Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Otra Política de Crecimiento
Leonardo Girondella Mora
10 enero 2008
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Análisis
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El título de la afamada obra de Adam Smith presupone que el estado natural de las cosas es la pobreza —si nada se hiciera, si nada se realizara, así continuaríamos, en una situación de miseria. Resulta entonces pertinente esa pregunta, la de qué es lo que ocasiona a la riqueza. Lograrla, por necesidad, implica la necesidad de realizar algo.

Más aún, ese algo que debe hacerse requiere de una explicación, la del opuesto a la pobreza. ¿Qué es la riqueza?

Por oposición es sencillo tener una definición: lo contrario a la pobreza, es decir, el contar con medios suficientes que permitan la satisfacción de las necesidades básicas personales —pero no sólo eso, la riqueza debe ir más allá, hasta permitir a las personas los medios que les permitan satisfacer sus propias inquietudes.

El mundo ideal es uno, por tanto, en el que todos puedan realizar sus propias inquietudes —sean las de estudiar una carrera, tomar vacaciones anuales, tener tiempo para leer, todo lo que pueda ocurrirse a una persona y que presupone la satisfacción de las necesidades básicas de comida, bebida, casa, vestido.

Ese mundo ideal, deseable, tiene dos limitaciones —la del monto de satisfacción de las necesidades, que no puede ser total: siempre existirá insatisfacción en algún monto. Y la de lo que la persona debe hacer para lograrlo. Es natural que el mundo ideal deseado, o el mundo ideal posible de lograr, no venga gratuitamente —algo debe hacerse para ser logrado en alguna extensión.

¿Qué debe hacerse para lograr ese mundo cercano al ideal al que genéricamente llamaré prosperidad? No es algo que la casualidad logre, que dependa del azar —parto del supuesto que es un objetivo consciente, explícito, para cuyo logro deban tomarse acciones concretas. Lo que causa prosperidad es eso que debe hacerse. Del lado opuesto, no hacer esas cosas, o realizar las contrarias, significa mantener la pobreza existente o incrementarla.

Y más aún, el hecho de haber planteado la pregunta, como en la obra de Smith, parte de dos supuestos necesarios. Primero, haberse dado cuenta de que la prosperidad es posible, que el status quo de pobreza puede remediarse. Segundo, que es mejor la prosperidad que la pobreza, es decir, que el ser humano vale lo suficiente como para merecer algo mejor.

Eso mejor, llamado prosperidad, dije, es alcanzable por medio de acciones concretas, varias de ellas —lo que significa algo adicional: reconocer que la prosperidad no es el efecto de una sola acción, sino de varias. Y más aún, si la complejidad social es considerada, eso dará una idea adicional: la prosperidad es el resultado de muchas acciones, cuyos efectos son a su vez causas de otros efectos, que en total logran prosperidad.

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Lo que quiero hacer en este espacio es argumentar a favor de una definición compleja de prosperidad, que vaya más allá de las ideas usuales al respecto. La prosperidad no es la consecuencia simple de la aplicación de ciertas medidas económicas —tampoco es el resultado sencillo de la implantación de ciertos sistemas políticos. La prosperidad involucra la consideración de aspectos culturales-morales, cuya influencia es importante y quizá mayor a la de las medidas económicas y políticas.

Mi argumentación está basada en el siguiente razonamiento: en general, las medidas políticas y económicas de conocidos buenos resultados en términos de prosperidad están fundamentadas en el respeto a la libertad humana —lo que establece una estrecha asociación positiva entre libertad y prosperidad. Pero esa cercana asociación causal entre libertad y crecimiento falla por una razón: deja de considerar otra variable, también asociada con la libertad. Es la responsabilidad —si la libertad personal es una condición necesaria para la prosperidad por consecuencia lógica también lo es la responsabilidad que sigue a la libertad.

Si se acepta que la prosperidad es un proceso en extremo complejo, la adición de la noción de la responsabilidad eleva aún más esa complejidad.

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Es decir, no es realista esperar prosperidad de la misma manera que se espera lograr un sabroso plato de cocina, siguiendo una receta con ingredientes predeterminados y acciones exactas —todo por causa de la terrible complejidad de la sociedad, provocada por las capacidades de quienes la forman.

¿Ayuda a lograr prosperidad la inversión extranjera en un país? La respuesta es afirmativa —como también es sabido que ayudan otras acciones, como las libertades de comercio nacional e internacional, los bajos impuestos y otras muchas medidas más. Eso es conocido, no sólo por evidencias empíricas, sino por razonamientos teóricos. Pero existe una condición —ninguna de esas medidas por separado causa prosperidad y, aún más, incluso muchas de ellas en conjunto no producen el resultado buscado.

Arnold Kling en una columna de 2002 trata esta idea concreta: la estabilidad monetaria tan deseable no tuvo los efectos en Argentina, la privatización tan recomendada no logró lo esperado en Rusia, la propensidad al ahorro no quitó a Japón su crisis, la ensalzada democracia no ha sido necesaria en China, la total apertura no ha sido indispensable en India. Casi cada una de las medidas necesarias propuestas para la prosperidad cuenta con un ejemplo opuesto.

No obstante eso, sí se comprende que un país con una moneda estable avanzará más que uno con una inestable. La estabilidad es necesaria, como también lo es la inversión extranjera, el ahorro, la apertura al comercio, los impuestos bajos, las reducciones de procesos burocráticos y muchas otras más. El problema es que aplicarlas no necesariamente produce prosperidad, si esa aplicación es incompleta —ninguna de esas políticas o decisiones es suficiente por sí misma, ni incluso varias de ellas aplicadas simultáneamente. Y eso tiene un serio problema.

El del abandono de la decisión correcta ante la falta de resultados. Si de la estabilidad de la moneda en Argentina se esperaba que provocara prosperidad, no lo hizo —falló terriblemente porque en otros terrenos no se aplicaron medidas necesarias, como la de la disciplina fiscal.

Aplicadas con grandes esperanzas y malos resultados, la lectura de la realidad manda una lección: no es necesaria la apertura de las fronteras al comercio, o no es necesaria la privatización, o no es necesaria la estabilidad monetaria —la prosperidad es posible, se concluye, cerrando fronteras, nacionalizando industrias y demás. Posible, pero muy poco probable.

Aunque esa interpretación es errónea, no deja de ser comprensible —quien fue convencido de las bondades del comercio exterior se torna desilusionado ante los magros resultados y se convence, sin mucho esfuerzo, de lo opuesto. Una idea central de esta columna no sólo es sostener que esa interpretación univariable y simple es falaz, sino que debe entenderse que las medidas económicas en general son una porción de las acciones que logran prosperidad.

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Dicho en otras palabras, la prosperidad no acepta únicamente medidas económicas —y la causa es sencilla, la prosperidad es bastante más que economía. También es política. También es sociedad.

Y, para complicar las cosas, los resultados de las medidas o decisiones tomadas no son “directos” —una relación entre, por ejemplo, años de educación básica e ingreso por habitante, mostrará una tendencia central positiva, a más educación más ingreso. Pero casi todos los puntos en la gráfica estarán fuera de la línea, mostrando que hay mucho más que influye en la realidad.

En la columna de Kling esa dificultad se llama “retroalimentación no linear” —es la dificultad en obtener una interpretación directa de los resultados de las acciones tomadas. Los resultados no son directos y sufren la influencia de variables innumerables.

Por eso pueden darse excepciones, como tener barreras al comercio y sin embargo, crecer; o tener una moneda estable y sufrir una crisis terrible. ¿Entonces qué debe hacerse, pues ninguna de las medidas buenas dará resultados por sí misma?

El asunto es peor que eso —una sola medida no basta o al menos tiene resultados mediocres; pero incluso una combinación de ellas puede también tener resultados malos, o no tan buenos. Kling propone una solución de mero sentido común: comprender que el crecimiento es un proceso complejo, lo que llevaría a entender que, por ejemplo, es tremendamente difícil seleccionar entre políticas de estabilidad monetaria fija o flotante, o entre diversas políticas de inmigración.

Lo que he planteado hasta ahora es triple.

  • Primero, la prosperidad es más que el resultado de políticas económicas —involucra aspectos políticos y culturales.
  • Segundo, la prosperidad es compleja, resultado de muchas posibles acciones en muchas posibles áreas, lo que debe dar un número de infinitas combinaciones posibles.
  • Tercero, se conoce en general la dirección en la que debe irse para lograr prosperidad, aunque las decisiones sean complejas.

Esa dirección general es la de la libertad del ser humano, lo que lleva a la consideración de su contrapartida, la responsabilidad inherente a la libertad. El tema es tratado por Kling en la columna referida cuando habla de la necesidad de considerar la influencia de la cultura de las personas —de lo que concluye la importancia de la ética del trabajo, de la ética del servicio público y de la ética del aprendizaje. Hay más ideas similares en fuentes diferentes:

  • Una obra de relativa fama contiene el mismo mensaje, la cultura importa para el desarrollo (Harrison, Lawrence E (1985). Underdevelopment Is A State Of Mind : The Latin American Case. Lanham, MD. Center for International Affairs, Harvard University and University Press of America. 0819146854).
  • Otro libro con el mismo mensaje esencial es el de Sheaffer (Sheaffer, Robert (1988). Resentment Against Achievement : Understanding The Assault Upon Ability. Buffalo, N.Y. Prometheus Books. 0879754478).
  • Al que puede añadirse el más célebre de Fukuyama (Fukuyama, Francis (1995). Trust : The Social Virtues And The Creation Of Prosperity. New York. Free Press. 0029109760).

La idea central de esas obras y de las consideraciones hechas antes es aceptar la importancia de la cultura en la prosperidad —y concluir que ella es una meta cuyo logro implica mucho más que la aplicación de una combinación de políticas económicas. Sí, ellas influyen sin lugar a dudas. Sí, las políticas liberales son mejores. Pero la prosperidad es el resultado final de otros aspectos a los que en general quiero llamar “cultura-moral” y que justifico de la siguiente manera.

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A pesar de ser un proceso complejo, de innumerables variables cuyas combinaciones afectan su logro, la prosperidad está positivamente asociada a medidas y decisiones basadas en la libertad humana. Consecuentemente, la prosperidad también debe estar asociada con otra faceta de la libertad, que es la responsabilidad personal —la que a su vez está íntimamente relacionada con aspectos morales-culturales. La prosperidad, por tanto, requiere también el reconocimiento de la necesidad de marcos culturales-morales en la sociedad.

La adición que trato de proponer es la consideración de factores culturales-morales como causales de prosperidad. Si ya es conocido que resulta absurdo esperar resultados mágicos de medidas económicas y políticas —como la apertura de fronteras al comercio o la implantación de libertad política—la prosperidad también debe considerar lo cultural-moral, por una razón obvia: la libertad implica necesariamente responsabilidad y ésta se encuentra dentro de, como diría M. Novak, la esfera cultural-moral.

Sin las nociones adecuadas en lo cultural-moral, la implantación de las medidas correctas en política y economía no darán los resultados esperados en prosperidad. Es decir, existen ideas, valores, creencias, reglas de tipo cultural-moral que son congruentes con la prosperidad —pero otras no, en cuyo caso el logro de la prosperidad será menos probable a pesar de la implantación de la combinación correcta de medidas económicas y políticas.

Si en general las medidas causales de prosperidad en los terrenos económico y político sostienen como principio central a la libertad personal, es natural que también la esfera cultural-moral sostenga el mismo cimiento, el de la libertad —pero con una adición, la noción de la responsabilidad, lo que pone sobre la mesa la necesidad muy clara de guías para el uso de la libertad, es decir, la moral.

Lo que sostengo como idea central es que la prosperidad requiere un componente ético —una serie de principios que guíe a esa libertad bajo la idea de las consecuencia de los actos libres. Si la cultura-moral de la sociedad en la que son implantadas las medidas económicas y políticas correctas reconoce la noción de moral, la prosperidad será real. Y lo opuesto.

Ilustro mi tesis con el caso de corrupción, una violación de principios éticos, cuya generalización en una sociedad es causa de pobreza —es decir, estoy asociando causalmente a la corrupción con la miseria. Otra variable cultural-moral es el respeto a la ley: donde ese respeto sea escaso habrá menos posibilidades de prosperidad. En igual caso están otros rasgos de ligados a los terrenos culturales y morales y que establecen asociaciones causales entre ellos y la prosperidad: a más envidia o pereza, menor probabilidad de riqueza.

La prosperidad, por tanto, está estrechamente relacionada con la libertad humana y esa libertad se da en diversos terrenos. Las libertades económicas y políticas están estrechamente asociadas con la prosperidad y por eso tiene sentido que también lo estén las libertades en los terrenos morales y culturales, que son precisamente en los que se dan los preceptos éticos. Sí, la moral y la ética son causales de prosperidad.


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