Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Impuesto Parejo, Necesario
Eduardo García Gaspar
24 enero 2005
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


En 1776 fue publicada “La Riqueza de las Naciones”, una obra que cambió al mundo, o por lo menos eso se dice. Dentro de ella hay una breve sección que trata sobre los impuestos, a los que analiza bajo un enfoque diferente al actual.

Su autor, Adam Smith, trata a los impuestos con sencillez y sentido común, lo que contrasta con el enfoque moderno que es complicado y complejo hasta el extremo.

La realidad es que no hay otra opción, los ciudadanos debemos pagar impuestos como un precio con el que se cubren los servicios que presta la autoridad, como vigilancia, tribunales, emisión de leyes, representación internacional, ejército, todo eso que el gobierno debe hacer. Digamos que es el precio de la protección civil que tienen los ciudadanos.

Reconociendo que se trata de un cobro forzado, que se apoya en la fuerza de la autoridad y cuyo incumplimiento significa castigos, lo menos que puede esperarse es que los impuestos sean sencillos, conocidos, fáciles de pagar y demás.

Por ejemplo, no es un buen impuesto el que dictamina pagos inciertos o confusos, que diferentes personas calculan con resultados distintos. Deben ser, igualmente, los más bajos posibles, para no afectar las finanzas personales.

Todos esos consejos de Adam Smith, de hace más de dos siglos, son lo contrario de lo que en realidad se hace en la actualidad, cuando las leyes fiscales son complejas, ilegibles y extensas. Peor aún, ellas decretan impuestos altos e inciertos.

Sin embargo, en el horizonte existe ya una clara corriente contraria, el regreso del sentido común, con leyes fiscales que en verdad son loables. Recientemente, Rumania y Georgia emitieron leyes fiscales bajo el principio del impuesto parejo: todos pagan lo mismo.

Por ejemplo, en Georgia, empresas y personas pagan 12 por ciento de impuesto, inferior incluso al impuesto parejo ruso de 13 por ciento. En el caso de Rumania, la tasa es de 18. Hay otros países en esa parte del mundo que están haciendo lo mismo. En Estonia es 25, igual que en Latvia. En Ucrania es 13, igual que Rusia y en Serbia es 14.

No está nada mal esto y, la verdad, es un sueño dorado para cualquiera que tenga que pagar impuestos. Tan lo puede ser, que quizá remedie en buena proporción la evasión, al menos, la generada por la complicación de las leyes. La verdad es que así deberían ser las leyes, todas ellas. ¿Por qué no lo son?

Es más o menos fácil contestar esa pregunta. La más obvia de las causas de impuestos barrocos es el legislador mismo. Para él, emitir una ley sencilla es contrario a su naturaleza, pues así él parecería no haber trabajado y no haber justificado su misión redentora de la humanidad.

Se sentiría desilusionado si llegase a emitir una ley fiscal de cinco páginas. En cambio una ley fiscal de 300 páginas y mil de comentarios le hace aparecer como gente cumplida e importante.

La otra razón es que los impuestos complicados permiten a los gobiernos hacer favores y concesiones a quienes tienen influencia. Exenciones a la agricultura, tratamientos preferenciales a la minería, impuestos especiales a los cigarrillos, tasas a las importaciones.

Todos son mecanismos de otorgamiento de favores y de castigos que los gobiernos adoran tener a mano. Desde luego, el efecto neto es una ley compleja que viola todo sentido común.

La solución está en romper la inercia y regresar a lo básico en las cuestiones fiscales. Esto es similar a lo que siente el novio en la primera noche de la luna de miel: sabe lo que tiene que hacer pero no sabe cómo empezar y se pone nervioso.

Y es que las leyes complejas actuales deben tirarse a la basura, literalmente, para emitir nuevas al estilo de las de esos países. Romper con el pasado no es sencillo en la mente de los gobiernos, especialmente entre los legisladores.

Y, desde luego, se opondrán todos los beneficiados por la complejidad fiscal, esos a los que se han dado tratamientos de privilegio fiscal. El caso de México es representativo de esta situación en la que se sabe lo que debe hacerse, pero nunca se hace.

Fue durante la presidencia de Luis Echeverría cuando en los años 70 se planteó por primera vez la necesidad de una reforma fiscal, la que hasta la fecha no ha llegado. No puede haber otra causa real de fondo que la mediocrida.

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