Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Opiniones y Sociedad
Eduardo García Gaspar
11 noviembre 2015
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: Una Segunda Opinión
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«Es necesario estar abierto a todo», dijo la persona. Se refería a eso que llaman tener una mente abierta, que nada descarta.

En nuestra cultura, que acepta como sagradas tantas frases vacías, eso suele ser aceptado, incluso alabado.

Pobre de aquel que argumente lo opuesto advirtiendo sobre los peligros de una mente abierta sin restricción. «En fin, esa es mi opinión, nada puede descartarse realmente», añadió la persona.

Le comenté que si, como dice ella, nada puede descartarse, entonces tampoco puede descartarse que su opinión sea equivocada totalmente. Esto es una conclusión lógica de lo que había dicho ella; yo solo me limité a señalarle el punto. Ella solicitó respetar su opinión, no sin cierta indignación ante mii comentario.

En fin, otro caso de un fenómeno fascinante de nuestros tiempos, el de haber adquirido la idea de merecer dar opiniones sin que medien grandes esfuerzos por sustentarlas. Y, peor aún, la idea de exigir respeto para toda opinión sin importar qué tan idiota sea.

Quizá todo haya comenzado con un mal entendimiento de la libertad de expresión, comprendiéndola como un derecho sin obligaciones. La libertad de expresión, para sorpresa de muchos, implica una cierta obligación, la de saber de qué se habla. Cuanto más se sepa, mejor sustento tendrán las opiniones.

Sin esa obligación, se crea un mundo de opiniones y solo de opiniones, sin conexión alguna con la realidad; sin filtros ni sustentos, en el que surge un caos de posiciones contrarias y contradictorias. En total, un desorden. Un mundo sin apego a la verdad.

«La verdad no existe», me dijo alguien hace tiempo. No se dio cuenta de que eso que dice, según él, es verdad y que, por tanto, su opinión se niega a sí misma.

El asunto, me parece, bien vale una segunda opinión.

Se atribuye a Esquilo, pero también a Lord Ponsonby y a otros la frase de que «Cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima».

Pues bien, creo que la verdad es en realidad la primera víctima del reclamo irrestricto al respeto de la opinión propia. «Detesto lo que escribes, pero daría mi vida para que pudieras seguir escribiéndolo», escribió Voltaire. No está mal, pero supone que lo que el otro dice tiene cierta dignidad, cierto sustento.

Quien emite una opinión, la que sea, acepta haber entrado a un terreno en el que su opinión puede ser estudiada, desmenuzada, analizada e incluso negada. Es imposible renunciar a esta consecuencia.

El mero hecho de tener una opinión y expresarla abre la puerta a que otros, con el mismo derecho, expresen opiniones sobre la primera (y que no necesariamente serán favorables).

En muchas ocasiones,, sin embargo, quien emite una opinión intenta que ella quede libre de toda otra opinión que la ponga en duda. La petición de respeto a las opiniones, la solicitud de tolerancia, llegan a ese extremo. Crean así el desorden al que me refiero.

Un desorden que a nada provechoso conduce, tan solo a un mundo en el que la necedad reina y la verdad perece. ¿Cómo ordenar opiniones? Es necesario tener algo que las ordene, que las filtre, que las descarte y pruebe. Ese algo es la verdad y conforme la opinión de aleje de ella, merecerá menos respeto.

Mi punto central y que creo que bien vale una segunda opinión es que el tener opiniones y expresarlas es un juego eminentemente social.

Y si todos tienen derecho a opinar sería un absurdo quitar a otros el derecho a opinar sobre lo que yo opino. Solamente Robinson Crusoe tendría el privilegio de tener opiniones sin que nadie más las cuestionara.

Por eso, el reclamo irrestricto al respeto de la opinión propia es una fantasía. Significaría negar el derecho a opinar del resto y solo podría tenerlo quien vive en total aislamiento. Más aún, es la posibilidad de opinar sobre las opiniones ajenas el proceso que por ensayo y error puede acercarnos a la verdad del conocimiento.

Y, lo siento mucho, pero si alguien emite una opinión, la que sea, admite inevitablemente que otros tengan opiniones sobre la suya, aunque duela, aunque se indignen, aunque reclame respeto. Si no se quiere correr el riesgo de que las opiniones propias sean atacadas, la única solución es quedarse callado y aún así…

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