadera.

Esta posibilidad, desde luego, retira la terrible ansiedad que puede sentirse al cometer un error en su decisión de seleccionar su religión. Pero mantiene la idea de que solo una de las religiones es verdadera y con ello retira la posibilidad de que la persona seleccione una religión, la que sea que le permita una existencia acomodaticia.

Así, es posible entender que un error en la selección no es algo fatal e irreparable. Igualmente es una posición que remedia un problema que cualquiera puede imaginar.

Si solo hay una sola religión verdadera y únicamente bajo ella es posible la salvación, entonces muchos inocentes serán condenados sin remedio. Esos que vivieron antes de que esa religión se estableciera y los que viven en lugares en los que ella no existe. Intuitivamente no resulta natural que inocentes sean condenados por situaciones fuera de su control.

El efecto claro

Esta posición, por tanto, deja abierta la posibilidad de la intervención de Dios en la vida de la persona. Puede ser que haya escogido la religión verdadera y que dentro de ella actúe como un devoto creyente o que sencillamente tenga una conducta reprobable según sus principios. Pero también puede ser que haya seleccionado una religión no verdadera y que respete sus mandatos o que no lo haga.

No es un término medio aceptar esta posición, por el contrario, es aceptar que Dios interviene en la vida de todos y que lo contempla individualmente para salvarlo o no.

Esta posición es la menos fácil de entender. Creer que todas las religiones valen igual y creer que quienes están fuera de la religión verdadera serán condenados son, ambas, posiciones de interpretación sencilla al alcance de cualquiera.

Pero esta tercera posición es mucho más compleja pues rebasa la comprensión humana y entiende a Dios como un ser a quien la razón humana no alcanza a comprender totalmente. Quizá sea que Dios llega al corazón, si se le da la oportunidad, y aún perteneciendo a una religión equivocada le juzga en sus circunstancias y en sus actos.

No creo que sepamos exactamente cómo, pero sí es la posición más natural para el entendimiento de Dios como un ser que ama.

Libertad religiosa

El producto de la tercera opción es la libertad religiosa. Cada persona es responsable de sus decisiones religiosas y morales y nadie puede suplantar esa posibilidad. También, eso lleva a la separación entre iglesias y gobiernos y, por ende, a una convivencia menos conflictiva.

Conclusión

Para terminar. Siendo yo católico es mi firme creencia que esa religión es la verdadera —no tengo la menor duda y creo por eso que solo por medio de la intervención de Jesucristo pueden salvarse las personas.

Mi salvación depende de mí, de la aceptación que yo haga de las exhortaciones que Dios me hace todos los días en todo momento. Y sin embargo, al mismo tiempo, me niego a aceptar que personas de otras religiones estén por definición condenadas por el hecho de no ser católicas. Lo que me manda a creer que en la bondad infinita de Dios, él ve cada unos de los seres existentes y otorga la salvación de maneras que yo no alcanzo a comprender.

El tema plantea un problema. ¿Son o no permitidas las labores misioneras de las religiones? La respuesta civilizada es sí, claramente sí. Si no se permitieran, se violaría la libertad religiosa y de expresión. Por supuesto, las conversiones religiosas por la fuerza no podrían permitirse.

El lector perspicaz verá también otra cosa. Hay una cuarta posibilidad no examinada aquí —la de decidir que no existe Dios y que las religiones están de sobra. Es una posibilidad de decisión que envía a considerar la apuesta de Pascal.


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[Actualización última: 2021-11]