división social

La moral del resentimiento y del odio al éxito ajeno. Envidiar los logros ajenos. Sentirse culpable por ser exitoso. Actitudes que pronostican pobreza y retraso.

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Introducción

Una persona es exitosa y, sin embargo, tiene sentimientos de culpabilidad. Cree que ha cometido actos reprobables, que su éxito ha producido daño. Un joven en la calle daña la pintura de un carro nuevo.

Personas que consideran que otros son culpables de sus propios males. La moral de la envidia

Esta es una idea de Sheaffer que explica eso y, además, da una pista sobre una causa del retraso que tienen algunas sociedades.


La fue encontrada en el libro de Robert Sheaffer Resentment Against Achievement, Understanding the assault upon ability.


Entendiendo a la moral del resentimiento

Sheaffer inicia con una definición. Llama moral a la serie de creencias, ideas y concepciones que tiene una sociedad.

Esa «moral», así definida, es la manera de pensar que tiene una sociedad. La forma de pensar tiene influencia en la conducta de las personas. Por tanto, esa moral afecta a la economía, al arte y a la política.

La moral del odio al éxito ajeno

Lo anterior ha sido dicho antes, pero Sheaffer da un paso original con la clasificación de esa moral dependiendo de la actitud que se tenga hacia el éxito personal.

Concretamente, la moral puede ser de dos tipos, de acuerdo a cómo reaccionen las personas ante los triunfos de sus conciudadanos.

Moral del resentimiento y moral del triunfo

El primer tipo de moral del triunfo es el que tiene como base la admiración del éxito ajeno. La moral del triunfo.

El segundo es el que tiene como base el odio éxito al ajeno. La moral del resentimiento.

Son dos tipos de moral totalmente incompatibles. En la realidad no se presentan en estado puro. Pero hay sociedades en las que uno de esos dos tipos de moral predomina.

Hay sociedades en las que los ciudadanos ven con admiración los triunfos ajenos y hay otras sociedades en las que el éxito ajeno produce odio y resentimiento.

Esa clasificación de la moral sería un simple ejercicio académico, de no ser por una cualidad que posee.

Pronosticar prosperidad

Esta clasificación de la manera de reaccionar ante el triunfo ajeno puede pronosticar si una sociedad progresará o no.

Donde impera la moral del triunfo, florecen el comercio, las artes y la ciencia y esas sociedades son recordadas en la historia como épocas de oro.

Por el contrario, en la otra sociedad donde prevalece la moral del resentimiento, se padece pobreza y retraso.

Sobre esto, es posible hacer ese pronóstico de progreso o de pobreza por una razón muy lógica. El progreso de una sociedad es la suma total de los logros de las personas.

Donde el éxito es admirado hay más logros personales y, por tanto, más progreso. Cuando el éxito es odiado y resentido hay menos logros individuales y, consecuentemente, hay menos progreso.

Por tanto, analizar esos dos tipos de moral es prometedor, pues da un conocimiento que explica las razones del progreso y de la pobreza. Desde luego, un primer punto en el análisis es ver cómo se crea la moral del resentimiento y del odio al éxito ajeno.

Moral del resentimiento, su desarrollo

En el ascenso de una sociedad, dice Sheaffer, el progreso no es igual para todos sus miembros. Unas personas tendrán más éxito que otras.

Aunque todos los ciudadanos eleven su estándar de vida, es inevitable que ese avance no sea igual para todos.

Cuando una sociedad prospera por períodos largos, quienes han hecho menores contribuciones a la prosperidad se encuentran en posiciones menos favorables que quienes han trabajado más y, por eso, han tenido más triunfos.

Al darse cuenta del diferente estado que tienen los que más han progresado, aquellos que no lo han hecho en la misma proporción pueden reaccionar de dos maneras.

Dos actitudes frente al éxito ajeno

Una actitud es la que canaliza esa reacción hacia la mejora personal. La otra es la que convierte en resentimiento a esa actitud.

Dice Sheaffer que si una sociedad se identifica fuertemente con la moral del triunfo, el progreso continuará. Sí, habrá resentimientos, pero ellos serán vistos como simples quejas de fracasos debidos a la falta de trabajo, o de previsión.

Pero, previene Sheaffer, puede ser que la moral del resentimiento se apodere de la sociedad. Y lo peor que puede pasar es que ella se contagie a los triunfadores.

El exitoso contagiado por la moral del resentimiento

Se presentará, entonces, una situación paradójica: los triunfadores se sentirán fracasados a causa de ser exitosos. Los triunfadores se verán a sí mismos y serán vistos por otros con odio, recelo y sospecha. Y quienes menos han logrado serán alabados como los más valiosos.

¿Qué sucede cuando se ataca al triunfador y se admira al fracasado? Algo muy grave.

Los triunfadores que no tienen su mente ordenada empiezan a tener dudas sobre sí mismos. Ellos han trabajado, tomado riesgos, ahorrado y ahora se les considera inmorales.

Ellos pueden llegar a convencerse de que lo que lo que hicieron está mal. Querrán dejar de ser vistos como inmorales, querrán ser personas aprobadas por las reglas de la moral del resentimiento

Para ser bien vistos tomarán decisiones torpes, asignarán sus recursos a acciones ineficientes, dejarán de hacer aquello que los llevó a ser exitosos. Por consiguiente, esos triunfadores del pasado serán los fracasados del futuro.

En la medida que esa moral del resentimiento y del odio al éxito ajeno predomine, la sociedad irá alejándose del progreso porque sus miembros dejarán de querer el éxito.

La función social del triunfador

Para comprender mejor esta idea de Sheaffer, es necesario saber la función del triunfador.

Un triunfador es alguien sobre cuyos hombros está la responsabilidad de mantener avanzando a la sociedad. Un triunfador es un motor, alguien que busca realizaciones, que quiere cosas nuevas.

Los triunfadores son personas que no actúan motivadas por culpabilidad, ni por obligación. Ellos crean no solo porque quieren gozar de los frutos de su trabajo, sino también por un fuego interno que les lleva hacia adelante.

Todos los que realizan su trabajo con gusto y con deseos de hacerlo mejor, son triunfadores. Carpinteros, maestros, estudiantes, empresarios, ejecutivos, profesionales, científicos, todos los que trabajan con disciplina, que quieren mejorar, todos ellos son triunfadores.

No solo triunfa en triunfador

Para Sheaffer, el triunfador es un creador en pequeña o gran escala. Es un detonador de progreso. Cuantas más personas de ese tipo existan, más progresarán ellas, pero también el resto de la sociedad.

Esta es una observación crucial. Los triunfadores no son los únicos beneficiados por su trabajo. El resto de la sociedad también se beneficia de los logros del triunfador.

Una nueva vacuna, una ampliación de una empresa, una tubería bien puesta, una materia bien enseñada… Todo eso satisface al que lo hace posible, pero también al resto de la sociedad.

Además, según Sheaffer, el triunfador posee un rasgo derivado de su visión optimista: es una persona ansiosa de ayudar a otros, no por obligación, sino por el mero sentimiento de gozo.

La moral del resentido, conclusión

Por el contrario, los resentidos son personas motivadas por la envidia hacia aquellos que han tenido éxito.

Los resentidos no tienen planes de trabajo que mejoren su posición personal. Odian a la sociedad en la que viven y la atacan.

Por ejemplo, el vandalismo es un producto del resentimiento en los jóvenes. Ese resentimiento puede surgir también en odios hacia grupos sociales, religiosos, o étnicos.

La moral del resentimiento se reconoce en una sociedad cuando se condona ese vandalismo, cuando se justifica ese odio, cuando el fracasado se le considera moralmente superior al triunfador.

Cuando el fracaso se admira y el éxito se castiga, la consecuencia es natural: menos triunfadores y, por tanto, menos progreso para todos.

Donde esa moral predomina, la sociedad entera es lastimada. La moral de la envidia destruye y daña a todos.


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Y unas cosas más…

Debe verse:

Envidia, una política de Estado

Otras ideas relacionadas:

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Obsesión igualitaria, la moral del resentimiento y el odio al éxito ajeno

Por Eduardo García Gaspar 

Un caso para decidir

Imagine usted que le ofrecen un puesto en alguna empresa, con un sueldo de un millón mensual, pero en esa empresa el resto de las personas ganan 2 millones al mes.

Al mismo tiempo, le ofrecen otro puesto en otra empresa: allí usted ganará 500,000 al mes y el resto de las personas 400,000.

¿Cuál de esas dos empresas preferirá usted (todo lo demás constante)?

Un artículo (The Left’s ‘Inequality’ Obsession, de Arthur C. Brooks, WSJ, julio 19, 2007) habló de experimentos de este tipo.

Unas dos terceras partes de las personas prefirió trabajar en una empresa ganando 33 mil dólares y el resto 30,000 que en una empresa en la que ganaran 35 mill y el resto 38,000.

Otro caso

En otro experimento, más de la mitad de las personas prefirieron trabajar en una empresa ganando 50 mil dólares al año que en una ganando 100 mil. ¿Por qué?

Donde ganaban 50 mil el resto ganaba 25 mil, pero donde ganaban 100 mil el resto ganaba 200 mil.

Es notable que tantas personas prefirieran ganar la mitad pero más que el resto. Quizá sea que en el ingreso también hay un componente no monetario, el de sentirse mejor que el resto.

Desde luego, también una buena parte de las personas vieron el asunto desde otro punto de vista. Quizá sea que pensaron en la oportunidad, la de ganar más pero en una situación en la que existe la probabilidad de llegar a lo que otros ganan.

Comparación con otros, moral del resentimiento

El punto de todo esto es que al considerar los ingresos de las personas introducimos en nuestro pensamiento también una comparación con los ingresos de otros.

Y cuando estas comparaciones se hacen, existen dos modos de hacerlas. Será posible sentir celo y hasta envidia de los que más ganan. Pero también será posible sentir entusiasmo y hasta admiración de los que más ganan.

Quienes tienen esa moral del resentimiento y del odio al éxito ajeno son por lo general los proponentes de medidas gubernamentales cuyo propósito sea el reducir los ingresos mas altos, por la vía de impuestos generalmente. Piensan que al final lo que importa no es el ingreso real, sino el comparado con otros.

Del otro lado, quienes sienten admiración son por lo general los proponentes de medidas que dejen en libertad a las personas para ganar lo que quieran. Son los enemigos de los impuestos de lujo y de los progresivos de tasas gigantes. Creen que lo que importa en el ingreso real, no las comparaciones.

¿Quién tiene la razón?

No lo sé con absoluta certeza, pero todo me indica que esa razón se inclina muy fuertemente hacia la postura de los que prefieren no hacer comparaciones. Un par de razones que los asisten son las siguientes.

Primero, el mundo es dinámico y lo que importa no es tanto el estado de cosas en un momento dado, sino la oportunidad de mejorar.

Si las cosas fueran estáticas y los ingresos nunca cambiaran, la opción de igualarlos sería la racional. Pero no lo es en un mundo que se mueve y que necesita ser visto en términos reales, no relativos. Los ingresos bajos pueden subir, lo que ha sido la tendencia mundial.

Segundo, el mundo es un embrollo y una maraña de complejas relaciones, lo que plantea una posibilidad a considerar: qué sucederá con los de ingresos bajos y medios cuando se reducen los ingresos de los que más ganan.

No se quedarán igual, eso lo sabemos. ¿Subirán o bajarán?

Lo que hay buena base para suponer es lo siguiente. En el corto plazo se elevarán los ingresos del gobierno y el gasto público, y en alguna proporción se elevarán los ingresos de algunos segmentos de la población (los más pobres si el gasto está bien enfocado y no hay corrupción desmedida).

Pero en el largo plazo, las inversiones se desalientan y existirán menos oportunidades para todos: menos empleos.

Es decir, al reducir el ingreso de los más ricos se altera también la oportunidad de elevar el ingreso de los más pobres. No es un buen resultado, porque de lo que se trata es de elevar el ingreso de los más pobres, no de dificultar esa elevación.

Es eso de lo que hablan  los economistas: los incentivos, que desaparecen cuando los impuestos se elevan en demasía. Habrían sido mejor que los ricos ganaran más porque así los pobres elevarían sus ingresos.

La pobreza, al final de cuentas, es un asunto que merece más atención que la dada por enfoques superficiales que no consideran sus efectos colaterales.

Basar las soluciones de la pobreza en la moral del resentimiento, no lleva a nada sólido ni sostenible. Lo único que produce a la larga es más envidia, más odio al éxito ajeno y un gobierno más grande y costoso que inhibe el crecimiento.

[La columna fue revisada en 2020-07