Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sexo: Usos y Abusos
Leonardo Girondella Mora
26 abril 2012
Sección: Sección: Análisis, SEXUALIDAD
Catalogado en: ,


Una posibilidad para entender mejor las diferentes opiniones que existen sobre el ejercicio de la sexualidad humana es el acudir a ejemplos cotidianos —que es lo que hago en lo que sigue, para después exponer mi idea.

Los que siguen con casos, tomados en la realidad, de ocasiones en las que se realizan actos sexuales:

- Un matrimonio. El esposo es de temperamento violento y autoritario. Ella padece sus abusos físicos y mentales. Entre esos abusos está el sexual. El esposo la fuerza a tener sexo con él a pesar de que ella no lo quiere.

- Dos amigas acuden con frecuencia a bares frecuentados por solteros. Vestidas de manera provocativa y con ademanes descarados, intentan llamar la atención a los hombres asistentes. Su objetivo es hacer alguna conquista con propósitos de tener una relación sexual esa noche o a la brevedad posible.

- Un hombre disfruta espiando desde su departamento ventanas abiertas en las que puedan verse mujeres que se desnudan mientras él se masturba.

- Dos adolescentes se conocen por casualidad sentándose juntos en un salón de clases. Se acompañan a la salida varias veces. Una de esas ocasiones es aprovechada por el joven para pedir a ella relaciones sexuales con el sistema de amigos con privilegios, ella accede pensando que su novio está estudiando fuera y él está peleado con su novia.

Los cuatro casos son diferentes, pero contienen un elemento en común: el deseo de tener placeres sexuales sin considerar vital la selección de la otra persona.

Los dos adolescentes acuerdan un sistema de favores sin compromiso entre ellos; al que mira por las ventanas no le importa quién es la otra persona; las dos amigas buscan a los que se acerquen a ellas; y el marido violento no considera la voluntad de su mujer.

Este común denominador permite ver el fondo común a esos casos y otros similares: el deseo de tener un placer sexual personal coloca a la otra persona como satisfactor de ese deseo —una especie de instrumento o herramienta que se usa en provecho propio.

En otras palabras, la otra persona tiene una prioridad secundaria —su selección no sigue otro criterio que el de poder ser usada en la satisfacción propia. El otro ha sido convertido en un dispositivo para lograr el objetivo personal del placer.

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Lo anterior lleva a dos posibilidades que se refieren al consentimiento en esos contactos sexuales.

• El acuerdo es voluntario entre las dos personas —como el caso de las dos mujeres en el bar y el de los adolescentes. En las dos ocasiones el consentimiento es mutuo pues ambas partes buscan su placer sexual encontrando que la otra parte tiene ese mismo objetivo. Acuerdan usarse uno a otro.

• El acuerdo es involuntario entre las dos personas —como en el caso del marido abusivo, y de cierta manera en la falta de conocimiento que tiene la mujer de estar siendo observada por una ventana. El caso más claro de esta posibilidad es el de una violación.

Son dos posibilidades, el de ser instrumento voluntario y el de ser instrumento forzado —pero en las dos se tiene la misma característica, el uso de otro como un dispositivo de placer sexual propio.

Me parece lógico y natural entender que usar a otras personas como mecanismos, instrumentos, o herramientas para satisfacerse personalmente, es indebido: rebaja a la otra persona, la reduce a ser un aparato dañando su dignidad.

Lo anterior es muy claro en el caso del marido abusivo —como también en el caso de una violación. Los casos de uso mutuo voluntario para la satisfacción sexual propia han sido considerados, por algunos, como aceptables ya que cumplen con la aceptación mutua, sin engaños y libre.

Sin embargo, a pesar de tratarse de acuerdos libres y sin engaño, como el el caso de los adolescentes, no deja de existir el ver en el otro un dispositivo impersonal de de satisfacción propia —podía ser este joven, o el otro, no importa en realidad quién con tal que cumpla con un cierto mínimo de expectativas.

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Lo anterior presenta ya la oportunidad de exponer la idea a la que he querido llegar: la de cómo tratar al sexo sin que exista esa reducción del valor del otro —el tema de tratar a la otra persona sin verla como un dispositivo o instrumento que es proveedor de placer sexual.

El caso de una prostituta puede ser un buen punto de partida para explicar lo anterior.

Es esa relación comercial existe un acuerdo mutuo y libre, por el que a cambio de una cantidad de dinero ella realiza ciertas acciones que producen un placer sexual —donde claramente ella es usada por él como una especie de artefacto y ella lo usa como proveedor de un ingreso.

La diferencia entre este caso y los tratados al inicio es clara, la falta de una compensación en dinero —pero hay igualdad en esa consideración hacia la otra parte, la de percibirla como un medio para un fin personal: los otros se vuelven un instrumento.

La pregunta surge de inmediato, la de qué tipo de relación sexual es el que no rebaja al otro —el que no lo reduce a un medio, ni al nivel de un artefacto para el placer propio. Me refiero a la naturaleza de un acto sexual en el que ambas partes son tratadas con la dignidad que poseen como seres humanos.

Creo que las siguientes condiciones deben darse cuando en una relación sexual se respeta la dignidad de la otra parte y también la propia:

• Cuando existe lo que se conoce como afecto entre las partes —no un afecto superficial y momentáneo, sino uno de tal intensidad que lleve a pensar en las personas en una relación real de largo plazo entre ellas y manifestada de otras maneras adicionales a la sexual o al mero gusto físico.

• Cuando existe un compromiso público de exclusividad mutua, posible de romper sólo por motivos extremos. Un matrimonio civil es una de esas maneras de expresar frente a otros el haber decidido los dos un acuerdo sólido entre ellos —como también lo es, y más fuerte, un matrimonio religioso.

• Cuando se respeta la naturaleza del acto sexual físico integral y completo —desde el placer que brinda hasta las consecuencias que puede tener, como el embarazo y el cuidado de los hijos en los años siguientes. Es un clímax no sólo físico, sino humano en toda su intensidad que significa crear otra vida.

Estas condiciones y quizá otras, evitan el problema de rebajar la dignidad del otro, e incluso la propia misma.

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Ha sido mi intención exponer el riesgo que existe en el ejercicio de la sexualidad cuando esa actividad produce un daño a la dignidad de la otra persona —por causa de considerarla un dispositivo de satisfacción personal, una especie de egoísmo que rebaja al otro a mero proveedor de placeres.

He especificado tres condiciones bajo las cuales se evita esa rebaja de dignidad —y, mejor aún, se respeta el valor de las dos partes, la alta dignidad de ambos.

La sexualidad es parte de la naturaleza humana y debe ser tratada con el mismo miramiento que se da a la nobleza que poseen todas las personas sin excepción —entender el sexo como un mero medio de obtención de placer es un atentado al alto valor que se tiene por el hecho de ser humano.

Finalmente, la idea de usar al otro, rebajando su dignidad a un mero instrumento, puede ser aplicada a la persona misma, a la que hace a los otros dispositivos de placer sexual personal. La persona que usa a otros, también se usa a sí misma —usa a su propio cuerpo como un instrumento de placer. También se convierte en un artefacto

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