Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Esa Cómoda Laxitud
Eduardo García Gaspar
26 enero 2010
Sección: FAMOSOS, Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
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El problema es más frecuente de lo que debiera. Presenta una oportunidad que no debe desaprovecharse para verlo más de cerca. Un caso concreto lo ilustra la conducta de un golfista actual muy famoso, casado y con aventuras numerosas por fuera del matrimonio. Las lecciones de esto son universales.

Primero, la infidelidad matrimonial fue ocultada, lo que muestra una realidad: lo que se oculta se considera indebido. La conducta propia que se disimula supone por necesidad que es una mala acción. Si yo hago cosas para que mi mujer no se entere de mis aventuras, eso presupone que considero que las aventuras son reprobables. Mo me importa que la gente se entere de lo bueno que hago, quizá hasta sentiría bien que otros conocieran mis buenas accciones… pero a mi mala conducta trato de ocultarla.

Segundo, hay que averiguar la causa de esa maldad en la infidelidad. Hay algo en mi mala conducta  por lo que  trato de ocultarla. No creo que haya otra causa que la rotura de una promesa. El matrimonio supone un juramento voluntario de fidelidad mutua: no más asuntos con otras personas. El juramento fue libre e incluso público. Nadie forzó la promesa.

Obviamente romperlo es una acción injusta, es romper un voto adquirido con conocimiento. No hubo engaño. No hay condicionantes. Ambos se juraron lealtad mutua. Claramente, la promesa es rota por quien falta a esa fidelidad. No es una cuestión complicada, al contrario. Tiene un algo de un contrato roto y que puede ser llevado ante tribunales.

Tercero, el asunto se complica notablemente porque se trata de un contrato voluntario de por vida. La razón de esto tiene sentido: el matrimonio forma una unidad esencial para el bienestar personal conjunto. Por un lado, los hijos requieren plazos muy grandes de maduración durante los que deben ser atendidos. Y durante todo el tiempo, los esposos se acompañan uno a otro en un complemento admirable.

Cuarto, el sostenimiento del matrimonio es una decisión seria y comprometida, que está sujeta a la voluntad personal. A esto se le llama amor. No es enamoramiento sentimental. Tampoco es acaloramiento sexual. Alguien lo dijo muy bien: uno no se casa para ser feliz, sino para hacer feliz al otro. Por eso tiene que ser mutuo y decidido. No admite vaivenes sentimentales. La diferencia central está en entender la diferencia entre en enamoramiento, que es una atracción inicial involuntaria y sentimental…. y la acción de amar, que es una decisión voluntaria.

Hasta aquí la base tiene mucho sentido, pero falta considerar el quinto elemento, la imperfección humana.

Tenemos reglas, debemos seguir mandatos naturales y lógicos. Pero es inevitable que fallemos algunas veces. Saber que fallamos ya es adelanto y nos lo da la conciencia: es eso de “no debiste hacerlo” que nos dice la voz interna.

Y si no escuchamos esa voz, de todas maneras la reconocemos de otra manera. Si nos da vergüenza contar públicamente lo que hemos hecho, eso indica que sentimos que es malo lo que hicimos. Ocultar, por ejemplo, del conocimiento de los demás actos de infidelidad matrimonial es una forma que la conciencia tiene para hablar con otra voz. Esta quinta consideración es el admitir que podemos fallar, pero que esas fallas no son causa para anular las reglas.

Aquí el tema se complica aun más. ¿Cuento a mi esposa mi infidelidad o no? No es fácil decidir.

Si no le cuento y sigo siendo infiel, mantengo una conducta doble reprobable.

Si fui infiel y ya no lo soy, la decisión está en confesarlo o no. Si no lo confieso, agrego una mala conducta, la de mentir. Si se lo confieso, las cosas pueden gravarse dependiendo de la reacción de la esposa… o quizá no. Creo que en esto existe un ideal: dejar de serlo, confesarlo y soportar las consecuencias de la conducta propia.

Con esto llego a a la sexta consideración. Sabemos y conocemos los estándares ideales que son esos a los que aspiramos. Aunque fallemos, al menos tenemos esos altos estándares que nos inspiran. Es algo como presentar un examen muy difícil: podemos fallar pero nuestros objetivos se mantienen altos, lo que nos exige grandes esfuerzos. Hay un mucho de grandeza y altura en admitir la existencia de ideales ejemplares.

Pero suele suceder que en nuestros tiempos las fallas humanas han creado una mentalidad anodina que alaba a la mediocridad. Consiste en reducir esos estándares altos e ejemplares. Desean ser cercenados y con ello se retiran las aspiraciones. Es similar a pensar en el Everest como objetivo casi imposible y sustituirlo con una chata colina que no presenta dificultad alguna.

En algún momento, esa colina nos terminará por parecernos también difícil. Esto sucede en la visión actual del matrimonio, como en otros asuntos también. Me refiero a la desaparición de grandes metas, altos ideales, exigencias fuertes, conductas ejemplares.

Y no sólo se desaparecen, también suelen ser vistas con desprecio y desdén. El resultado es un ser humano blando, timorato, que sólo aspira al mínimo esfuerzo y carece de ideales.


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