Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Orgasmo de Arquímedes
Eduardo García Gaspar
12 mayo 2008
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hace poco fui testigo de una conversación en verdad fuera de lo común. Varias personas hablaron de los mayores placeres a los que podía aspirar un humano. Se comenzó por lo más obvio y pedestre, pero se terminó con algunas ideas que no son comunes. El tema había surgido por casualidad y lo mantuvimos varias horas.

Desde luego, las primeras cosas mencionadas son las que usted se imagina e incluían todas las cuestiones físicas. Se habló de lo placentero de tomar algún platillo excelso, o beber algún vino fuera de serie. De estar en algún lugar privilegiado, que podía ser para unos una playa maravillosa y para otros una catedral barroca.

De los otros placeres físicos también se habló, aunque no me atrevo a mencionar los detalles más concretos. Uno de los asistentes mencionó esa frase que habla mal del sexo porque es un placer efímero, la posición es incómoda, se suda demasiado, está limitado a ciertas edades y no me acuerdo qué más.

Hubo las risas que todo tema como ése causa, hasta que un par de los participantes apoyaron casi al mismo tiempo una idea: nuestra vida debe estar justificada por algo de más peso que un buen queso stilton, un vino Vega Sicilia, una hamaca en Cancún, o una suave piel en un cuerpo torneado. Esto fue lo que dio origen a las menciones de los viajes y lo que uno se enriquece con ellos: es la noción de que existen muchos placeres en la vida, pero que no todos tienen la misma jerarquía.

Otro dijo que dependía del viaje. Una visita a París, por ejemplo, podía ser dedicada a cuestiones históricas y de museos, pero también a la visita de lugares no precisamente culturales, lo mismo que en Amsterdam. Otro habló de libros y el gran placer que ellos brindan cuando interesan al lector, a lo que siguió otro diciendo que depende del libro: “no es lo mismo leer el de Las Perfectas Cab…as que El Quijote.”

Fue entonces que alguien, que no recuerdo, habló de los placeres intelectuales como mucho más intensos que los físicos: se pueden tener a cualquier edad, son duraderos, no hay necesidad de estar en privado… en fin, una serie de ventajas grandes y, por si fuera poco, dijo, son más intensos.

El más conocido ejemplo de un orgasmo intelectual, por usar una expresión más explícita, fue uno que aprendimos en primaria. Es del célebre Arquímedes y su “eureka, eureka”, cuando descubrió que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de fluido desalojado. Y en ese momento, salió de la tina, desnudo por las calles de Siracusa gritando.

No es diferente a la solución de un sudoku o un crucigrama. O a la respuesta que alguien trata de encontrar para solucionar un problema. Puede ser el descubrimiento de las ruinas de Troya después de años de trabajos de Schliemann. De mi parte, recuerdo el gigantesco placer de leer Tiempos Modernos de Johnson y, hace muchos años, la lectura de Sherlock Holmes, y el descubrimiento de una manera diferente de calcular análisis de varianza que resolvió un problema serio que tenía un cliente.

No hubo conclusiones en esa conversación, pero sí fue un placer en sí misma porque los que participaban dejaban hablar al resto y los escuchaban. Nadie quiso imponer sus opiniones y algunos las cambiaron. Confirmamos, sin darnos cuenta, que efectivamente hay placeres mayores a los físicos. Cierto que bebimos, comimos y fumamos, pero eso era accidental. Lo central fue la conversación.

Por mi parte, me llevé varias conclusiones. Sí es posible tener conversaciones que van más allá de los temas gastados y abusados. Sí es posible escuchar y cambiar de opinión. Pero sobre todo, sí es cierto que las personas humanas somos criaturas con inquietudes mentales. Nos hacemos una pregunta, al menos, que nadie más puede hacer, ¿por qué? Y cuando logramos responderla, sentimos gran placer.

Tenemos necesidades físicas, cierto, a las que refinamos notablemente. Pero hay otra parte también humana, llámale usted mental, espiritual, intelectual, que también tiene necesidades que al ser satisfechas producen un deleite intenso.


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