Palabras simples, malditas

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«¡El gobierno tiene que hacer algo!» y expresiones similares son palabras que abren la puerta a las peores iniciativas de acción en las que pueda pensarse —y es desafortunado que sean utilizadas con tanta frecuencia.

Lo que produce esa llamada a la acción gubernamental es la percepción de un problema —el que se entiende como algo de magnitud suficiente como para que se solicite de inmediato que el gobierno intervenga para solucionarlo.

La situación es común y puede ser examinada de manera esquemática para explicarla con la intención de remediar lo que se ha convertido en una costumbre política, la intervención injustificada de los gobiernos como una solución universal a todo problema.

• La percepción de un problema, real o imaginado, forma el origen del reclamo de intervención gubernamental —una situación cualquiera que se percibe como algo de una importancia suficiente que se piensa que justifica una intromisión estatal.

• El marco mental dentro del que sucede esa solicitud de operación gubernamental es uno que supone que los gobiernos son un organismo con capacidad de solventar una infinidad de problemas —y hacerlo mejor que cualquier otra solución posible.

Es ciertamente un marco mental en el que realmente no se da consideración a la posibilidad de que exista otra solución del problema —siendo un tipo de razonamiento automático que de inmediato otorga su beneplácito a la delegación de autoridad suficiente en el gobierno para que así tenga la facultad de solucionarlo.

• Un efecto inmediato de este marco mental de autorización inmediata al intervencionismo estatal es el crecimiento gubernamental —el crecimiento de las facultades y funciones estatales y del gasto que eso necesitará.

La expresión «¡El gobierno tiene que hacer algo!» tiene, por tanto, la consecuencia de elevar el gasto público y aumentar el número de burócratas —aunque de eso no tenga gran conciencia la persona que la emplea.

Con lo anterior he tratado de resaltar la existencia de una forma de pensar, poco imaginativa y miope, que considera que los gobiernos son (1) capaces de resolver cualquier tipo de problema dentro de una sociedad y (2) hacerlo mejor que cualquier otra solución posible, a las que no toma siquiera en consideración.

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Una vez apuntado lo anterior —y que no ha tenido gran complicación— debo entrar en la faceta compleja de ese asunto.

¿Por qué la intervención estatal es la primera, principal y casi única opción considerada mayoritariamente para la solución de un problema en una sociedad?

Una posible explicación es la sugerida por F. Hayek (1899-1992), el célebre economista: la acción gubernamental es fácilmente entendida como un mecanismo de causa y efecto. La acción de gobierno que sea se entiende como un acto que tiene un efecto concreto esperado, la solución del problema.

El muy sencillo entendimiento es debido a su fácil comprensión —como un déficit comercial que se remedia con la prohibición de importaciones, o la pobreza de algunos campesinos solucionada con el otorgamiento de subsidios, o la expansión económica por la vía del aumento de salarios.

La esencia misma de eso que hace de la intervención estatal el remedio universal es esa asombrosa simplicidad que entiende a la acción gubernamental concreta como la solución específica del problema —como la solución a la obesidad con un impuesto a los refrescos con azúcar, o la solución a la criminalidad con universidades sin examen de admisión.

Son soluciones entendidas con sencillez y simpleza —y su ingenuidad e inocencia es poco o nada apuntada. Con firmeza se cree que esa acción gubernamental producirá la solución buscada y ni siquiera su fracaso y efectos colaterales negativos, producirán corrección ni abandono de la acción emprendida.

Las otras soluciones son lo contrario, más difíciles de comprender y, por tanto de aceptar. Tienen ellas un componente que resulta chocante a quien busca simpleza en la comprensión de la solución, la ignorancia previa —el no saber exactamente cómo será solucionado el problema si se deja en manos de la sociedad y su libertad.

Escribe Hayek:

«Esta ignorancia acerca de cómo mecanismo del orden espontáneo resolverá ese problema del que sabemos debe ser solucionado de alguna manera para que el orden general no se desintegre, a menudo causa una alarma similar al pánico y la demanda de acción gubernamental para restaurar el balance afectado». The essence of Hayek

En otras palabras, el que la acción gubernamental sea simple y capaz de ser comprendida por cualquiera, es una causa central que hace que el intervencionismo estatal goce de una aprobación generalizada e inmediata entre la mayoría del electorado —y la exclamación veloz de «¡El gobierno tiene que hacer algo!».

Quienes argumentan que la libertad personal ofrece mejores soluciones que las gubernamentales tienen en su contra una desventaja sustancial, su ignorancia real acerca de la solución que se encontrará.

Realmente desconocen cuál será la solución específica encontrada por medio de las iniciativas de las personas libres —tan solo aceptan que será encontrada y que ella será mejor que la solución gubernamental, pero exactamente cuál será, eso lo ignoran.

Es una desventaja sustancial. Aunque sea ingenua y descabellada, la intervención gubernamental ofrece a los ciudadanos una solución concreta con un fin específico —como evitar comprar gasolina al extranjero construyendo refinerías nacionales.

El defensor de la libertad que confía en el resultado del orden espontáneo no ofrece tal simplicidad, al contrario —ofrece un panorama de incertidumbre acerca de la solución que se encontrará y eso es lo que causa el pánico del que habla Hayek.

Se tiene entonces, como justificación del creciente intervencionismo estatal, a la dificultad de entender soluciones mejores pero más refinadas —lo que lleva a la aceptación de soluciones malas pero fáciles de comprender, a las que alimenta el miedo de hacer algo, lo que sea, con urgencia.

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