Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Hipótesis del Ángel
Leonardo Girondella Mora
24 septiembre 2009
Sección: GOBERNANTES, Sección: Análisis
Catalogado en: ,


Es mi impresión, más o menos justificada, que la popularidad del intervencionismo estatal tiene un fundamento que no ha sido hecho explícito —en su versión popularizada, se piensa que el intervencionismo estatal creará una sociedad perfecta, estable, justa que hará la vida de la persona una carente de preocupaciones.

Es la hipótesis del ángel —la de las ranas en busca de un rey— y que explico en lo que sigue.

El antecedente es la idea platónica de una sociedad que no cambia porque ha alcanzado la perfección bajo el mando de una autoridad que no puede ser cuestionada. En su modalidad moderna, la idea sigue vigente —el intervencionismo estatal hará posible esa sociedad perfecta, la recuperación del paraíso, en el que todos tienen trabajo de por vida, se produce lo que se necesita a precios justos y no hay motivo alguno para protestar ante esa autoridad benévola.

Este panorama de un paraíso angelical recuperado puede verse hoy en día —la crisis económica en su versión reportada por la mayoría de los medios dominantes contiene una idea central que es cimiento de todo: si hubiera existido una buena regulación estatal la crisis no se habría tenido y para remediarla no hay más opción que más regulación estatal en busca de ese mundo sin preocupaciones.

Poco o nada se dice de las acciones de Fannie May y Freddie Mac, de la laxitud de la Fed, de la influencia gubernamental para financiar hipotecas artificiosamente, de la reglamentación existente.

Son demasiado complicadas esas explicaciones —la gente necesita algo más simple de entender y que los reporteros alcancen a comprender, como culpar a la codicia de los financieros, la voracidad de los inversionistas y, por supuesto, la necesidad de más reglas impuestas por los gobiernos.

En este terreno mi punto es claro —la necesidad de una explicación simplista de la crisis para consumo popular, por supuesto, pero también para consumo de otros dos actores, el de reporteros sin preparación y el de gobernantes con ambición. Y esa explicación que satisface a ellos tres es simple de escribir: la crisis se debió a falta de regulación estatal, por lo tanto, el remedio es una perfecta regulación financiera y bancaria.

Si las crisis financieras y bancarias se remedian con más amplias capacidades regulatorias de gobierno, sigue la lógica, es obvio que el resto de los problemas se resolverán de la misma manera, con más intervención estatal —el paraíso terrenal puede recuperarse por medio de gobiernos con más poderes y más atribuciones.

Otra manera de denominar a este paraíso es el “nuevo orden económico” —que muestra ese énfasis en la idea de un orden impuesto por la autoridad. Nadie, nada, puede hacerse que aceptar esa verdad que la explicación simplista da: lo mejor que puede hacerse es tener más gobiernos más poderosos.

En la mente popular, que abraza explicaciones simples y aborrece las que le obligan a pensar, se anticipa un paraíso posible, el de una sociedad sin preocupaciones que no puedan satisfacerse con el intervencionismo estatal —servicios médicos universales, créditos blandos, apoyos al campo, subsidios a la industria, altos salarios por decreto, educación pública desde primaria hasta universidad, casas para todos, alimentos subsidiados.

En la mente intelectual, que adora mundos simples con explicaciones vagas y obtrusas, el paraíso terrenal es anticipado también, el de una sociedad con estructuras justas, precios justos, remuneraciones justas, en total armonía de acuerdo con un plan preconcebido por los iluminados —ellos mismos y sus héroes intelectuales.

En la mente de los medios, que clama por explicaciones sencillas que pueda comprender quien escribe sobre temas que no conoce y que presupone que su audiencia es tonta, el paraíso puede recuperarse y es anticipado en su hipótesis inicial eterna: el gobierno debería hacer algo. No importa que mil veces haya reportado fallas de gobierno, su fe en él sigue siendo ciega.

En la mente académica, que crea modas sustentadas en el manejo de palabras de escaso significado, el paraíso es posible y se anticipa en lo políticamente correcto —con palabras clave del nuevo lenguaje: tolerancia, muticulturalidad, justicia social, comercio justo, género, igualitarianismo. Términos defendidos como si fuesen dogmas inapelables que sólo pueden ser impuestos usando la autoridad de los gobiernos.

Y en la mente de los gobernantes, que se ven a si mismos como salvadores universales de cualquier problema, el paraíso puede tenerse en esta tierra, si tan solo se les dejara hacer lo que ellos quieren —el mismo reclamo de Platón.

Toda la ambición es esa sociedad perfecta, sin vaivenes, ni problemas, en la que nada cambia y nada se mueve si no es dentro de un plan aprobado por la autoridad. Para esa sociedad nada más odioso puede haber que la incertidumbre y, por encima de todo, la libertad humana.

De aquí, pienso, esa locura con los derechos humanos como una lista que cada día adiciona un ítem que es un reclamo que el gobierno debe satisfacer.

El sueño de la sociedad perfecta que es posible lograr, por tanto, está sustentado en una premisa innegable: es posible que seres humanos pueden diseñar una sociedad perfecta de reposo y tranquilidad absolutos, sin preocupaciones humanas. Por supuesto, esto es imposible  —los seres humanos son imperfectos y por eso sus obras también lo son.

La utopía del intervencionismo perfecto presupone que los gobernantes son perfectos, honestos, sabios, incapaces de equivocarse —en resumen, ángeles a los que se le debe dar poder sobre seres comunes.

Es decir, el intervencionismo se basa en la existencia de seres humanos que sean ángeles, con la condición de que unos pocos de esos ángeles sean llevados al poder total y los demás sean sumisos a ellos—no creo que haga falta demostrar que la hipótesis es falsa.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.




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