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El Legado de Gramsci
Selección de ContraPeso.info
18 agosto 2016
Sección: ESCUELAS, Sección: Análisis, SOCIALISMO
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La idea del socialista más peligroso es el tema de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es «The Most Dangerous Socialist in History».

Olvide a Lenin. Un académico italiano de suaves modales que murió hace 79 años puede llegar a ser considerado el más influyente de todos los marxistas.

Como un asunto de principio, a los marxistas no les preocupan los escrúpulos. Ellos matarán, robaran, mentirán, aplastarán al inocente —lo que sea necesario para avanzar la revolución. El mismo Marx nunca rehuyó de lo que su programa implicaba.

Escribió en 1849, «Cuando llegue nuestro turno, no vamos a poner excusas para el terrorismo». Los actos de sus apóstoles, que van desde Lenin a Stalin, Che Guevara, Mao y Pol Pot, comprueban sus «principios», incluso si ellos significaron gulags, campos de «reeducación», o simples asesinatos.

En el largo plazo, sin embargo, es muy posible que el más efectivo de los marxistas haya sido un filósofo, periodista, comunista oficial italiano, que pasó los últimos once años de su vida en las prisiones de Mussolini.

A diferencia de algunos otros comunistas de su generación, Antonio Gramsci no manchó sus manos con sangre. No firmó órdenes de ejecución. Incluso fue juzgado un tanto hereje por marxistas más ortodoxos de su tiempo.

Las ideas de Gramsci, sin embargo, ayudan a explicar la razón por la que tantas de las instituciones culturales de Occidente están hoy podridas con las ideas y la retórica de izquierda.

De la Economía a la Cultura

Llegado el momento, Marx pensaba que solamente dos cosas eran importantes: el poder y el dinero. Ese es el significado sencillo de todo su hablar sobre «controlar» los medios económicos de producción.

La burguesía controlaba a las sociedades capitalistas, según Marx, mediante el control de la industria y el capital. Para «liberar» al proletariado, los comunistas deben tomar el control de los medios de producción.

Por tanto, en el nombre del proletariado, los regímenes comunistas invariablemente colectivizaron a la mayor parte de la actividad económica y restringieron severamente la propiedad privada del capital.

Esta visión presupone que la economía es el motor fundamental de todo. Mientras que Marx y Lenin reconocieron el poder de fuerzas como la religión, consideraron a esos fenómenos esencialmente como efectos secundarios de las relaciones de dinero y poder.

En concordancia con esta lógica, el Cristianismo sirve para distraer a la clase trabajadora (como un «opio») de su miseria en las economías capitalistas. Una vez que el proletariado haya adquirido el dominio sobre la economía y expulsado a la clase media, el Cristianismo y otras formas de religión serían mostradas como fraudes y eventualmente desaparecerían.

Sin embargo, Antonio Gramsci tenía una opinión diferente.

Nacido en 1891 en Cerdeña, Gramsci —como muchos otros intelectuales europeos de principios del siglo XX— gravitaron hacia el socialismo. Se convirtió en miembro del Comité central del Partido Comunista italiano (PCI) en los años 20, delegado italiano en la Internacional Socialista de 1922 y eventualmente fue secretario general del PCI.

Esto le aseguró un puesto destacado en la lista de enemigos de Mussolini. En noviembre de 1926, Gramsci fue arrestado y pasó el resto de su vida en la cárcel, muriendo en 1937.

Como muchos otros presos políticos, Gramsci usó su tiempo en prisión para desarrollar sus ideas. Lo hizo en su correspondencia, así como en lo que llegó hacer conocido como sus Cuadernos de la Cárcel. Publicados después de la Segunda Guerra Mundial, ellos abordaron temas que van desde Maquiavelo hasta los jesuitas.

El argumento más importante del Gramsci, sin embargo, lo separó de otros marxistas y la atención de estos en la organización de los trabajadores fabriles y la confiscación de granjas campesinas.

Gramsci se enfocó a la cultura. Manteniéndose como marxista, él vio al arte, la literatura, la educación y a todos sus otros elementos a través del la lente infectada de la lucha de clases. Pero se dio cuenta de que estas cosas no solamente respondían al poder económico y político; también lo producían.

Es así que si la izquierda quiere ganar, debe de obtener el control de los «medios culturales producción». Gramsci insistió en que los marxistas habían subestimado la importancia de las instituciones formadoras de cultura, como los medios, las universidades y las iglesias, en la decisión decidir si la izquierda o derecha obtendría el control (o para usar su palabra favorita «hegemonía»).

Marchando por las Instituciones

Gramsci pensaba que todas estas instituciones culturales no eran neutrales, sino que en realidad estaban sirviendo como una gran máquina de propaganda a nombre del capitalismo. Hasta que los izquierdistas llegaran a dominarlas, no podrían ser capaces de convencer a suficientes personas para apoyar su revolución.

Esta parte de su tesis fue como maná caído del cielo para muchos intelectuales occidentales de izquierda. En lugar de unirse a alguna colectividad fabril o hacer bombas en un sótano, un profesor de izquierda podría ayudar a la sociedad a liberarse de la explotación capitalista escribiendo ensayos en su oficina o dando clases a estudiantes.

En este escenario, la fuerza revolucionaria se desplaza del proletariado hacia los intelectuales de clase media.

Para aprovechar las «alturas culturales» de la sociedad estos izquierdistas deben difundir lo que el teólogo reformado francés Paul Ricoeur llama «la hermenéutica de la sospecha». En pocas palabras, esto significa que nada es lo que parece. Al parecer, las ideas benévolas (como ‘justicia’ y ‘debido proceso’) deben ser expuestas como estratagemas cínicas de la burguesía que sirven para ocultar injusticias sistemáticas.

El estado de derecho, por ejemplo, no se entiende ya como un compromiso de igualdad ante la ley y un comportamiento no arbitrario. En su lugar, es «desenmascarado» como una herramienta para negar la justicia a minorías varias.

La Revolución Americana no es una defensa basada en principios de antiguas libertades en contra de la tiranía creciente; sino que es un esfuerzo de los colonos blancos y ricos para mantener sus privilegios. La civilidad es descartada como algo que limita la gente a expresar su indignación en contra de la injusticia. Incluso el idioma inglés se muestra como una encarnación de la opresión «patriarcal» en contra de las mujeres.

Hoy en día departamentos completos de humanidades y ciencias sociales (por no mencionar escuelas de periodismo) en universidades de Europa Occidental, Norteamérica y América Latina, son esclavos de la búsqueda de opresores ocultos.

En términos prácticos, la estrategia del Gramsci significa también que la izquierda juega rudo cuando se trata del funcionamiento interno de numerosas instituciones.

Por ejemplo, no importa qué tan bueno sea el periodismo de un cristiano devoto o de un judío religioso. Tampoco es importante que un político conservador o un defensor del libre mercado haya realizado una investigación de vanguardia en su campo académico o producido una película excelente.

Tales personas deben ser marginadas por causa de su fe o de su política para que no amenacen a la «hegemonía» de la izquierda en los medios de «producción cultural». La verdad ya no es importante, porque la verdad es solamente un concepto inventado por la clase dominante.

Lo que importa es la consecución y el mantenimiento del poder, para que millones de consumidores de medios y miles de estudiantes universitarios continúen siendo iluminados acerca de las estructuras ocultas del privilegio.

El aspecto más insidioso de esta mentalidad es que su lógica, sobre sus propios términos, no puede ser refutada. Si usted cuestiona, por ejemplo, la hermenéutica de la sospecha, entonces usted debe ser parte de aparato de control de la clase dominante, aunque no se dé cuenta de ello. En lo peor usted es el mal; o lo menos malo, usted es un ingenuo.

Como una vez observó Joseph Ratzinger, esta es la réplica acostumbrada usada por los teólogos marxistas de la liberación cuando se cuestionaban sus posiciones.

La peor parte de la herencia de Gramsci es que ha trascendido con efectividad más allá de sus orígenes marxistas. Su posición se da ya por sentada en millones de profesores, escritores, incluso ministros religiosos, que no tienen idea que están comprometidos con el marxismo cultural.

Así, mientras los paraísos socialistas construidos por Lenin, Stalin y similares hicieron implosión hace más de 25 años, la mentalidad de Gramsci sigue viva y florece en la universidad cercana a usted, y en más de unas pocas iglesias y sinagogas progresistas.

Las amplias estructuras del cinismo sobre las que se han construido las ideas de Gramsci, que penetran hoy a la sociedad Occidental, resultarán ser mucho más difíciles de desmantelar en los toscos bloques de cemento del antiguo muro de Berlín.

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