Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Empresas Fijan Precios
Leonardo Girondella Mora
24 abril 2013
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos, Y MATERIAL ACADEMICO
Catalogado en:


Quiero explorar una idea que se repite con alta frecuencia —la de que las empresas fijan los precios de los productos que fabrican y obligan a la gente a comprarlos al precio que ellas quieren.

Los siguientes comentarios espero que ayuden a arrojar luz sobre ese comentario común —dando una repuesta fundada y sensata.

• Antes que nada, esa frase deja de considerar una realidad diaria. Basta con entrar a un supermercado para constatar que es falsa —las personas seleccionan productos, los que ellas quieren, y eso significa que rechazan comprar muchos más productos de los que aceptan. Nadie puede obligar a otros a comprar sus productos —al menos en un mercado libre.

• La frase, sin embargo, tendría razón —y no del todo— en una situación especial, la del monopolio de un producto sin sustitutos fáciles.

Por ejemplo, en México, la gasolina para autos tiene un sólo proveedor, la empresa estatal y los precios del combustible, que no tiene sustituto, son fijados por el gobierno, de manera arbitraria. Lo mismo sucedería en el caso de otra empresa como una telefónica que no tuviera competencia —podría ella fijar precios muy altos a su servicio.

Aún en esos casos, las personas podrían decidir comprar menos de esos productos. Usarían menos gasolina buscando otras formas de transporte personal; y podrían hacer menos llamadas. Esta reacción podría hacer que esos monopolios modificaran sus precios quizá un poco hacia la baja.

• Si la situación fuera la de una empresa que ella sola ofreciera el producto, pero éste sí tuviera sustitutos fáciles, entonces no tendría el poder para fijar precios ella sola —tendría que “seguir” los precios de sus sustitutos.

Por ejemplo, una empresa que fuera el solo productor de sardinas enlatadas, no tiene de ninguna manera el poder para fijar el precio que ella quisiera. La razón es obvia, pues existen sustitutos fáciles de esas sardinas, como atún enlatado, o algún otro producto del mar en lata. Incluso, esas sardinas compiten con el resto de los alimentos, como pescado fresco y demás.

• Hay una variante del caso anterior, que es más real de lo que se supone: todas las empresas, o casi todas, tienen en realidad un monopolio de su marca. Únicamente una empresa puede vender cerveza Heineken, o  Coca-Cola —nadie más puede hacerlo.

Sin embargo, tampoco ellas tienen el poder para fijar el precio que les dé la gana —si no compra Heineken por cara, quizá compre la gente otra marca, como Corona; u otro refresco, como Pepsi-Cola. Hay muchas marcas de cerveza y muchas de refrescos.

• En una situación teórica y real a veces, en un mercado competitivo, con productos idénticos, y muchas empresas, el que fija los precios es otra persona, no el productor. Bajo esta situación, cualquier empresa que eleve su precio venderá nada —tendrá que aceptar el precio del mercado sin poder para alterarlo.

Más aún, en esta situación existirá un incentivo para que la empresa reduzca sus precios —quizá introduciendo medidas de eficiencia— y por lógica, venda más.

• En gran cantidad de situaciones los productos no son idénticos —sus creadores tratan de diferenciarlos y hacerlos más atractivos para los clientes. Esto lleva a mejoras, innovaciones y demás, como los teléfonos inteligentes, un mercado en el que existen pocas empresas y aún así tienen rivalidades competitivas ásperas.

Tampoco en este caso las empresas tienen un gran poder para fijar precios a su antojo.

• Es muy común apuntar la posibilidad de acuerdos entre empresas —lo que se llama colusión y consiste en tener acuerdos ocultos para fijar precios de todos los fabricantes tratando de que sean los más altos posibles.

La posibilidad es real y se dañará al consumidor en la medida en la que no existan sustitutos fáciles de esos productos. Por ejemplo, una colusión entre cerveceras puede lograr eso, aunque tampoco tendrían una gran libertad de manipular precios por la existencia de productos sustitutos y, si existe libre comercio, por la entrada de importaciones de otras empresas.

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Lo que he tratado de hacer es examinar la idea de que las empresas tienen todo el poder para obligar a la gente a comprar sus productos a los precios que ellas quieran —concluyendo que esa idea es al menos inexacta y en muchas ocasiones totalmente falsa. Las empresas no tienen un poder significativo para mover precios a su antojo.

Y si acaso lo tuvieran en algún monto, ese poder podría disminuir en beneficio del consumidor elevando la competencia con empresas que ofrezcan productos sustitutos —la competencia es el mejor freno a la elevación de precios y la competencia se incrementa con mayores facilidades para abrir negocios.

Nota del Editor

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