Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Pero También hay Obligación
Eduardo García Gaspar
2 junio 2006
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: Una Segunda Opinión
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Todos hemos oído eso de que “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”. La famosa frase de Voltaire, mucho me temo, es demasiado exagerada y recibe más halagos de los que merece.

Quizá sea porque son estos tiempos de demasiados derechos y escasas obligaciones. ¿Tenemos el derecho de decir lo que pensamos? Sin duda. No es ése el problema.

Se llama libertad de expresión y la poseemos todos. Pero ver el asunto solamente bajo esa perspectiva es demasiado limitado. Un ejemplo ayudará a entender esto. El caso es real e involucra a una personalidad de la radio en México, quien hablando de economía dijo algo sorprendente.

Afirmó que la economía danesa es una economía justa y que las de otros países no lo son porque, en Dinamarca se paga a las personas lo que su trabajo vale, como a los jardineros en ese país que ganan más que en otras partes del mundo.

Resolvió así, este personaje, el problema de la justicia en el salario, tema que ha ocupado la mente de muy brillantes mentes, mucho mejores que la de él. ¿Tiene derecho esa persona a decir que la economía de Dinamarca es más justa que otras? Desde luego.

Es el mismo derecho que todos tenemos a decir lo que se nos dé la gana. Podemos decir que la luna está hecha de queso, que no existe la ley de la gravedad, lo que sea podemos decir.

Las campañas electorales de todos los países son ricas muestras de que pueden expresarse las más alocadas y tontas ideas. Insisto, no es ése el problema. Podemos demostrarlo viendo el otro lado de la ecuación: el de la obligación que implica la libertad de expresión. Podemos decir lo que queramos, pero eso nos impone un deber, el de ser razonables y lógicos.

El tema bien vale una segunda opinión. Los derechos son como avenidas de dos sentidos, es decir, implican también deberes, los deberes de ser razonables. Si se ve sólo el lado del hablar diciendo lo que sea, el asunto es considerado parcialmente y no habría diferencia entre el derecho a la libre expresión de los humanos y el derecho a ladrar de los perros.

Sería sólo una cuestión de emisión de sonidos de la garganta y ya. Mi punto es que tenemos la obligación de pasar las palabras por el filtro de la mente antes de que ellas salgan por la boca. Desde luego que podemos equivocarnos, que podemos cometer errores en nuestros raciocinios, pero ese deber sigue siendo válido.

Y eso es lo que lleva las cosas al terreno verdaderamente interesante. ¿Cómo tratar las discusiones entre personas que sostienen opiniones divergentes? El consejo que se da comúnmente es el de usar la prudencia, pero hay que aterrizar eso con más detalle. Si un amigo suyo expresa una opinión que usted piensa es errónea por la razón que sea, existen dos posibles reacciones.

Una es decirle no estoy de acuerdo contigo, pero tienes derecho a tu propia opinión… y dejar las cosas como están. La otra es explicar las razones por las que usted está es desacuerdo e iniciar un diálogo en busca de la verdad para ambos. El problema está entonces en el cómo dialogar.

Si usted le dice que está equivocado porque es un atrasado, medieval, oscurantista, ignorante… nada va a lograr. Las discusiones que arrojan adjetivos descalificativos al oponente provienen generalmente de la falta de argumentos.

Pero si se pone orden a la discusión, el diálogo promete avanzar en beneficio de ambos y de eso se trata. Mi experiencia al respecto ha sido en general desilusionante. He encontrado que las discusiones crean terquedad en las posiciones, que se emplean calificativos para descalificar a las personas, que los argumentos se ignoran, que las evidencias se hacen de lado, que con facilidad se sale del tema y que se crean confrontaciones y enemistades.

Pero pocas cosas hay mejores que cuando las personas abren sus mentes y desean encontrar la verdad. ¿Tenemos derecho a hablar de lo que nos plazca? Desde luego. P

ero no olvidemos que eso también nos impone una responsabilidad, la de saber sobre el tema y la de razonar sobre él. Por eso es que pocas cosas he encontrado tan sabias como el de decir “no sé del tema como para opinar”. La humildad es compañera inseparable de la prudencia.

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