Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Enseñanzas de Dios (tres)
Eduardo García Gaspar
31 agosto 2006
Sección: RELIGION, Sección: Análisis
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No es ésta la interpretación experta de un teólogo; pero sí es la reacción de un creyente convencido, quien ha intentado examinar con su limitada capacidad algunas de las ideas contenidas en los Evangelios. Perdón, pues, por algún error de interpretación que pueda existir, ante el cual únicamente puedo argumentar buena intención.

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Continuo esta peregrinación con mi tercer descubrimiento, algo tan obvio que no puede ser original.

En la lectura de los Evangelios, hay pasajes que son verdaderamente extraños, o paradójicos, sorprendentes de alguna manera. Cuando se va a misa, en algunas ocasiones, la lectura del Evangelio presenta textos que son al menos insólitos y que narran situaciones o citan palabras que no pueden entenderse con facilidad. Peor aún es cuando los textos parecen ser contradicciones de lo dicho por Jesús y que es más sencillo de entender.

Aquí trato algunos ejemplos de esos textos; digo algunos porque hay muchos incluso ya citados en las partes anteriores de este ensayo, como los dos siguientes.

No siendo experto en interpretaciones teológicas, desde luego, lo primero que tengo que hacer es pedir de nuevo disculpas por algún error que pueda cometer en estos ensayos. Sencillamente quiero aportar lo que un católico ha sacado en conclusión cuando se enfrenta a estos casos.

Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al mal y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto, y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos. Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien te pide algo prestado. Mt 5, 38-42 Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen…. pues sí amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? Mt 5, 43-46

Tan insólitos son que forman parte de la sabiduría popular debido a su fuerte connotación y a sus palabras tan memorables; “pon la otra mejilla”, “ama a tus enemigos”. Extraños definitivamente, quizá porque son cosas que se oponen a la primera reacción humana, la de lastimar al que nos ha lastimado, la de aborrecer a quien nos aborrece.

Esa es la reacción más fácil, pero recordemos que Jesús lleva la congruencia del amor hasta sus últimas consecuencias lógicas; si el punto es amar, tenemos que amar, por tanto, incluso a quienes nos odian. Siendo pacíficos y mansos y limpios de corazón, tenemos que ofrecer la otra mejilla y no devolver golpe por golpe. Es, por tanto, al menos en mi parecer, perfectamente natural que se obtengan esas conclusiones, como la de amar al que nos odia, pues si se opta por el principio del amor es necesario reconocerlo como superior al resto.

El amor debe prevalecer sobre el odio, sobre el rencor, sobre los aborrecimientos. Si se dejase libre al aborrecimiento, eso significaría la no superioridad del amor.

En eso hay mérito y, por tanto, recompensa; en el hacer prevalecer al amor sobre el odio, cuando éste es el camino más lógico; desde luego que así hay mérito. No hay gran merecimiento, dice Jesús con razón, en amar a los que ya nos aman. No se necesita gran esfuerzo para hacer eso, pero sí en la otra posición, la de amar a esos que nos hacen daño, perdonarlos, rezar por ellos. Esto lleva al ser humano a otro nivel, uno muy superior, pues lo acerca a Dios y lo aleja de la reacción humana terrenal.

Y en esto, los Evangelios establecen algo que también es razonable. Me refiero a la distinción entre la acción de una persona y la persona. Esta distinción es en extremo útil para entender el principio del amor que debe prevalecer entre las personas; para los actos sí hay reprobación y crítica, pero para las personas hay perdón y, por tanto, amor.

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El lector de los Evangelios enfrenta otros pasajes que deben causarle una extrañeza mayúscula. En las dos citas anteriores es sencillo imaginar a Jesús, ese ser humilde, pacífico, que lleva el amor hasta sus últimas consecuencias y que nos exhorta a poner la otra mejilla cuando ya nos han golpeado. Esa es la imagen más generalizada de Jesús, la de la bondad. Pero, ¿qué hacer cuando se lee lo siguiente?

No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá, y el que la perdiere por amor a mí, la hallará. Mt 10, 34-39

Allí está Él, que habla de amor y que alaba a los mansos y a los pacíficos, ahora hablando de violencia, de guerra. Peor aún, usa los ejemplos más sensibles, los de la familia; va a separar al hijo de su padre y a la hija de su madre. Creo que eso es la superficie de lo dicho, pues de lo que se trata es de prioridades y Dios está por encima de nosotros. Si acaso hay una disyuntiva entre seleccionar al padre o a Dios, la decisión debe ser Dios y lo que Él nos manda.

Y eso es causa de inquietud, no de paz; de angustia y de desasosiego, no de tranquilidad. Es obvio que Dios nos pinta un mundo material en el que la vida no será una utopía, estará muy lejos de serlo; allí no la vamos a pasar bien, tendremos que tomar decisiones, algunas de ellas terribles.

Pero la regla está allí, Dios es primero. En otras palabras, el amor es primero, pero el amor a Dios, no a las cosas de este mundo. Por eso está lo de “el que ame al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí”.

Lo veo, todo esto, como a Jesús previniendo en su prédica: si sigues las reglas de Dios vas a enfrentar dificultades, vas a tener que tomar decisiones, vas a tener que elegir; y eso no será sencillo, pues puede significar el alejarte de lo que quieres y valoras. En la superficie esto puede producir pesimismo pues nos puede hacer ver a nuestra existencia como una de penas, sufrimiento, aflicción y tribulaciones; pero creo que esa es una visión equivocada.

Pienso lo contrario, es una visión optimista de la realidad porque coloca a los seres humanos con poder para hacer lo correcto, con capacidad para actuar y elegir. Es la diferencia entre preocuparse y ocuparse; entre ver problemas y ver oportunidades.

No hay rodeos en estas palabras que son duras, pertenecientes más a un juez que al Padre. Si amamos algo es a través de Dios; porque a Él amamos es que amamos a los demás. La insistencia en la vida que de verdad vale es obvia, pues se repite otra vez en el mismo Mateo.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame. Pues el que quiere salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará. Y, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? ¿o qué podría dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. Mt. 16, 24-27

Las palabras son casi iguales entre este pasaje y el anterior y contienen palabras que se han hecho parte del hablar cotidiano; “toma tu cruz” “el que encuentra su vida la perderá…” “¿de qué vale al hombre ganar el mundo…?”.

Me llama la atención su dureza, sin duda derivada de la extrema claridad y del uso de paradojas. Pero el exhorto no deja lugar a dudas, es necesario pensar de largo plazo, pensar en el premio final, y para eso se necesita renunciar de alguna manera al beneficio inmediato.

Este es un mundo de lucha, entre el bien y el mal, en la que nosotros tomamos parte de manera libre, decidida por cada persona. Ésa es la decisión, la de tomar la cruz, la de perder la vida hoy si es necesario con tal de ganarla mañana.

Al final, creo que no hay contradicción entre el Jesús que nos habla de actos bondadosos y el Jesús que nos habla de lucha y de espada. Se trata de la lucha del amor por imponerse y triunfar con la recompensa final para dar “a cada uno según sus obras”.

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Hay otros pasajes que me parecen extraños o que de alguna manera llaman mi atención por lo desusado de la narración. Por ejemplo, el siguiente, sobre la curación del paralítico en el Evangelio de Mateo.

Le presentaron un paralítico acostado en su lecho, y viendo Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: confía, hijo, tus pecados te son perdonados. Algunos escribas dijeron dentro de sí: éste blasfema. Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿qué es más fácil: decir tus pecados te son perdonados o decir levántate y anda? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: levántate, toma tu lecho y vete a casa. El, levantándose, fuese a su casa. Mt. 9, 2-6

La frase de introducción causa una impresión obvia, es fácil adivinar que allí está otro milagro; eso es lo que espera el lector, que el enfermo del cuerpo sea curado. Esperamos que el paralítico sea curado, se levante, vaya a su casa y que Jesús le pida tal vez que no diga nada a nadie. Pero no, Jesús no dice lo obvio, sino que dice algo que parece irrelevante ante la situación física del enfermo: “tus pecados te son perdonados”; nada dice de la curación.

Esto da la ocasión para que Jesús penetre en el interior de los escribas y conteste con algo que me parece extraño a primera vista, eso de si es más fácil perdonar pecados que curar. Desde luego, lo más espectacular es el milagro, la curación y que el paralítico se levante y camine; eso lo puede entender cualquiera, como lo señala Mateo en el siguiente versículo: “Viendo esto, las muchedumbres quedaron sobrecogidas de temor y glorificaban a Dios de haber dado tal poder a los hombres”.

Lo mismo sucede con la resurrección de la niña, de la que Mateo dice que “la nueva se divulgó por toda aquella tierra”; y con la curación del mudo, “se maravillaban las turbas”.

Pero el otro nivel es más profundo y menos fácil de ver, es el interior de las personas, y que Dios percibe siempre, lo que es uno de los temas que corre en todos los Evangelios: Dios puede vernos como realmente somos; a los demás los podemos engañar, pero no a Él. Por eso sabe perfectamente lo que piensan los escribas en la curación del paralítico; los puede ver con claridad, sabe sus intenciones, sus ideas.

Y así, les hace esa pregunta extraordinaria: “¿qué es más fácil: decir tus pecados te son perdonados o decir levántate y anda?” Esto lo puede preguntar sólo un loco, o Dios. Como ya dije antes, no sé de nadie en la historia del mundo que haya hecho eso, el ofrecerse por el perdón de nuestras faltas.

Curar enfermedades es lo de menos, igual que resucitar muertos, pero perdonar pecados es otra cosa, muy diferente. Sólo Dios lo puede hacer; sería ilógico que eso pudiera ser realizado por otro ser humano. Los humanos podemos curar enfermedades, al menos en cierto grado, y cada vez con mayores avances, pero no podemos perdonar pecados.

En esto creo que hay una gran diferencia entre Jesús y personajes de la historia, como he mencionado antes. Varias veces se oye o lee eso de los grandes hombres del mundo, los mejores seres que hemos tenido, y se mencionan junto a Jesús a otros como Ghandi, Buda, Mahoma y quizá algunos más.

Jesús es totalmente diferente, es Dios, el que ofrece perdonar pecados, el que muere por nuestros pecados, por nuestra salvación. Nadie en la historia ha ofrecido eso; con Jesús se habla de alguien que es Dios. Me parece francamente erróneo la equiparación de Jesús con celebridades como ésas; no se parecen en nada pues están en planos totalmente diferentes.

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Volviendo al tema de los pasajes extraños, el siguiente es un ejemplo de la distinción que Dios hace entre lo que es material y lo que es espiritual. Desde luego esa distinción es un tema que corre en todos los Evangelios, pero que aquí, en las palabras de Jesús, se hace más clara.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna. Mt 10, 28

Al cuerpo lo pueden matar, el cuerpo puede enfermarse, pero el alma es un terreno distinto. En ese terreno está Dios y el perdón de los pecados. Pero también allí está el mal, eso que puede hacer perder el alma y el cuerpo.

Poniendo las cosas juntas, entonces, tenemos un mundo en el que debemos esperar esfuerzos por nuestra parte y situaciones que estarán lejos de ser gratas, eso es lo que cuesta el seguir los preceptos Divinos. Más aún, no debemos temer a las amenazas que dañan el cuerpo, pues lo que importa es el alma. Por tanto, lo que daña el alma es lo que debe atemorizar.

Esto se amplía en otro pasaje, más adelante, del mismo Evangelio. Si la pregunta es qué debemos temer, aquí hay una respuesta impresionante.

Y llamando así a la muchedumbre, les dijo: oíd y entended: no es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que al hombre le hace impuro… ¿no comprendéis que lo que entra por la boca va al vientre y acaba en el seceso? Pero que lo que sale de la boca procede del corazón y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Eso es lo que hace impuro al hombre; pero comer sin lavarse las manos, eso no hace impuro al hombre. Mt 15, 10-20

La idea no puede ser más congruente con todo lo dicho en el Evangelio. Si lo importante es el alma, si lo vital es el interior; si Dios puede vernos tal y como somos, incluso nuestras más pequeñas faltas; si lo crucial es el hombre mismo, entonces resulta lógico que en él esté la clave, en su mismo interior. La clave de lo bueno y de lo malo.

“Lo que sale de la boca procede del corazón…”, ésa es la solución, lo que viene del interior y no lo que está fuera. No debemos preocuparnos tanto por lo exterior, lo que ha sido obvio en todo lo dicho, sino por lo que tenemos dentro y que Dios ve. Es cada persona la autora del bien o del mal, ésa es nuestra opción, la que debemos tomar.

Y juntando una cosa con otra, la clave es sencilla de ver ya: en nuestro interior debemos tener amor y actuar de acuerdo a ese interior o motivación esencial, lo que no va a ser sencillo ni fácil; de hecho, nos va a presentar problemas y dificultades, muy duros y ásperos, pero que tenemos que enfrentar con lo que tenemos en el interior, que es el amor. Para eso, desde luego, necesitamos fe en estas ideas.

Allí, en nuestro interior está la fe. Y la fe, por eso, nos da un gran poder; el poder para el bien. Lo que Jesús dice respecto a la fe es otra de esas cosas que parecen extrañas, pues a la fe da un poder milagroso. Me parece natural que Jesús haya recurrido a ejemplos notorios para describir el poder de la fe, como en estos pasajes del mismo evangelista.

Díjoles: por vuestra poca fe; porque si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: vete de aquí a allá y se iría y nada os sería imposible. Mt. 17, 20 Respondióle Jesús y les dijo: en verdad os digo que si tuviereis fe y no dudareis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que dijereis a este monte “quítate y échate al mar”, se haría y todo cuanto con fe pidiereis en la oración lo recibiréis. Mt. 21, 21-22

Creer, sin embargo, que la fe mueve montañas le da a ella una connotación limitada y casi de truco de magia. Esta es una interpretación demasiado restringida. La fe es un poder interior y por eso mucho más fuerte que lo exterior. Es en esencia lo mismo que la curación del paralítico, antes mencionada: es más fácil decir levántate y anda que decir que tus pecados te son perdonados. Y la fe es la que permite el perdón de los pecados; es la motivación que hace confiar sin duda alguna en el precepto del amor a Dios.

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En el Evangelio de Marcos hay un pasaje que me llama la atención por la apariencia superficial que se presenta y la solución que Jesús da. Pensemos en cualquier persona que conozcamos y de la que tenemos muy alta opinión; y algún día, sin quererlo y de sorpresa, vemos a esa persona con otras de muy baja ralea, gente mala con la que no pensaríamos siquiera relacionarnos. Desde luego, en este caso, nos llevaríamos una decepción; ¿cómo es posible que esa persona tan admirable se lleve con esa gentuza?

Los escribas y fariseos, viendo que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: ¿pero es que come con publicanos y pecadores? Y oyéndoles Jesús, les dijo: no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores. Mc. 2, 16-17

Pero en el fondo está la sabiduría de esa respuesta tan admirable y lógica. El padre manda al médico a ver al hijo enfermo, no al sano. Son los pecadores los que necesitan a Dios más que los justos. La voz de Dios, como dije en otra parte, presenta paradojas que son conclusiones lógicas del gran principio del amor.

Otro pasaje que es asombroso también es el de los saduceos, esos que no creen en la resurrección. Cuenta Marcos que en una ocasión quienes tenían esa creencia se acercaron a Jesús y le hicieron una pregunta que considero muy humana y hasta con cierta dosis de curiosidad por el detalle.

Argumentaban ellos que, según Moisés, si un hombre muere y deja viuda sin hijos, ella debe ser tomada por el hermano del difunto. Con esta prescripción en mente, ellos ponen el caso de siete hermanos y una mujer; los siete mueren uno a uno y con cada muerte ella se casa con el siguiente hermano. En la lógica humana, la curiosidad implica una duda, pues al momento de la resurrección no hay forma de saber de quién será esposa esa mujer, pues los siete hermanos fueron sus esposos aunque en diferente tiempo. La respuesta de Jesús es impresionante.

Díjoles Jesús: ¿no está bien claro que erráis y que desconocéis las escrituras y el poder de Dios? Porque, cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán como ángeles en el cielo… No es Dios de muertos sino de vivos. Muy errados andáis. Mc. 12, 24-27

Me recuerda esto las veces que en la escuela primaria preguntábamos al sacerdote, profesor de religión, sobre el cielo. Nuestra duda era natural: cómo podíamos creer que allí seríamos felices si había la posibilidad de que nuestros seres queridos fueran condenados a los infiernos.

Claro, nuestra imaginación no daba para más que una idea de un mundo terrenal ideal. Incluso ahora mismo, me gusta describir al cielo como una gran biblioteca, con tiempo para leer todo, en la que se toca música de Mozart y de los barrocos, donde sirven quesos, pan francés y vino y cerveza. La diferencia es que sé que el cielo es, desde luego, mucho más que eso; pero añado que me cuesta mucho trabajo entender lo de “serán como ángeles en el cielo”.

No lo puedo imaginar y supongo que lo único que podemos pensar es que será una recompensa final ideal, una verdadera utopía. Tan grande que la imaginación no alcanza.

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Otras cosas sorprendentes en los Evangelios son las diferencias entre ellos; por lo menos, ellas gustan de ser señaladas entre algunos de sus estudiosos, a veces por motivos que buscan la negación del origen Divino de las Escrituras. Por ejemplo, en el pasaje de la pesca milagrosa, Lucas da una narración muy extensa.

Agolpándose sobre Él la muchedumbre para oír la palabra de Dios, y hallándose junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban al borde el lago; los pescadores se habían bajado de ellas, lavaban las redes. Subió, pues, a una de las barcas que, era la de Simón, y le rogó que la apartase un poco de tierra y, sentándose, desde la barca enseñaba a las muchedumbres. Así que cesó de hablar, dijo a Simón: boga mar adentro y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó y dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada, mas porque tú lo dices echaré las redes. Lc 5, 1-5

Interrumpo aquí el pasaje porque hay dos cosas que llaman la atención. Primero, el hecho de que Jesús haya rogado a Pedro mover la barca; no lo ordenó, lo pidió y dejó a la voluntad de Pedro. Este es un motivo que corre en todos los Evangelios, el de las enseñanzas de Jesús enfatizando la idea del convencimiento interior y no de la coerción. Segundo, la respuesta de Pedro es sin duda una respuesta de fe; va a echar las redes a pesar de que eso mismo ha hecho sin resultados, sólo porque Jesús lo dice. La narración sigue con los pescadores echando las redes.

Haciéndolo, cogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían, e hicieron señales a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron las dos barcas, tanto que se hundían. Viendo esto, Simón Pedro, se postró a los pies de Jesús, diciendo: Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador. Pues así él como todos sus compañeros habían quedado sobrecogidos de espanto ante la pesca que habían hecho, e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Dijo Jesús a Simón: no temas; en adelante vas a ser pescador de hombres. Y atracando a tierra, lo dejaron todo y le siguieron Lc 5, 6-11

La anterior es una narración detallada del encuentro con Jesús por parte de esos pescadores convertidos en apóstoles. Pero en otro Evangelio, la narración es diferente.

Caminando pues, junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón que se llama Pedro, y Andrés, su hermano, los cuales echaban la red al mar, pues eran pescadores; y les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron. Pasando más adelante vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que en la barca con Zebedeo, su padre, componían las redes y los llamó. Ellos, dejando luego la barca y a su padre, le siguieron. Mt 4, 18-22

¿Son diferencias como ésta motivo de negación de la validez de los Evangelios? La verdad, no lo creo.

Sabemos que los Evangelios fueron escritos decenas de años después de los sucesos que narran, algunos por personas que no conocieron a Jesús. Es natural que haya diferencias; incluso sobre hechos de los que tenemos más información ahora, varios libros pueden contar versiones diferentes. Más sospechoso que encontrar diferencias sería el encontrar una perfecta identidad entre las cuatro narraciones.

En mis lecturas de hecho veo una enorme congruencia entre los Evangelios, pues su esencia es la misma y de cada uno de ellos saco las mismas conclusiones. Es decir, no pongo demasiada atención en los detalles de las circunstancias, sino en las palabras de Jesús; las circunstancias cambian dependiendo del Evangelio, pero no el fondo de las palabras. Si alguien me critica por hacer esto, tiene toda la razón en el sentido del análisis histórico; pero creo que la esencia es en extremo más importante y que ella está contenida en las ideas y no en las circunstancias.

Más aún, en estos terrenos, lo que leo lo hago de manera distinta a lo que leo en otro libro cualquiera. En esos otros libros busco ideas, razonamientos, argumentaciones, a los que juzgo y valoro de alguna manera.

Los Evangelios, pienso sinceramente, se leen de otra manera: buscando inspiración, consejo, consuelo, alegría. Y es que simplemente no puedo poner en la misma canasta, o mejor dicho repisa, a los Evangelios con el resto de la literatura. En ellos está todo de alguna manera y es tarea nuestra buscar lo que en ellos se dice para aplicarlo a nuestra vida.


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5 Comentarios en “Enseñanzas de Dios (tres)”
  1. María Elena Rodríguez Dijo:

    Excelente, gracias.

  2. Julio Cabana Dijo:

    … ahora hay cristianos que no son pescadores de personas; son pescadores que no quieren pescar, aborrecen al pez que más necesita ser atrapado… abundan pescadores, altaneros, ufanos, engreídos… Usan la Biblia como para decirte: yo leo y estoy conforme a este libro pero tú no… estoy harto de toparme con ese tipo de personas que dicen, ser bautizados.

  3. Davies Tantas Dijo:

    Gracias por lo que has escrito, la fé me esta regresando, Dios te bendiga. Muchas gracias.

  4. Joaquín Jiménez F. Dijo:

    Yo creo en Dios, pero a veces dudo, y eso me hace sentir mal, hay muchas personas que dicen creer en Dios, pero no lo demuestran con su actitud. Dios mío dame fuerza para poder seguir tu camino y me aceptes con mis errores y pecados, de verdad quiero estar contigo.

  5. Oscar Dijo:

    Si quereis recibir, primero debereis dar. El fruto no se obtiene al instante, requiere sembrar la semilla, cuidarla, abonarla y esperar que por sí misma el árbol dé fruto. Requiere perseverancia, humildad y fortaleza.





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