Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Tercer Padre
Leonardo Girondella Mora
7 diciembre 2015
Sección: Sección: Asuntos, SOCIEDAD
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La violencia familiar contra los hijos es el tema que se trató en una conversación que resumo a continuación.

— Padecemos una sociedad en la que el abuso de niños es cada vez más frecuente. La sociedad pide castigo a los culpables. Leí datos de un aumento del 20% de este tipo de abusos —dijo la persona.

—No lo sabía, pero, por favor, continúe —le dije.

— Bueno, pues criar a un hijo es difícil, cansado, llega a desesperar. Es un reto fuerte con momentos terribles de crisis. Esto es algo que debe reconocerse, la impresionante y difícil tarea de criar hijos.

— Sin duda, es un reto. Tenemos miles de años que se viene haciendo. No es novedad. No creo que sea más difícil ahora que antes.

— Bueno, pero es que lo que debemos ver es lo que está detrás de todos esos abusos a infantes.

— Correcto. ¿Tiene usted alguna idea sobre eso?

— Sí, creo que el criar hijos es algo que, según leí, ha sido puesto como una responsabilidad privada y eso tiene consecuencias.

— ¿No ha sido siempre un asunto privado, de cada familia, el criar a los hijos? —pregunté.

— Bueno, pero es que la privatización del criar hijos los ha colocado en el plano de verlos como productos que no tienen devolución, aunque tengan defectos grandes —dijo la persona.

— Perdón, ¿dijo usted «privatización» del criar a los hijos? —pregunté.

— Sí, eso dije y es lo que también ha producido otro efecto, el de la competencia entre familias para ver quién es quien tiene los mejores hijos y los mejores padres. En medio de esa competencia, se encuentran hijos con problemas a los que se termina por despreciar y lastimar.

— ¿Quisiera profundizar más en eso, por favor? Temo no entender bien lo que dice —insistí.

— Mire usted, lo que digo es que se promueven modelos ideales de familia, en los que todo es perfecto y eso es lo que engaña. Así no es la realidad. La publicidad comercial está llena de escenas de familias perfectas.

— Entonces, ¿la publicidad de un cereal que muestra una escena familiar agradable es causa de que un papá golpee a su hijo de dos años?

— Sí, al igual que la religión que también habla de una familia en la que todos se aman y no hacen caso de la realidad que es muy distinta —dijo la persona.

— Permítame preguntarle. ¿Un mandamiento que pide amar a los padres y, por implicación, amar a los hijos, es causa de violencia familiar?

— Es lo que digo, esa promoción de situaciones ideales no hace caso de la realidad, la ignora y se vuelve culpable de los abusos infantiles. Es obvio.

— Si lo que se ve en la publicidad y lo que dice la religión sobre la familia son causa de violencia familiar, ¿dónde queda la responsabilidad de quien abusa de una niña?

— De lo que hablo es una responsabilidad social, colectiva, a la que el gobierno debe atender con urgencia, desde las mismas cunas de los hijos dejando de ver al criar hijos como una experiencia privada única en manos de padres que son incapaces o están cansados.

— Perdone mi curiosidad. ¿Propone usted que la educación familiar que reciben los hijos de sus padres sea ahora una responsabilidad gubernamental?

— Algo así, porque la responsabilidad de criar hijos es al mismo tiempo un placer, una responsabilidad y, también, algo en extremo difícil. Y si el hijo no sale como en los comerciales, la familia lo verá como un producto que salió malo, queriendo descartarlo.

— ¿El gobierno como un tercer padre, además de papá y mamá? —pregunté.

— Si, eso es parte de su función social, irrenunciable.

— ¿Cómo sabe usted que el gobierno tendría un desempeño bueno en una tarea tan delicada, me refiero a una burocracia que es legendaria por su ineficiencia y mal servicio?

— Veo que usted se niega a aceptar la realidad de la violencia familiar, producto de una sociedad que es víctima de la competencia y el capitalismo salvaje que…

— No quise ofender. Solo quise hacer preguntas para conocer mejor lo que usted dice.

Addendum

La conversación, mostrada en sus partes medulares, tomó bastante tiempo y mostró un buen ejemplo de la mentalidad progresista que todo quiere solucionar por medio del crecimiento funcional de los gobiernos.

La hipótesis, por supuesto, es que los gobiernos pueden hacer todo y hacerlo mejor que los mismos ciudadanos —una creencia que es, me atrevo a decir, es extremo aventurada.

Nota del Editor

La conversación apuntada por Girondella me hizo pensar en una posibilidad. Si los hijos son ahora comprendidos como productos fallidos que no admiten devolución, quizá eso pueda ser una consecuencia de la mentalidad abortista (la que los entiende como productos que pueden «cancelarse»).

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