Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Problema de Medición
Eduardo García Gaspar
7 marzo 2011
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Todo sucedió en Tlaxcala, México. Y lo que sucedió es que nadie se sorprendió ante un suceso de los considerados normales.

Resulta que fue inaugurado un hospital en ese lugar. Fue pagado con fondos gubernamentales: 133 millones. De esto hace muchos meses.

El hospital, hoy en día, está cerrado. Según fue reportado, la razón de esto es directa, no se tienen recursos para hacerlo funcionar (unos 200 millones más). Según funcionarios de gobierno se planea abrirlo más tarde, de manera responsable y no ahora. No se dispone en estos momentos de dinero para contratar personal y los pacientes acuden a otro hospital.

¿Sorprendido ante esto? No lo creo.

Es, más o menos, la historia conocida de los gobiernos y escrita con capítulos que en su primera etapa son auto-elogios, y en su segunda, noticias de desperdicio de recursos y atraso de obras. No es un fenómeno mexicano, es universal.

Lo que bien vale una segunda opinión es examinar el fondo de estas cuestiones.

Piense usted en el sistema de evaluación del desempeño del gobernante. Terriblemente difícil de hacer. Usted puede evaluar a un vendedor midiendo sus ventas, a un director de empresa midiendo el estado financiero de ella.

¿Cómo evaluar el desempeño del gobernante? Mucho más difícil. No puede ser el estado de la economía, porque es una situación multivariable de efectos atrasados. Lula, por ejemplo, disfrutó de algunos de los efectos del gobierno anterior y de una situación internacional ajena a su voluntad.

El mismo gobernante ha inventado una evaluación de su desempeño: el gasto que realiza. A más gasto, según él, mejor gobernante es. Obama, en estos momentos, es un caso ejemplar de está situación y ha logrado un gasto de tal magnitud que el déficit está fuera de los límites más extremos (unos 14 billones).

En México, cuando un gobernante presenta su informe de gobierno, es costumbre que ese informe sea una larga lista de números, entre los que destacan los gastos. Los 133 millones gastado en el hospital de Tlaxcala se seguro aparecieron en al menos un informe de gobierno con la apariencia de haber sido un logro digno de ser mencionado.

Imagine usted que en alguna empresa se decidiera evaluar a algún trabajador sobre la base del gasto que realiza y nada más. Nadie en su sano juicio lo aceptaría.

Pero eso es en buena parte lo que se acostumbra en política y llega a ser aceptado por quien en su empresa no implantaría tal sistema.

La dificultad para medir el desempeño de un gobernante es tal que se llega a acudir a acciones de marketing político y manipular la imagen de ellos. Es decir, se trata de evaluar al político sobre la base de impresiones subjetivas: edad, apariencia, forma de hablar, y similares.

Imagine usted que una empresa usara ese mismo sistema de evaluación para quienes trabajan en ella. No podría sostenerse por largo tiempo.

El problema es serio y consiste en la falta de un método más o menos razonable para medir el desempeño de un gobernante. Las medidas sustitutas, como gasto e imagen personal, son inadecuadas y llevan a errores de administración.

Más aún, los efectos de medidas gubernamentales toman tiempo y se tienen cuando el gobernante quizá ya no esté en el poder (y el ciudadano no identifique causas). Adicionalmente, las acciones de los políticos son producto de consensos, de manera que es difícil identificar causantes personales.

Y, por si fuera poco, existe una buena cantidad de variables que está fuera del control del gobierno (y le pueden ayudar tanto como dañar).

¿Cómo resolver esto? No lo sé con exactitud. Todo lo que puedo aportar es una forma de hacerlo, la que suelo usar con frecuencia.

Los escucho con atención. Sus palabras suelen ser mejores indicaciones que sus acciones. Y en sus palabras trato de encontrar patrones de sus creencias.

Si encuentro que ellos tienen creencias ajenas o contrarias a la libertad humana, los evalúo negativamente. Igual hago con quienes poseen tendencias populistas y quieren imponer en los demás su idea de felicidad personal.

Hacer lo anterior tiene la ventaja de una evaluación temprana, previa a la elección del gobernante y, además, suele ser bastante exacta. Por ejemplo, mi evaluación de Obama fue más o menos acorde con lo que ha sucedido, pero la del Calderón no tanto.

Post Scriptum

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