Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Error de Castelló
Selección de ContraPeso.info
12 octubre 2005
Sección: LIBERTAD CULTURAL, MEDIOS DE COMUNICACION, Sección: Asuntos
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Llegó a mis manos una columna en extremo interesante de Fernando Castelló, publicada originalmente en El País en mayo de 2001.

Castelló era entonces presidente de Reporteros sin Fronteras, una organización internacional de defensa de la libertad de expresión y prensa. La columna lleva por título Libertad de prensa, ¿para que?

Creo correcto y acertado presuponer que el autor defiende la idea de tener libertad de prensa. Dice Castelló en su columna que “sin libertad de prensa, no hay libertad; y sin libertad, basada en el respeto de los derechos humanos, no hay pleno desarrollo humano de los pueblos.”

No puede estarse en desacuerdo con esa idea y más aún, su razonamiento puede ser ampliado, por ejemplo, diciendo que sin libertad de prensa igual que sin libertad económica y que sin libertad política, no hay libertad.

La idea de fondo es comprender a la libertad como un concepto integral, formado por libertades específicas y que faltando una de esas partes, no habrá libertad. Castelló, dada su profesión, es obvio que defiende la libertad de prensa.

Mi labor es recalcar que debe defenderse desde luego la libertad de prensa, pero que siguiendo la línea de pensamiento del mismo Castelló, deben defenderse el resto de las libertades, incluyendo la económica.

Llegando hasta este punto, no existe problema alguno —pero surge una adición del autor que introduce un elemento que confunde su razonamiento. Escribe él en esta columna que

“Libertad y derechos que no deben ser sólo individuales.Un concepto de libertad individual a secas se quedaría corto y lindaría con el egoísmo individualista, propio de los sistemas ultraliberales, en detrimento de la igualdad y la solidaridad, propias de los sistemas comunistas, que, a su vez, las oponían a la libertad.”

La frase es a todas luces un ataque a la libertad personal, a la que aparentaba defender. La ataca diciendo que la libertad individual equivale a egoísmo individualista y que eso va en contra de la igualdad y la solidaridad —y hace esto contraponiendo a los sistemas liberales frente a los comunistas.

Dentro de esta visión, coloca a su defendida como la salvadora, al comentar que, “La libertad de prensa es la llave de acceso y mantenimiento de esos derechos tan poco respetados, que podrían resumirse en los de todo pueblo e individuo a la libertad en igualdad fraternal y solidaria.”

El autor, por tanto, está dentro de la forma de pensar que parte de la idea que señala que ni el liberalismo ni el comunismo son aceptables y que hay algo en medio, que él describe como “libertad en igualdad fraternal y solidaria.”

Al hacer esto, necesariamente se cae en lo que quizá genéricamente se ha llamado la tercera vía, una especie de camino medio que combine lo mejor del pensamiento comunista y del liberal.

Castelló entiende a esas dos formas de pensamiento de la manera siguiente:

• “El comunismo, que buscaba, como quería Marx, el reino de la libertad tras el de la necesidad, degeneró en un imperio de la necesidad (y necedad) sin libertad.”

• “El capitalismo, so capa de buscar la libertad, ha demostrado ser el sistema mejor para ahondar la desigualdad, para producir ricos en el mundo pobre y pobres en el mundo rico, y, en su versión neoliberal globalizada, ya sin el contrapeso igualitario comunista, países cada vez más ricos a costa de países cada vez más pobres.”

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Las frases citadas son claves para entender la posición del autor. Simpatiza con la teoría comunista, pero no con su práctica, creyendo que Marx buscaba la libertad. Y entiende con antipatía al liberalismo que ve bajo la óptica de sus simpatías comunistas, como un sistema que genera desigualdades entre pobres y ricos, sean personas o naciones.

Su forma de entender al mundo es ésa, la comunista y su idea de lucha entre grupos antagónicos —bajo esa óptica es natural que mal entienda a ambas posiciones.

Un párrafo de su columna hace entender muy claramente su preocupación, “La libertad quizá sea uno de los derechos que más han avanzado en nuestro tiempo, aunque todavía gran parte del mundo carezca de ella, pero ha sido en olvido de la igualdad.”

No estoy de acuerdo, pero se ha ganado en conocimiento pudiendo establecer que la preocupación central del autor es la igualdad, a lo que es posible añadir preocupaciones de fraternidad. Nada de esto puede ser criticado —son inquietudes comprensibles.

Pero lo que sí puede ser criticado y mucho es la percepción del autor, que por un lado muestra una abierta defensa de la libertad y por el otro una poco explicable crítica de quien la ha defendido. Por ejemplo, en este párrafo, el autor se abre y deja ver sus opiniones sobre una de las posiciones, al decir,

“el propio Estado de bienestar sufre el acoso del darwinismo social neoliberal, esa filosofía insolidaria que, en la lucha por la supervivencia, deja en la cuneta del desarrollo insostenible a los débiles frente a los fuertes.”

La utilidad de este análisis mío ya puede ser comprendida mejor. Lo que trato de demostrar es la existencia de una mentalidad que se destruye a sí misma y que está ilustrada muy bien en el caso de la columna que analizo.

Es la mentalidad de quienes con muy buenos propósitos y admirables intenciones termina por dañarse y proponer lo menos conveniente para sus metas. La causa de este efecto contrario es un mal análisis —y el mal análisis se debe primordialmente al contagio de ideas marxistas.

Cuando se ponen sobre la mesa dos visiones tan opuestas como el comunismo y el liberalismo, y se intenta encontrar un sabio punto medio usando como herramientas de análisis las provistas por una de esas dos visiones, resulta muy natural que se llegue a una conclusión sesgada, que favorezca a una de ellas.

En este caso, Castelló acepta quizá sin querer, las herramientas marxistas y por eso llega a conclusiones que se inclinan al comunismo o al menos, rechazan al liberalismo. Esto, creo, es un defecto común en muchos escritos del mismo tipo.

Y es fácil detectar que la conclusión a la que llega el autor favorece al gobierno grande e interventor. Repito una cita de la columna, “el propio Estado de bienestar sufre el acoso del darwinismo social neoliberal, esa filosofía insolidaria que, en la lucha por la supervivencia, deja en la cuneta del desarrollo insostenible a los débiles frente a los fuertes.”

No hay duda alguna: el autor, un reportero, se ha convertido en defensor del estado de bienestar y, por esta razón, en su defensa de la libertad de prensa habrá elementos que defiendan a ese estado de bienestar y ataquen al liberalismo, al que califica muy duramente como darwinismo social.

Ya no se esperará objetividad de sus reportes, sino un sesgo a sus inclinaciones políticas. Es entonces cuando se presenta una situación en esencia grave, la del periodismo activista, que pone de lado la búsqueda objetiva de la verdad y se convierte en un arma de difusión política.

Es natural que Castelló, y quien comparta sus opiniones, ya no puedan dar información objetiva sobre los sucesos que reportan. Hablarán con simpatía sobre los gobernantes que propongan estados de bienestar y con antipatía de quienes propongan medidas liberales. Su misión ya no es la objetividad, sino la difusión de una escuela política.

Esto, en mi opinión, se agrava por una creencia adicional —Castelló afirma que “Cuando Reporteros sin Fronteras combate por la libertad de prensa, lo está haciendo también por los demás derechos, porque si no estaría proponiendo un mundo cojo y ciego renqueando al borde del abismo de la violencia.

A través de la libertad de prensa pueden y deben expresarse las demás libertades políticas y los derechos primarios básicos a la vida, al cobijo, el alimento, el vestido, y los no menos básicos a la integridad física, la salud, la educación… Y también los derechos a la paz y la igualdad solidaria y fraternal entre los seres humanos.

Al garantizar la posibilidad de expresión de las ideas y hechos respecto de todos los derechos humanos, la libertad de prensa contribuye a eliminar o dejar al descubierto las barreras que se oponen a su respeto.”

No son ésas las palabras de un reportero, ni de un periodista, sino las de un activista social que ha seleccionado una misión política, la de defender no tanto a la libertad de expresión, sino con ese disfraz, convertirse en una herramienta de difusión de una posición política inclinada a favorecer sin recato a ciertos gobiernos.

El embrollo mental de Castelló, debido a un mal análisis, vuelve a sus muy buenas intenciones un instrumento de defensa de ciertos intereses políticos. Ya no es el reportero a quien mueve el encontrar la verdad y reportar objetivamente, sino el periodista que piensa que va a salvar a la humanidad defendiendo a unos y atacando a otros.

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En su columna, Castelló menciona ataques a reporteros. Habla de

“trabas al ejercicio de la misión informativa, amenazas, agresiones, detenciones, secuestros, encarcelamientos, torturas, asesinatos de periodistas, con la intención de forzarles a la autocensura y al silencio informativo. Y cada vez que se silencia a un periodista, depositario profesional de la libertad de información, se está amordazando, cegando o ensordeciendo a una parte de la sociedad a la que informaba.”

Tiene razón, pero su visión es parcial. Es muy admirable que exprese quejas y reclame los ataques a la libertad de expresión. Pero si la libertad es integral, sería igualmente conveniente reclamar los ataques a las demás libertades —por ejemplo, los fraudes electorales en el país que sea y por cualquiera que los realice, independientemente de simpatías personales del reportero.

Por ejemplo, también, las limitaciones a la libertad económica, que suceden cuando los gobiernos limitan la actividad personal con impuestos, planes, leyes y disposiciones, violaciones a la propiedad privada, no diferentes en esencia a cuando se ataca a los periodistas.

Es éste el otro error en el análisis de Castelló —creer que la libertad de prensa es la libertad que solamente debe defenderse. Si una autoridad cualquiera ataca a la libertad económica, también está atacando a la libertad de expresión, pues sin independencia económica, la libertad de expresión sería nula.

Si se desea ser congruente, no hay otra ruta que aceptar a la libertad en todas sus manifestaciones, de lo que en todo el mundo existen fuertes evidencias al constatarse que donde existe libertad económica, también existe libertad de expresión y mayor respeto a los derechos de las personas.

Esto lo reconoce el autor mismo al decir en un párrafo muy revelador, lo siguiente,

“Entre los países que disfrutan del privilegio de la libertad de prensa están los más ricos del mundo. La libertad de prensa es un lujo más de los poderosos y su reparto es muy desigual entre las dos clases de países en que se divide la sociedad internacional: ricos y pobres. Éstos siguen condenados a padecer aquel ‘silencio de los pobres’ por falta de medios de expresión…”

He dicho que es muy revelador porque reconoce primero que la libertad de expresión está asociada con países avanzados. Es cierto. Pero, debe notarse el lenguaje usado que divide a la “sociedad internacional” en “ricos y pobres.”

Esa dicotomía es falsa y la realidad lo demuestra con pruebas innegables —pueden verse los movimientos en los países, como en Irlanda, Nueva Zelandia, Estonia y que el autor ignora. Es obvio a estas alturas que su análisis de la realidad es falso.

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He tomado un caso de lo que creo es un padecimiento común en muchas partes del mundo, el del una persona en una posición de influencia que ha adoptado una opinión errónea —un periodista cuyo deber esperado es el llevar información objetiva y que ha cambiado esta responsabilidad por la de un activista que defenderá a ciertas escuelas políticas y atacará a otras creyendo con eso redimir situaciones que considera injustas en un análisis equivocado.

Las intenciones son buenas, los medios son pésimos. Si se sigue al línea de pensamiento de Castelló, el periodismo ya no será confiable y dejará de ser libre, realmente libre, pues se pondrá al servicio de las autoridades con las que coincida en ideas —una nueva forma, muy sutil, de sojuzgar a la prensa sin necesidad de usar medios violentos.

La causa del error está en un mal análisis de la realidad —Castelló, como muchos otros, cometen el error de la ignorancia: no parecen ser personas preparadas en los terrenos sobre los que reportan. Una persona expresó esto diciendo que “muchos periodistas reportan hechos cuya naturaleza desconocen; saben ellos de comunicación, pero difícilmente conocen de economía, ni de política.”

La columna analizada lleva el título de Libertad de Prensa ¿para qué? Es en extremo aventurado y ciertamente muy soberbio el cambiar el papel de un periodista para convertirlo en redentor de males sociales. Muchos más beneficios se tendrían si el reportero con mayor humildad se concentrara en la tarea que debe cumplir, reportar lo más objetivamente posible los sucesos que cubre.

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