Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Comerciantes, Intermediarios
Eduardo García Gaspar
6 junio 2016
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es como in clisé. Una creencia gratuita. Me refiero al odio que produce la idea del intermediario, del comerciante.

Ese que compra a unos para vender a otros. ¿Está justificado ese recelo, incluso rencor? Veamos esto con calma.

Me imagino que el comerciante realice una función considerada como útil por la gran mayoría de las personas. Si no lo hiciera, las personas no usarían al intermediario.

Ellas, por ejemplo, van a un supermercado porque piensan que es mejor hacer eso que visitar las fábricas de cada producto que necesitan.

El comerciante pone en el mismo lugar el ron Bacardi que me gusta, a las cebollas que necesito y a las salchichas que se comerán mañana en casa. Prefiero ir al supermercado que hasta Guatemala para comprar Zacapa y luego hasta la tierra del cultivador de cebollas.

La idea es clara, el comerciante agrega valor a lo que ha comprado para luego venderlo. Un valor que se agradece y que toma la forma real de un margen de utilidad: a lo que ha comprado le ha añadido una cantidad adicional.

Es decir, compro la cebolla a un precio mayor al que tendría comprando directamente al campesino que las cultiva.

Las personas, claramente, prefieren pagar un precio superior por las salchichas que el ir hasta la planta que las produce y comprarlas allí a un precio menor. Eso crea el ingreso neto del comerciante, algo que me parece que está perfectamente justificado.

Ese ingreso es una compensación por el trabajo que realiza y los costos que tiene, más los riesgos que corre. De cierta manera, el comerciante también produce un bien. Un bien intangible, el de la accesibilidad de bienes. Una labor de acercamiento entre productores y consumidores.

Aún así, los intermediarios suelen ser vistos con dosis fuertes de recelo:

«… en una economía plagada de intermediarios voraces e inútiles…»

Como gente que es villana:

«[…] la CNC puso en marcha un programa de comercialización directa al consumidor de romeritos y nopales para esta temporada de Semana Santa el cual busca “frenar la voracidad de intermediarios, quienes incrementan los precios de dichos productos hasta en 3 mil por ciento”».

Como gente que daña al pueblo:

«[…] establecimiento de mercados para la venta de los productos agrícolas e industriales, pero sin la intromisión de intermediarios voraces que le hacen la vida cara y pesada al pueblo […]».

Una vez aclarada la función del comerciante o intermediario, y, me imagino, también justificada, debemos ir un paso más allá.

¿Es el intermediario un ser perfecto, un ángel que nunca cometerá faltas?

Por supuesto que no, como tampoco lo es ningún productor, ningún trabajador, ningún gobernante.

Sería un tanto tonto tener la expectativa de que no hubiera intermediarios que cometieran abusos, que realizaran fraudes, que se comportaran fuera de la ley y de la moral. Nadie está exento de ese tipo de conducta, sea o no intermediario.

Se llega así a una conclusión razonable. La de no prohibir el comercio ni la intermediación porque sus actores se comportan de manera reprobable. Tampoco podría usted prohibir por esa razón la existencia de abogados, ni de doctores, ni de gobernantes, ni de sindicatos.

Visto en un plano amplio no hay más remedio que aceptar que vivimos en un mundo imperfecto y que habrá personas que cometan actos indebidos. Los comerciantes no son los únicos, mucho me temo.

Aceptando esta imperfección general y aceptando también que los comerciantes añaden valor que reconocen compradores y vendedores, queda un camino razonable para minimizar, no desaparecer, acciones reprobables.

Tener buenas leyes y aplicarlas con objetividad a todos por igual. Pero, sobre todo, tener mercados abiertos de intermediación. Esto significa, en el caso más simple, que cualquiera pueda dedicarse al comercio: varios supermercados, varias tiendas de departamentos. Lo conocemos como competencia.

La realidad de intermediarios compitiendo entre sí es un mecanismo que canaliza los deseos de ganancia material en una sana dirección, la de ofrecer valor a los compradores y vendedores. Esto, en buena parte, ejerce una presión hacia precios bajos y hacia calidad y accesibilidad.

No es complicado.

Post Scriptum

No resisto señalar que la última de las citas es parte de un ideario político en el que su sexto punto propone «Efectivo reparto equitativo de la riqueza nacional, con lo cual la economía del pueblo pueda mejorar en el menor tiempo posible…».

Imagine usted que eso se hace, se reparte la riqueza nacional entre todos. Lo primero que hay que hacer es tener alguien con el poder suficiente como para despojar a otros de sus propiedades, es decir, el primer paso de la redistribución de la riqueza es tener una autoridad de naturaleza tiránica (un requisito tan indispensable como suicida).

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