Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Mis Proyectos son Mejores
Leonardo Girondella Mora
4 septiembre 2009
Sección: GOBIERNO, Sección: Asuntos
Catalogado en:


El gobierno mexicano —de acuerdo con algunos estimados— ejerce el más grande de los presupuestos publicitarios del país. Una de las diversas campañas publicitarias recientes es de los legisladores y en ella habla de uno de sus más grandes logros: aprobar los mayores presupuestos públicos de la historia.

No es un logro si uno se pone a pensar —es algo más simple: el resultado lógico de una tendencia universal. Todo gobierno siempre tiende a elevar su gasto. Es parte de su esencia misma el hacerlo. Examinar el tema es una exigencia de estos tiempos para que los ciudadanos logren desarrollar un sentido de lo que acontece en la política —y para hacer ese examen, las ideas de Buchanan, el economista, son una ayuda excepcional.

El primer paso que debe darse es entender la estructura gubernamental de delegación de poder —es imposible que el ciudadano vote aprobando partidas de presupuesto en, por ejemplo, algún referéndum anual. La más eficiente solución es que el gasto sea decidido por los gobernantes, los que tienen poder delegado por el ciudadano.

Pero ese poder para gastar, que es delegado por el ciudadano, tiene un buen margen de maniobra —el político, incluso siguiendo limitantes legales, puede decidir por sí mismo buena parte del gasto del gobierno. Incluso contratar deudas sin consulta ciudadana.

¿Cómo va a ejercer esa libertad de maniobra el gobernante? La respuesta es de mero sentido común —va a gastar de acuerdo con lo que él piensa: orientará el gasto en concordancia con sus gustos, preferencias y predilecciones. Y, por supuesto, las tienen y muy claras. Si no poseyeran esas inclinaciones no habrían luchado por tener posiciones en el gobierno.

Ya hay aquí una disparidad —el gasto gubernamental estará muy afectado por las predilecciones de los gobernantes más que por las de los votantes. No hay mucho más que agregar a esta afirmación. Esas predilecciones de gasto público podrían tener dos tendencias opuestas —una hacia su disminución, la otra hacia su aumento. ¿A cuál de ellas tenderá el político? La respuesta es también otra de sentido común: hacia la elevación consistente. Muy pocos políticos querrán disminuir el poder de su gobierno, al contrario.

Véase, por ejemplo, la serie de ideas actuales para cubrir el déficit del gobierno mexicano federal —la opción de reducir su tamaño es escasamente considerada, y se prefiere elevar impuestos.

El examen que hago indica hasta aquí dos tendencias muy claras, basadas en lo dicho por Buchanan: uno, el gasto estará muy afectado por las preferencias personales del político, sus proyectos consentidos; y dos, el gasto tenderá a ser cada vez mayor.

Viendo sin vestimentas atractivas el tema, el gasto de gobierno tiende siempre a elevarse para ser capaz de hacer realidad los gustos de quien gobierna —la reforma médica de Obama en estos momentos es un ejemplo egregio de esta realidad: un proyecto consentido con consecuencias presupuestarias colosales.

Los gobiernos no son instituciones atractivas, como fuentes de trabajo, para personas que piensan que el gobierno debe reducirse —al contrario, los gobiernos atraen como fuente de empleo a personas que desean hacer crecer a los gobiernos, otra de las causas por las que los gobiernos crecen sin control.

La variable central en la consideración anterior está conectada con la inclinación ideológica del gobernante —un puesto de gobierno es como un sueño hecho realidad para quien cree en el intervencionismo estatal, pero una zozobra mental para quien piensa lo opuesto.

No debe sorprender ya que un gobierno tenga presupuestos y gastos crecientes por naturaleza —están allí tomando decisiones una gran mayoría de personas con inclinaciones intervencionistas, con proyectos consentidos y que tienen un buen margen de maniobra al ejercer el gasto.

Lo anterior sucedería aún en el caso de tener gobernantes honestos en el cien por ciento —sin embargo, el gasto público creciente atrae a otro tipo de persona, al deshonesto, que en medio de la maraña de regulaciones tiene la habilidad de usar su posición para elevar sus ingresos indebidamente: y esto produce peticiones de mayores gastos.

Aunque Buchanan no lo menciona expresamente, añado otra variable —la de los “clientes” del gobierno: la serie de parásitos que viven a expensas del presupuesto público y para quienes su reducción puede significar daños personales. Son los que reciben subsidios, ayudas, privilegios, préstamos, y que crecen conforme se eleva el gasto.

Por parte del votante, en este tema, señalo por último una colosal ingenuidad —se necesita ser muy crédulo para aceptar que el creciente gasto gubernamental será de beneficio público. Esta inocencia se debe a la desconexión que hace el votante entre mayor gasto y mayores impuestos: no se da cuenta que él mismo que podría gastar su dinero en sus proyectos personales y no en los proyectos consentidos de un tercero.


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