libertades culturales
Pluma: símbolo de libertad cultural EGG 2001

Un manifiesto contra la censura. La defensa clásica de J. Milton de la libertad de expresión. Razones teóricas y prácticas que condenan a la censura.

Introducción

En esencia la obra de Milton argumenta a favor de la libertad de imprenta con razones acerca de la naturaleza de los libros. De la inutilidad de esa ordenanza para suprimir libros indeseables. Y de los efectos negativos de la medida en el aprendizaje y la búsqueda de la verdad.


La clásica defensa de la libertad de expresión. De las obras clásicas que exaltan a la libertad humana, ninguna sobrepasa en importancia al panfleto de J. MiltonAreopagitica. Un manifiesto contra la censura.


Publicado a mediados del siglo XVII, los razonamientos que presenta siguen siendo válidos, no solo en las cuestiones teóricas sino también en los aspectos prácticos.

Esos libros vivos

La visión del autor en su escrito contempla a los libros como seres vivos: quien mata a un hombre asesina a una imagen de Dios y quien destruye un libro ataca a la razón misma que es la imagen de Dios.

La vida de los hombres, dice, está preservada y contenida en los libros, por lo que atacarlos equivale a una masacre cometida en la esencia de la vida misma.

Con esa visión sobre los libros, Milton da ejemplos históricos a favor de la libertad de imprenta.

Un poco de historia

En Atenas, el gobernante sólo ponía atención en las obras blasfemas, ateas y difamatorias, del resto no se ocupaba;. Ni siquiera de las obras libertinas. Lo mismo sucedía en Roma, incluso con las obras críticas del gobernante, como en el caso de Tito Livio.

También, en el principio de los tiempos de los emperadores cristianos, las obras paganas circulaban, si bien no recomendando su lectura, pero sí dejando esa decisión a la conciencia de cada persona.

Eso sucedió hasta que llegó el tiempo de las prohibiciones, incluso por excomunión, de obras no religiosas y de obras sin el imprimatur o licencia.

Libros que nacen

Milton, en su manifiesto contra la censura, recurre de nuevo a su visión de los libros como seres vivos.

Dice que hasta esa época los libros arribaban al mundo al igual que el nacimiento de un ser cualquiera. El producto de la razón no era más causa de supresión que el producto del vientre materno.

Más aún, si un libro fuera sujeto a licencia de impresión, él estaría en peor condición que un alma pecadora, pues se enfrentaría a un tribunal antes de nacer y condenado antes de ver la luz.

Hay que recordar, sugiere Milton, a Moisés, a Daniel y a Pablo, los tres fueron lectores de obras egipcias, caldeas y griegas. El mismo Pablo puso en las Sagradas Escrituras frases de poetas griegos.

Más aún, los primeros doctores cristianos consideraban beneficiosa la lectura de obras paganas.

Recordemos que la censura también se dio entre los paganos, como cuando Julián el Apóstata prohibió que los cristianos leyeran obras paganas argumentando que ese conocimiento podría ser usado en beneficio de ellos y daño de los paganos.

Igualmente, Dionisio Alejandrino, en el año 240 dC, creía que todo libro debía ser leído pues el hombre es capaz de juzgarlo y examinarlo.

Manifiesto contra la censura, incluso de libros «malos»

Vuelve aquí Milton a su visión de los libros como algo vivo. Dice que para los puros todas las cosas son puras, no solo lo que se come y bebe, sino también todo tipo de conocimiento, bueno y malo.

El conocimiento no puede ser causa de envilecimiento y, por eso, tampoco los libros, si es que la razón y la mente no están ya envilecidas.

Incluso los libros malos son de gran uso, pues ayudan a descubrir, examinar, prevenir e ilustrar. Los errores son de gran ayuda para descubrir la verdad.

Dios no ha esclavizado al hombre a una perpetua y eterna niñez que debe ser guiada. Dios ha dado al hombre la razón y con ella capacidad para que él haga sus elecciones.

De poco serviría la exaltación de los valores si las leyes y la coerción obligaran a hacer eso que debe hacerse por voluntad propia.

Además, añade Milton a su manifiesto contra la censura, no puede haber sabiduría si no existe el conocimiento del error y de lo malo. Los que saben de los vicios con sus placeres y, sin embargo, se abstienen de ellos y distinguen lo bueno de lo malo, esos son los verdaderos cristianos.

O, puesto de otra forma, el conocimiento de lo malo es necesario para ver el error y llegar a la verdad, lo que sólo puede lograrse leyendo libros.

Si se cree que los libros pueden infectar y crear epidemias de malas ideas, entonces no hay más remedio que hacer de lado y retirar todo conocimiento y controversia religiosa, incluyendo la prohibición de leer la Biblia.

Además, quien teme la proliferación de los malos ejemplos, debe reconocer que esos ejemplos se propagan sin necesidad de libros, por lo que prohibirlos o censurarlos es una tarea inútil.

No hay censores perfectos

Y más aún, la censura de los libros presupone que los censores son personas con una gracia especial. La de la infalibilidad en sus juicios. Presupone también que ellos no son corruptibles.

La verdad es que no hay beneficio en privar al sabio de una obra sin que su censura sea garantía de que el necio frene sus actos.

Necesidad de censurar todo

Sigue Milton su manifiesto contra la censura diciendo que el pensar reglamentar los libros y su contenido significa necesariamente regular las diversiones humanas.

No habría recreación que no debiera pasar por la censura y la necesidad del imprimatur. Toda música, toda danza, todo debería antes pasar por tener un permiso si es que eso se quisiera enseñar a la juventud.

Dios, dice, nos dio el poder de la razón y eso significa libertad de elección. Es decir, Dios nos hizo libres y nos puso frente a objetos provocadores, que es donde radica el mérito y la recompensa por la abstinencia.

Tienen poca inteligencia los que piensan que quitando de enfrente la materia del pecado remedian el problema, pues quitando la ocasión del pecado retiran a la virtud misma.

Problemas prácticos de la censura

Regresa Milton a presentar otra parte de su manifiesto contra la censura, los problemas prácticos que presenta.

Dice que si la censura existiera, entonces todos los libros previos existentes deberían pasar por ese filtro, haciendo una lista de lo prohibido. Y no autorizando la importación de obras que no hayan pasado por la censura.

Todo esto, desde luego, requiere de personas muy capaces que además deben enfrentar el problema de libros con partes buenas y malas, es decir, que deben ser expurgados.

Peor aún, la calidad de la persona del censor es la de un juez contra el que no se tiene apelación y quien debe ser alguien muy poco común: estudioso, juicioso y conocedor.

Esta persona, adicionalmente, estará por necesidad encargada de leer obras que él no desea leer, libros que él no hubiera seleccionado para su lectura, lo que es una pesadilla para el sabio.

Podemos, por tanto, imaginar al tipo de personas que tendríamos de censores. Gente ignorante, antagónica y con inclinaciones hacia lo pecuniario.

Adultos vistos como niños

La censura de los libros acarrea la idea de la desconfianza en el autor y en su mente libre.

El autor sería visto igual que un niño en la escuela, un menor que necesita ser guiado. Esto es un oprobio al conocimiento y a la enseñanza, originado todo por la vigilancia del censor sobre el autor.

Todo lo dicho por el autor estaría sujeto a juicio del censor. Y en el lector, el sello de aprobación causaría recelo, pues en él vería la aprobación de una posición oficial.

Un gobierno está para gobernar, no para ser crítico de la razón, pues pueden equivocarse en la selección del censor al igual que el censor puede errar con el autor.

La verdad y el conocimiento no son mercancías que pueden ser sujetas a monopolio e intercambiadas con boletos, estatutos y medidas.

Conclusión

La obra de Milton fue originalmente impresa en 1644 con el título Areopagitica, A speech of Mr. John Milton for de liberty of unlicensed printing to the parliament of England.

El año anterior el Parlamento Británico había pasado una ordenanza requiriendo licencia de impresión, de manera que ningún libro o panfleto pudiera ser impreso sin su correspondiente permiso. Con este manifiesto contra la censura, Milton intentó que la ordenanza fuera repelida. 

El título del panfleto se deriva del Areopagus, una especie de corte o parlamento ateniense formado por los ciudadanos más viejos elegidos por los ciudadanos libres y que se reunían en una colina dedicada al dios Ares.



Y solo unas pocas cosas más…

Debe verse:

Ventajas de la libertad de expresión

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[La columna fue revisada en 2020-08]