Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Embrutecidos, una Explicación
Eduardo García Gaspar
6 abril 2009
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Alguien dijo que el ser columnista necesitaría hacer un agradecimiento diario a los gobernantes. Ellos nos proveen todos los días con un material interminable de palabras y acciones que ilustran la enorme capacidad humana para errar. Es claro que ello nos simplifican la vida a los columnistas.

No tenemos que trabajar mucho encontrando temas e ideas para nuestros escritos. Un caso actual ocupa un lugar destacado. El de la noticia de una orden de arresto en contra de funcionarios del gobierno anterior de EEUU: A. González, Procurador General, D. Feith subsecretario de Defensa y D. Addington, jefe de personal de la vicepresidencia, más otros tantos.

La orden de aprehensión fue emitida por Baltasar Garzón, el célebre y famoso juez español, quien dio seguimiento a una queja presentada por un grupo de defensa de derechos humanos de ese mismo país. La acusación es directa: ellos son culpables de desarrollar el marco jurídico que creó la prisión de Guantánamo y permitió torturas a sus prisioneros. Deberán ser juzgados por eso.

Si el proceso continúa, las personas acusadas podrían ser arrestadas en caso de visitar países en los que las órdenes de aprehensión sean válidas. Que un juez en el país A puede ordenar el arresto de personas del país B, se debe a un concepto que se llama jurisdicción universal o competencia universal. Usted o yo podríamos ser arrestados por la orden de un juez de un país que jamás hayamos visitado.

La situación es verdaderamente graciosa y crea una anarquía de consideración. Cualquier persona en cualquier parte del mundo podría ser arrestada siguiendo las órdenes de un juez cualquiera en otra parte del mundo. Garzón estaría encantado de prestar ese servicio. Cree usted una ONG, la que sea, y acuda con Garzón para acusar al que usted quiera.

Garzón en este caso y otros que pueden seguir, se convertirían en jueces mundiales, una especie de corte suprema de justicia global. Todo gobernante en todas partes del mundo estaría bajo la jurisdicción de esos jueces y tendrían que actuar bajo el temor de ser arrestado si se le acusa de algo que a otro no agrada.

El asunto es maravilloso, como una especie de comedia del absurdo mezclado como dosis de dada y surrealismo. Los acusados en este caso no son gobernantes de primera línea y no tomaron acciones. Se limitaron a dar consejos. Al mismo tiempo, otros casos pasan desapercibidos, como los de Corea del Norte, Sudán, Myanmar, Zimbabwe, China, Arabia Saudita.

Pero el punto central es el de la adjudicación de poder más allá del debido. He escrito una y otra vez que el poder es el mayor de los afrodisiacos, la afortunada frase de Kissinger. No hay un sueño mayor para un juez que el de hacerse del poder suficiente como para juzgar a cualquiera en todo el mundo.

Ya lo hizo Garzón hace más de diez años, cuando ordenó el arresto de Pinochet en Londres. Y, de seguir así, todos los gobernantes en todas partes actuarán pensando en lo que Garzón opine de ellos, no sea que se le ocurra ordenar su arresto. Garzón sería un gobernante global de facto. Esta reducción al absurdo sirve para ilustrar lo ridículo del suceso.

Comencé diciendo que los gobernantes proveen una lista interminable de sucesos dignos de ser comentados, tantos que el columnista tiene un problema central, el de seleccionar cuál de todos los hechos es digno de ser resaltado. El caso de Garzón es uno realmente notable.

Pero el columnista también tiene otro problema, el de tratar de explicar el suceso y sus consecuencias. En este caso, ya mencioné algunas de ellas. Pero, queda por ver qué es lo que está dentro de la mente del gobernante, un juez en este caso.

Estoy seguro que algún siquiatra tendrá alguna explicación de trastornos mentales posibles, pero quizá la mejor de ellas haya sido dada por Acton, eso de que el poder corrompe conforme aumenta. A esto me agrada añadir otra explicación, la de Tuchman, la historiadora, que dijo que el poder también atonta.

Las explicaciones sencillas son las mejores. Siguiendo el principio de la navaja de Occam, puede entonces decirse que la causa es mental y se debe a que sufren de atontamiento. Es decir, los gobernantes son más propicios al embrutecimiento. Es duro decirlo, pero resulta la explicación más adecuada.


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