Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cada Uno en su Campo
Eduardo García Gaspar
2 mayo 2002
Sección: EDUCACION, GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Tengo un amigo que es un experto en vinos, o al menos sabe veinte veces más que yo. Cuando quiero un consejo sobre vinos, le hablo, o consulto algún sitio en Internet.

Porque no le voy a hablar a otro amigo que es un experto en música New Age para que me resuelva dudas sobre vinos. Ésta es una conducta lógica, creo.

Me refiero a la razonable acción de acudir con los expertos a pedir consejo cuando se tiene duda de algo. Cuando tuve un terrible dolor en el estómago, lo que hice fue ir a un hospital, de emergencia.

Hubiera sido del todo disparatado ir con mi amigo experto en vinos a pedirle consejos sobre ese dolor. Las personas tenemos nuestras especialidades y nuestros campos de acción.

Si tengo alguna pregunta sobre Economía, por ejemplo, acudo a libros o le mando un correo a un respetado economista de alto sentido común que conozco. Eso resuelve las dudas con una racionalidad muy aceptable y de escasos riesgos.

No es algo difícil de entender. Lo que me maravilla en lo personal es la cantidad de veces que ese principio se viola abiertamente y nosotros no nos damos cuenta… es más, apoyamos la opinión del inexperto que habla de lo que no sabe.

El fenómeno, pienso, se inclina hacia algunas profesiones más que otras. Por ejemplo, los médicos la sufren.

Allí tiene usted a la persona que ha estudiado veinte o más años medicina, que intenta sanar al tipo que tiene la vesícula con piedras en medio de grandes dolores y que compite con otra persona que nunca se paró en una clase de anatomía, que cree que la clavícula es una reina griega muy alocada y que receta unos tés de clavo con lechuga recién cortada para remediar a esa vesícula a punto de reventar.

Otro ejemplo, el de los economistas. Igualmente, gente que ha llegado incluso al doctorado y que está compitiendo con personas que no saben cómo funcionan la demanda y la oferta pero que hablan con entera certeza de la política de gasto gubernamental.

Y este es un caso real que acabo de ver.

No resisto la tentación de aventar una segunda opinión para ver este caso de la vida real. Él es una persona, en una posición de influencia y de muy buenas intenciones, pero que de Economía sabe lo que yo de las contracciones musculares del tórax de los palmípedos australianos.

Pero resulta que recomienda abiertamente medidas iguales a las que llevaron a la ruina a Argentina, un gasto alocado e irracional del gobierno.

Lo hace abiertamente, sin rodeos, argumentando que ésa es la forma de ayudar a resolver la pobreza de nuestro país. Por no dejar las cosas a la ligera, le hablé a un par de economistas que conozco y les conté el caso.

Más aún, me puse a leer sobre esas cuestiones, incluso hasta cuestiones escritas en el siglo XVII sobre el tema. De esas consultas se deriva una conclusión absoluta: si hacemos lo que propone esa persona terminaremos sin remedio en una crisis como la de Argentina ahora, o la de México en 1982.

No se puede gastar de más en el gobierno sin consecuencias serias que elevan el nivel de pobreza… no la mejoran, la empeoran. Y, sin embargo, esa persona usa su posición para promocionar su idea, la de un gasto gubernamental grande y deficitario.

El problema se agrava, pues esa persona es un sacerdote, lo que sin duda es una posición de autoridad y ascendencia sobre muchas personas.

Sin saber de Economía cualquiera daría por bueno el razonamiento de esta persona. Sólo los que conocen algo del asunto podrán argumentarle en contra y ganar la discusión rotundamente.

El punto de esta segunda opinión es doble. Por un lado, desafortunadamente tenemos a personas sin conocimientos pero en posiciones generales de autoridad que promueven medidas económicas destinadas a crear problemas mayores de los que tratan de resolver.

Se meten en terrenos técnicos que desconocen y la credibilidad de sus opiniones sólo viene de su posición de influencia espiritual. Pero, por el otro lado, esas personas descuidan la labor a la que se deben consagrar.

¿No preferiría usted que esa persona empleara su tiempo hablándonos de Dios y se olvidara de promocionar a Keynes? Porque de Dios ella sabe mucho, pero de economía no sabe nada. Y, francamente, nos hace más falta gente que nos hable de Dios que personas que promocionen políticas deficitarias de gasto gubernamental. Es una cuestión de prioridades urgentes.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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