Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cultura y Respuestas
Eduardo García Gaspar
21 noviembre 2017
Sección: ARTE, Sección: Una Segunda Opinión
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Debe existir una diferencia. Una que tiene que ser grande y sustancial. No la comprendo con precisión, pero estoy seguro de su existencia.

La diferencia puede intuirse comparando cosas, como espectáculos musicales.

Tome usted, por ejemplo, un concierto de alguien célebre, digamos Lady Gaga y coloque junto a él otra posibilidad; por ejemplo, asistir a Turandot, la ópera de Puccini.

¿Qué diferencia existe entre esas dos opciones musicales?

O bien, otra posibilidad. Ponga usted juntos dos libros. De un lado coloque a Cincuenta Sombras de Grey y del otro lado a Los Miserables, de Víctor Hugo. La diferencia es aquí aún más diáfana por causa de la comparación sesgada que presenté.

¿Se va entendiendo esa diferencia? Imagino que sí.

Lo mismo podrá hacerse haciendo una comparación de arte. Ponga usted de un lado a Las meninas de Velázquez y del otro a, por ejemplo, una pintura de J. Pollock.

O déjeme ser más claro, estoy tratando de ver la diferencia entre, por ejemplo, una expresión cultural que podemos llamar alta, como una ópera, digamos Madama Butterfly y una canción popular, como por ejemplo, una canción de Luis Miguel o de Justin Bieber.

¿Qué diferencia hay entre esas cosas? La percepción inicial, la primera impresión más obvia, es la de una expresión cultural alta y elevada frente a un producto cultural popular y masivo. De acuerdo, esta es la reacción con la que todo comienza. Pero hay más.

Quizá lo siguiente es un asunto de facilidad de acceso. Es más fácil la disponibilidad de lo popular. Basta con prender un radio o sintonizar un canal de televisión. Escuchará usted sin esfuerzo lo popular, desde música de Beyoncé hasta piezas de Los Tigres del Norte. Verá una telenovela o quizá una serie como Modern Family.

Será mucho menor la probabilidad de escuchar el Offertorium de Tempore ‘Misericordias Domini, de Mozart, o ver Otelo de G. Verdi.

La diferencia es una de accesibilidad que convierte a la cultura popular en algo masivo y fácil, mientras que del otro lado hay accesibilidad muy limitada para la cultura alta. Un asunto de volumen: la cuota de mercado de lo popular es predominante. Vaya a una librería y compruébelo.

Yendo más a fondo, quizá pueda verse otra faceta de la diferencia, una de facilidad y sencillez. La cultura popular es simple por lo general. Es sencilla, elemental y asequible. No requiere esfuerzo. Es breve y carece de complicaciones.

Es más un asunto de sentir sin pensar, como cuando en conciertos populares se convulsiona el cuerpo, se grita y canta. Hacer eso mismo en un concierto para piano de Beethoven no tiene mucho sentido, como tampoco al escuchar el Nessun Dorma.

Puede ser un asunto de simplicidad contra complicación, de superficialidad contra profundidad, de fugacidad contra permanencia. No es un asunto de viejo contra nuevo, ni de antiguo contra moderno. Más bien de pereza contra esfuerzo.

Hay, me parece, en las manifestaciones de cultura alta un requerimiento de empeño y dedicación, que se paga para tener acceso a algo que es más profundo. Algo que tal vez responda a más preguntas que la cultura popular y masiva. Es lo que está en Macbeth de Shakespeare, pero no en El código da Vinci.

Es lo que se encuentra en el conocimiento razonable de la Historia pero no en los detalles de la vida amorosa de la celebridad del momento.

En fin, he intentado especular acerca de la diferencia que existe entre esos dos tipos de cultura, esperando haber tenido un éxito moderado. No quiero concluir que la cultura masiva y popular, superficial y simple, es algo despreciable que deba evitarse (aunque en algunas ocasiones hacer eso sea lo mejor).

Pero sí, apuntar la conveniencia de no hacer de lado a la cultura selecta y refinada, profunda y compleja.

¿Por qué? Porque en esta última, he concluido, hay respuestas y conocimiento, hay posibilidad de elevación humana y mejora personal.

 

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